¡Para mí, este gozoso tiempo Pascual se ha ido demasiado rápido!

Tuve el privilegio de celebrar el Sacramento de la Confirmación en muchas parroquias durante esta temporada de la resurrección. ¡Y me alegra saber que todavía tengo más parroquias para visitar en las próximas semanas!

Cuando me reuní con el Santo Padre, Papa Francisco hace un par de semanas en Roma, ¡le dije que la fe está viva y que el Espíritu está actuando aquí en Los Ángeles! ¡Le dio mucho gusto escucharlo!

Y es muy bonito para mí ver esto en cada una de las parroquias que visito: el amor que ustedes le tienen a Dios, las diferentes maneras en que están poniéndose al servicio de las familias, de los niños y de nuestros prójimos en necesidad. Su fe y su caridad siguen inspirándome cada día en mi propio ministerio.

El Papa Francisco me pidió que trajera su bendición apostólica a toda la familia de Dios aquí en la arquidiócesis, ¡así que lo hago con mucho gusto!

Y mientras nos preparamos para celebrar la Ascensión de Nuestro Señor el domingo, elevo mis oraciones para que sigamos adelante en nuestro servicio a Dios y al mundo.

Por tradición, la víspera de la Ascensión empieza un momento de oración y de preparación mientras esperamos el envío del Espíritu Santo en Pentecostés, que celebraremos una semana después de este domingo.

Así que este es un buen momento del año para que renovemos nuestra relación con el Espíritu.

El Papa Francisco dice que deberíamos invocar al Espíritu Santo cada día y muchas veces durante el día. Él dice que, aunque con frecuencia oramos a Dios nuestro Padre y a Jesucristo, no rezamos lo suficiente al Espíritu Santo, la tercera persona de la Santísima Trinidad.

Y nos da una pequeña y hermosa oración que dice que debemos rezar todos los días:

“Espíritu Santo, que mi corazón esté abierto a la Palabra de Dios, que mi corazón esté abierto al bien, que mi corazón esté abierto a la belleza de Dios, todos los días”.

Tenemos que aumentar nuestra devoción al Espíritu Santo.

Tenemos que buscar la guía y la iluminación del Espíritu. Tenemos que rezar para que él nos dé luz para nuestras mentes y para nuestro entendimiento. Para que así podamos conocer las verdades de nuestra fe y lo que Dios nos pide. Para que podamos saber lo que Dios quiere que hagamos en el mundo y en todas las circunstancias de la vida cotidiana.

El Espíritu es la fuente de nuestra fuerza y de nuestro valor. Él nos hace fuertes y nos da confianza para superar las asechanzas de la tentación y del mal.

Como las lenguas de fuego que descendieron sobre María y los Apóstoles en Pentecostés, el Espíritu Santo mueve nuestros corazones a creer en la promesa del Evangelio, inflama nuestra voluntad con el deseo de seguir a Jesús. ¡Sólo el Espíritu Santo puede abrir nuestros corazones al amor! Él nos inspira a querer saber la voluntad de Dios, y a buscar hacerla en nuestras vidas.

El Espíritu también nos trae el don del amor de Dios. Este amor que se derrama en nuestros corazones en el bautismo, dándonos la vida nueva de hijos de Dios. Y estamos llamados a caminar y a vivir por el Espíritu. Somos sellados con el Espíritu en la confirmación.

Todos los domingos, cuando rezamos el Credo, profesamos que el Espíritu “habló por los profetas”.

El Espíritu todavía nos sigue hablando. Él nos ayuda a escuchar la voz de Dios y su Palabra, inspirada en las Sagradas Escrituras. Pero no podemos endurecer nuestros corazones. No podemos tratar de ignorar o de resistirnos al llamado del Espíritu en nuestras vidas.

Ahora es el momento de prestar atención a las palabras del Espíritu. ¡Mañana puede ser demasiado tarde! Así que ahora es el momento de escuchar la voz de Dios y de unir nuestras vidas a su plan divino, a la misión de su Iglesia en el mundo.

Hemos de pedirle al Espíritu Santo que nos ayude a querer lo que Dios quiere y a querer hacer todo para él.

Entonces, oremos unos por otros esta semana. Pidamos crecer en nuestra devoción al Espíritu Santo y en nuestra conciencia de la presencia de Dios en nuestras vidas.

Esta semana, podemos tratar de aprender la pequeña oración que nuestro Santo Padre nos ha dado, y ojalá podamos también pedir la gracia de estar abiertos a la Palabra de Dios y a la belleza y la bondad que encontramos en la creación de Dios.

¡Y pidámosle a la Virgen María que nos enseñe a rezar más al Espíritu Santo!

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