En el amanecer de la creación, el Espíritu de Dios planeaba sobre la faz de las aguas profundas de la tierra.

Me estaba acordando de esta imagen del Libro de Génesis el 4 de junio, cuando estaba orando y preparándome para celebrar Pentecostés.

Dos días antes, nuestro gobierno había anunciado que se iba a retirar del llamado Acuerdo de París sobre el cambio climático, una acción que suscitó en todas partes una profunda preocupación sobre el futuro de la tierra en la que vivimos.

La preocupación por el calentamiento global y el cambio climático es algo real. Los obispos de Estados Unidos desde hace mucho han apoyado la necesidad de una acción y un diálogo prudentes sobre los impactos del cambio climático, especialmente porque afectan a las personas más pobres y vulnerables.

Sin embargo, siguen existiendo fuertes debates —científicos, tecnológicos, económicos y políticos— sobre la gravedad de la crisis y sobre la mejor manera de abordar los desafíos creados por las emisiones de dióxido de carbono.

Por ejemplo, el Papa Francisco, en su encíclica Laudato Si’, hace una fuerte crítica a las políticas de “comercio de derechos de emisión” usadas por estados como California y también por el gobierno federal. El Papa dice que la compra y venta de “créditos de carbono” es “una estratagema” que los ricos usan para perseguir sus propios intereses económicos y sus hábitos de “consumo excesivo”.

Muchas autoridades piensan que el mundo ya está avanzando hacia la meta de una economía global que dependerá mucho menos de las fuentes de energía generadoras de carbono.

Ellos señalan el creciente número de empleos “verdes”, la disminución de los costos de las fuentes de energía renovables y las continuas innovaciones por lo que respecta a las baterías y otras tecnologías de almacenamiento de energía.

Estos son tiempos para la oración y la acción reflexiva.

“Señor, envía tu Espíritu y renueva la faz de la tierra”, decimos en nuestra liturgia de Pentecostés.

La semana pasada, cuando se publicaron las noticias acerca del Acuerdo de París, recibimos también un informe aquí en Los Ángeles sobre el dramático aumento en el número de hermanos y hermanas nuestros que carecen de un hogar.

Cada noche en el condado de Los Ángeles hay cerca de 58,000 personas que no tienen un lugar que puedan considerar su casa.

Y así como sucede con el debate sobre el cambio climático, las autoridades tienen diferentes opiniones acerca de las causas de la falta de vivienda y de la mejor manera de responder a este problema.

En lo personal, estoy preocupado por la calidad de vida aquí en Los Ángeles. Parece como si cada día que pasa creciera la distancia entre aquellos que tienen lo que necesitan para una llevar una vida digna y aquellos que no lo tienen.

En muchos de nuestros vecindarios vemos ahora “ciudades improvisadas de tiendas de campaña” que se establecen en las aceras y bulevares y en otros espacios públicos.

Es triste ver a la gente que vive en estas tiendas y percibir en torno de ellos las señales —por la ropa, muebles, bicicletas y juguetes que tienen— de que alguna vez estas personas tuvieron un hogar, pero ahora carecen de él.

Me preocupa que nos estemos acostumbrando a ver estas cosas en nuestra ciudad. No podemos permitirnos aceptar una ciudad de Los Ángeles en la que las banquetas se conviertan en residencias permanentes de nuestros vecinos.

La tierra es nuestro hogar común y cada persona en la tierra merece un lugar que él o ella pueda llamar “mi hogar”.

Para mí, la crisis de la vivienda es un recordatorio de que, en la creación de Dios, hay una ecología de la persona humana y una ecología del medio ambiente natural.

No podemos pensar en una cosa sin pensar en la otra. Así como Dios habló y el universo fue creado, él infunde su Espíritu de vida dentro de cada persona.

Dios hizo esta tierra, no para su propio bien, sino para que fuera un hogar para la familia humana. Las cosas buenas de la creación están destinadas a ser compartidas, desarrolladas y usadas para el bien de todos sus hijos.

Y Dios nos propone ser co-creadores con él, cooperando con él para llevar a cabo y completar la obra de su creación.

La vida y la naturaleza humanas deben ser protegidas y cuidadas; esto incluye nuestros derechos y dignidad, las necesidades de nuestros cuerpos, de nuestras mentes y de nuestro espíritu.

El entorno natural también debe ser protegido y cuidado. No estamos aquí para consumir lo que necesitamos y deshacernos de lo que no usamos sin tener en cuenta la salud de nuestras comunidades o las necesidades de las generaciones futuras.

La falta de viviendas asequibles está directamente relacionada con “la ecología humana”. Esto es un hecho en las naciones más pobres del mundo, pero tristemente lo es también en las naciones más ricas.

Necesitamos, una vez más, de la oración y de la acción reflexiva.

En Laudato Si’, el Papa Francisco saca a relucir estas poderosas palabras de San Juan Pablo II: “Se puede decir que el Espíritu Santo posee una creatividad infinita, propia de la mente divina, que sabe cómo aflojar los nudos de los asuntos humanos, inclusive de los más complejos e inescrutables”.

En estos tiempos tan llenos de desafíos, en que nos enfrentamos con tantos problemas complicados, recurramos a su Espíritu. Que Él nos inspire para que hagamos lo que es correcto y que nos guíe para encontrar caminos creativos y renovar así la faz de la tierra.

Oren por mí esta semana y yo seguiré orando por ustedes.

Y que nuestra Santísima Virgen María, Reina de toda la creación, nos ayude a construir una cultura del cuidado y de la solidaridad.

*La columna de opinión de Mons. José Gomez está disponible para ser utilizada gratuitamente en versión electrónica, impresa o verbal. Sólo es necesario citar la autoría (Mons. José Gomez) y el distribuidor (ACI Prensa)