Lo que sigue, ha sido adaptado de una reciente entrevista de la revista The Franciscan Way al Arzobispo José Gomez.

¿Cómo describiría el estado de las vocaciones en nuestros días?

Desde hace algunos años hay una crisis en las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. Sin embargo, eso es verdad no solamente para el sacerdocio y la vida consagrada, sino también para las vocaciones a la vida matrimonial. Las personas solían casarse cuando eran muy jóvenes. Pero ahora se demoran mucho tiempo para tomar una decisión.

Una de las razones para estos problemas es la desintegración de la familia. En los años 60, la familia empezó a enfrentar una situación muy desafiante, con el aumento en los números de divorcios, una mayor movilidad y menor estabilidad. Era normal que todos se sentaran alrededor de la mesa para compartir el almuerzo y la cena juntos. Había reuniones familiares todos los fines de semana. Pero eso ya no sucede.

Yo creo que esto influye en que los jóvenes no entiendan realmente las vocaciones o que quieran comprometerse con una. Porque muchos nunca han tenido una vida familiar estable, es más difícil que los jóvenes tomen decisiones que los comprometan a algo que durará para siempre. Todas las vocaciones nacen en el hogar. La familia es una iglesia doméstica. Es importante que entendamos el papel de la familia.

Hace algunas semanas, en Roma, tuve la oportunidad de encontrarme con el Santo Padre. En un momento, durante la reunión, uno de los sacerdotes que estaba conmigo pidió al Santo Padre que bendijera un solideo. El sacerdote dijo, “Santo Padre, ¿podría usted bendecir esto, pues mi madre me pidió que le pidiera a usted?”. Los ojos del Santo Padre se encendieron, y él respondió, “Una de las cosas más importantes en la vida de un sacerdote es su madre”.

Yo creo que para que cada vocación que sea abrazada, es necesario que se tenga un buen ambiente familiar. Y esto es verdad para el matrimonio también. La manera como uno piensa sobre la vida matrimonial y de familia está fuertemente influenciado por lo que experimentamos en la casa de nuestros padres.

¿Hay otras razones detrás de esta crisis?

Hay falta de contacto o de relación con personas consagrada. Hace un par de generaciones, habían muchos sacerdotes y monjas, y la gente los veía. La vocación al sacerdocio o a la vida consagrada era por lo menos una opción para muchos jóvenes católicos. Uno veía a alguien viviendo esa vocación y podía identificarse con eso. Pero esto ya no pasa. Pero al mismo tiempo – y esto es lo más importante – está la falta de profundidad en nuestro entendimiento de las enseñanzas de la Iglesia católica y sobre cómo desarrollar una vida espiritual. En aquellos tiempos, en las escuelas católicas, teníamos Misa y Comunión diariamente. Rezábamos el Rosario, y nos enseñaban cómo comenzar una vida espiritual. Pero desde los años 60, poco a poco hemos ido perdiendo el sentido de la oración. No entendemos la importancia de pasar algún tiempo con Dios, o cómo orar y relacionarnos con Dios. Estamos más interesados en las cosas materiales o en divertirnos, y sentarse a orar no parece ser divertido para mucha gente en estos días. No les es algo atractivo.

¿Por qué es importante que digamos “Sí” cuando escuchamos a Dios llamándonos a una vocación particular?

Cuando creemos en Dios, queremos cumplir Su voluntad. Escuchar lo que Dios quiere y responderle a Él es esencial para nuestra propia realización. Es esencial para nuestra felicidad en la tierra y para llegar al Cielo. La decisión que tomamos de responder al llamado de Dios, dondequiera que ese llamado pueda llevarnos, hará toda la diferencia en nuestra vida

¿Qué otra cosa pueden hacer las familias para alentar las vocaciones?

Rezar juntos, ir a Misa juntos, hablar sobre las cosas importantes en la vida. Cuando algo malo sucede, hacer una oración. Esforzarse para ir a los eventos religiosos en la parroquia o hacer una peregrinación. Normalmente los niños no quieren hacer esas cosas, y los padres se preocupan si deben forzarlos a ir o no. Pero deben hacerlo. A largo plazo, es algo que nunca olvidarán y que hará la diferencia.

Finalmente, toda esta idea de saber quiénes somos, es fundamental. Los padres necesitan hablar con sus hijos sobre esto, de manera profunda, ayudando a sus hijos a entender que no son solamente entusiastas de los Lakers o alguna otra cosa superficial, sino que son hijos de Dios. La mejor manera para que un joven pueda aprender esto, es hablándolo con sus padres y viéndolo reflejado en la vida de sus padres.

¿Qué pueden hacer los párrocos para ayudar a los jóvenes adultos en su parroquia a discernir su vocación?

Lo primero que deben hacer es hablar sobre las vocaciones. Necesitan hablar sobre este tema porque las personas no saben que hay algo que se llama vocación, un llamado particular de Dios al sacerdocio, la vida consagrada o al matrimonio. En el mundo, la vocación es solamente una palabra. No significa nada. Nosotros tenemos que explicar qué es. Lo segundo, es preguntar a los jóvenes cuál creen ellos que es su vocación. Deben hacer esa pregunta a todos los jóvenes.

Simplemente el hecho de que el sacerdote te pregunte qué vas a hacer con tu vida ya hace mucha diferencia. Esto te lleva a empezar a pensar sobre la voluntad de Dios para tu vida y lo que Jesús te pide que hagas. Después de eso, también le permite al sacerdote hablar sobre lo hermoso que es decirle “Sí” a Dios, y que cuente la historia de su propia vocación

¿Qué más podemos hacer para animar una cultura de vocaciones?

Escuelas católicas sólidas son muy importantes. Ellas proporcionan no solo formación académica y espiritual, sino también formación humana, ayudando a los jóvenes a entender quiénes son como personas humanas. Las universidades católicas también son absolutamente importantes en este proceso. Durante los años en la universidad, uno descubre el mundo. Es cuando tenemos que tomar decisiones sobre qué realmente importa y cómo viviremos nuestra vida. Antes de eso, en la secundaria, tenemos la protección de la familia, una pequeña comunidad que nos ayuda a tomar esas decisiones. Pero cuando vamos a la universidad, todo está abierto.

De manera que lo que los jóvenes reciben en la universidad marca sus vidas. Por eso es tan importante que las universidades enseñen a los hombres y mujeres la verdad sobre quiénes son. Una vez que lo sepan, serán capaces de tomar las decisiones correctas.

¿Qué le ayudó a usted a seguir su vocación al sacerdocio?

En primer lugar, yo fui a una escuela católica, y siempre preguntaban a los muchachos si queríamos ser sacerdotes. También aprendí lo básico de la fe en la escuela y en casa. Después, mi madre se enfermó de cáncer. Fue curada luego, pero mientras estuvo enferma me acuerdo haber pensado que la vida no era fácil. También veía a mi padre que en esa época iba diariamente a Misa. Eso me llamaba la atención y me ayudó a entender que la fe es importante. Un tiempo después, un primo que era un héroe para mí, murió en un accidente de auto. Todas esas cosas me ayudaron a realmente pensar sobre qué iba a hacer con mi vida.

¿Alguna vez tuvo miedo de responder a ese llamado?

Sí, por supuesto. Siempre hay miedo, sin importar cuál sea la vocación. Pero el miedo no se va hasta que uno no tome una decisión.

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