Nota del editor: El 6 de mayo, el arzobispo Gómez recibió un doctorado honorario y pronunció el discurso de apertura en la Universidad Marymount de California, en Los Ángeles. El siguiente texto es una adaptación de sus comentarios. Su discurso completo está disponible en ArchbishopGomez.com.

Amigos míos, ustedes se están graduando de una gran universidad católica en una ciudad que lleva el nombre de los Santos Ángeles de Dios. Eso de algún modo les da el sentido de su identidad y misión para después de su graduación.

Me gusta pensar en la ciudad de Los Ángeles como “una ciudad de santos”. Es sorprendente la cantidad de santos que han caminado por estas mismas calles que nosotros recorremos y que han observado el amanecer y el atardecer desde estas mismas playas y montañas. ¿Cuántos santos no han servido aquí a los pobres y han hecho obras de misericordia y de amor?

Ustedes son ahora parte de este legado. Están llamados a construir una ciudad de santos en medio de la ciudad secular de la humanidad.

La razón de ser de toda universidad católica es preparar a los estudiantes para la vida. Pero como cristianos definimos el significado de “vida” de manera diferente que los demás.

Sabemos que Dios no clasifica nuestras vidas en una curva. La prueba de la vida sólo tiene una respuesta que consta de una palabra. Y esa palabra es amor.

Los santos nos enseñan que al atardecer de nuestras vidas, seremos juzgados por nuestro amor. ¿Amamos a Dios y amamos a nuestro prójimo? ¿Usamos nuestros dones y talentos para extender la misericordia y la compasión de Dios en el mundo? ¿Amamos la bondad y practicamos la justicia?

Así es como un cristiano define lo que significa ser un “éxito”.

Ustedes se están graduando en un momento desafiante de la historia. Están a punto de entrar en un mundo en el que, cada día, un cristiano es asesinado cada hora, y sólo por el “crimen” de creer en Jesús. Así que nunca den su fe por descontado.

Ustedes están entrando en una sociedad estadounidense en la que cada día van a estar encontrándose y trabajando con gente que no comparte sus valores, con gente que no va a estar de acuerdo con ustedes sobre cómo vivir o sobre qué es correcto o incorrecto.

¿Cómo van a cumplir su misión de ser cristianos, es decir, cómo van a amar a Dios y a edificar su reino de misericordia y de compasión? ¿Cómo van a practicar la santidad en el corazón de la ciudad secular?

A veces pienso que hacemos las preguntas equivocadas. Preguntamos: ¿Qué quiero de mi vida? Pero la vida no es sobre nosotros. La pregunta correcta es: ¿Qué quiere Dios de mi vida? ¿Por qué me hizo?

Y la respuesta es que todos nacemos para cosas más grandes. Estamos hechos para Dios. Estamos hechos para el amor.

La verdad es que, antes de que Dios hiciera el sol y la luna, antes de que colocara la primera estrella en el firmamento o de que empezar a llenar de agua los océanos, antes de la fundación del mundo, Dios soñó con la vida de ustedes y con la mía; tuvo un sueño de amor.

Esto no es una idea hermosa que se me haya ocurrido. Es lo que Jesús enseñó. Esto es el Evangelio.

¿Conocen la historia de Santa Josefina Bakhita? Ella era de Sudán, África. Y a la edad de 9 años fue secuestrada por traficantes de personas y vendida como esclava.

Pero en su sufrimiento, Santa Josefina descubrió a Jesús. Y una vez que lo hizo, fue verdaderamente libre. Pasaron años antes de que fuera puesta en libertad físicamente. Pero durante esos años, llegó a conocer la esperanza y la alegría, incluso en medio del sufrimiento. Ella sabía a dónde se dirigía su vida. Y esto hizo toda la diferencia.

En una ocasión, ella escribió: “Soy definitivamente amada y en cualquier cosa que me pase, me espera este amor. Y así, mi vida siempre es buena”.

No importa lo que te suceda en la vida o en dónde te encuentres, recuerda que eres amado. Recuerda que tu vida es importante para Dios.

Dios te hizo para que puedas hacer una diferencia en el mundo. Pregúntale todos los días en tus oraciones: “Señor, ¿qué quieres que haga?”. Y luego sigue su camino con todo tu corazón. Ama lo que haces, y haz lo que tengas que hacer, todo por amor. Todo por Dios.

A principios de este año, hice un vuelo nocturno a Washington, D.C. El chofer que me llevó a la ciudad desde el aeropuerto era de Pakistán y tuvimos una buena conversación.

Y este caballero me contó algo que su padre solía decirle todo el tiempo: “Haz el bien y la vida será buena”.

Qué hermoso pensamiento. Cada momento que pasa tenemos la oportunidad de servir a Dios y de amar a Dios, en las personas con las que nos encontramos, en las cosas que nos suceden cada día. En cada momento podemos hacer el bien, y nuestra vida será buena.

Jesús dijo que encontramos nuestras vidas al perderlas. El camino a la felicidad siempre deja atrás el egoísmo. Ganamos todo cuando lo damos todo.

Esta es una hermosa manera de vivir. Y ustedes deben vivirla a su manera, amigos míos.

Permítanme terminar con una breve historia acerca de uno de los muchos santos que en alguna ocasión ejercieron su ministerio en Los Ángeles: Santa Francisca Xavier Cabrini, la santa patrona de los inmigrantes.

Hay una montaña en Denver, en donde ella también trabajó. Y un día, ella tomó consigo a algunos de sus niños huérfanos y los llevó a esa montaña y entre todos reunieron cientos de piedras blancas de todos los tamaños. Trabajaron todo el día para acomodarlas para formar una figura grande del Sagrado Corazón de Jesús.

La Madre Cabrini dijo en cierta ocasión esta oración: “Oh Jesús, te amo mucho… Dame un corazón tan grande como el universo… Dime lo que deseas que haga y haz conmigo lo que quieras”.

Pidámosle a Dios que nos dé a cada uno un corazón tan grande como el universo, para que podamos amar a Dios y hacer el bien a los demás. Para que Dios pueda usar nuestras vidas —lo que hemos aprendido y todos nuestros talentos y pasiones— para difundir el amor de Dios. Para construir la ciudad de los santos, en el corazón de la ciudad secular de la humanidad.

*La columna de opinión de Mons. José Gomez está disponible para ser utilizada gratuitamente en versión electrónica, impresa o verbal. Sólo es necesario citar la autoría (Mons. José Gomez) y el distribuidor (ACI Prensa)