Octubre ha sido designado por los obispos estadounidenses como el “Mes de Respeto a la Vida”.

Ahora que escribo esto, estamos empezando aquí en Los Ángeles nuestra quinta Semana anual de Respeto a la Vida. Este año tenemos un récord de 90 escuelas de la arquidiócesis que participan de nuestros programas y tengo el gusto de informarles que 25 escuelas de la Arquidiócesis de la ciudad de Kansas están también usando nuestros materiales.

A lo largo de este Mes de Respeto a la Vida, hemos estado llamando la atención sobre asuntos relacionados con el fin de la vida y haciendo oraciones especiales para pedir la intercesión de San Juan Pablo II.

Los empleados de nuestra Oficina de Vida, Justicia y Paz entregaron materiales a más de 200 parroquias y capacitaron a más de 400 líderes parroquiales, representantes de todos nuestros diversos ministerios que sirven a la vida y a la dignidad humana, tanto en asuntos de inmigración y de falta de hogar, como en los temas de trata de seres humanos y de defensa de la creación y de alternativas al aborto.

El próximo miércoles, 25 de octubre, me uniré a unos 8,000 de nuestros estudiantes de las escuelas secundarias católicas en la Universidad del Sur de California, para el Servicio Cristiano por la Vida (Christian Service 4 Life), uno de mis eventos favoritos de cada año.

La causa de la vida es la causa de nuestros tiempos. Es un triste comentario el que tengamos que dedicar sólo un mes especial para “respetar la vida”. Todos los días y cada momento deberíamos asombrarnos de la belleza y de la santidad de la vida humana.

Las Escrituras nos dicen que la persona humana es sagrada y preciosa a los ojos de Dios. Eso abarca a todas las personas, sin importar quiénes sean o las condiciones de su vida.

La dignidad humana no es otorgada por una legislatura o por una orden judicial. Lo que le da santidad y dignidad a la vida es que estemos viviendo bajo la mirada de nuestro Creador. Pero a medida que la realidad de Dios se va desvaneciendo en nuestra sociedad, estamos perdiendo este sentido de la santidad de la vida humana.

Nos estamos acostumbrando a los ataques casi diarios contra la dignidad humana: un hospital en Inglaterra se niega a tratar a un bebé porque de todos modos se va a morir, y luego recurre a la corte para evitar que los padres se lleven a su bebé a casa; los funcionarios estatales en Oregón se apoderan de los hijos de una pareja por haber decidido que ellos no son lo suficientemente “inteligentes” como para criarlos.

Los desafíos a la dignidad humana parecen estar asumiendo nuevas formas y volviéndose más personales, siendo que los que tienen el poder se entrometen cada vez más en los espacios, antaño sagrados, de la familia y de la conciencia individual.

Cada vez más, nuestros desafíos provienen de la tecnología. Los nuevos avances en las técnicas de “edición genética” hacen posible ahora que los médicos “reparen” los defectos genéticos en el seno materno. Esto es algo maravilloso y abre muchas posibilidades para aliviar el sufrimiento y para curar enfermedades.

¿Pero quién se asegurará de que esta tecnología se use para el bien y no para el mal? ¿Quién cuestionará las situaciones para determinar, no si “podemos” hacerlo, sino si “deberíamos” hacerlo? ¿Cuál será nuestro criterio para decidir?

Podemos ya darnos cuenta de cómo la detección genética prenatal conduce a la destrucción rutinaria de niños “indeseables” en el útero. Desde la introducción de esta tecnología, en Islandia casi todos los niños con síndrome de Down son ahora víctimas del aborto.

No solo sucede en Islandia. Por todas partes, lamentablemente, vemos la evidencia de que los niños con síndrome de Down son cada vez más escasos, sus vidas silenciadas antes de que tuvieran la oportunidad de nacer.

Las tecnologías nunca son “neutrales”. Son siempre mucho más que simples herramientas que usamos para llevar a cabo una tarea. El uso de estas herramientas nos brinda nuevos poderes y posibilidades. Al hacerlo, la tecnología cambia la forma en la que pensamos acerca de nosotros mismos y de nuestro lugar en el mundo.

El automóvil y luego el avión cambiaron la forma en la que pensamos acerca del espacio y del tiempo. Esto llevó a la creación de formas completamente nuevas de organizar las comunidades, y a cambiar la forma en la que vivimos, trabajamos y pensamos acerca de nuestras relaciones.

Las nuevas biotecnologías nos permiten cambiar el maquillaje material de nuestra humanidad, la “materia” de nuestro cuerpo humano. Y a medida que usamos estas técnicas, éstas están cambiando la manera en la que pensamos sobre la naturaleza humana, sobre quiénes somos y de qué estamos hechos, y sobre lo que significa ser un ser humano.

Las voces principales en nuestra cultura de hoy desafían la creencia de que nuestros cuerpos son de alguna manera “necesarios” para ser quienes somos. Argumentan que no hay una naturaleza humana fija, que todo es “fluido” y que podemos definir por nosotros mismos lo que significa ser humano, en base a nuestros propios deseos.

Para respetar la vida, tenemos que conocer la verdad sobre la vida, y para ello necesitamos a Jesucristo.

Entonces, ésta debe ser nuestra misión: buscar nuevas formas de permitir que Jesucristo hable en nuestro mundo de hoy. Necesitamos restaurar la perspectiva religiosa que le permita a nuestro prójimo darse cuenta de que la persona humana es más que otro organismo del mundo natural. Necesitamos ayudarles a nuestros prójimos a percibir la sorprendente realidad de que están vivos bajo la mirada amorosa y llena de propósito del Dios vivo.

Oren por mí esta semana y sepan que yo estaré orando por ustedes.

Y pidámosle a nuestra Santísima Madre María que nos ayude a estar siempre al servicio de la vida, a defender la vida y a abrir nuestros corazones hacia los que sufren.

*La columna de opinión de Mons. José Gomez está disponible para ser utilizada gratuitamente en versión electrónica, impresa o verbal. Sólo es necesario citar la autoría (Mons. José Gomez) y el distribuidor (ACI Prensa)