Esta semana les escribo nuevamente desde Roma, al inicio de la segunda semana del Sínodo de los Obispos sobre la familia, el cual durará todavía dos semanas más y terminará cuando el Papa Francisco celebre la Misa para clausurarlo, el 25 de octubre próximo.

Hay aquí cerca de 300 obispos de todos los continentes, y también muchos sacerdotes, religiosos y laicos que los acompañan y apoyan en el trabajo del sínodo.

Esta una hermosa experiencia para mí sobre la naturaleza universal, sobre la “catolicidad” de la Iglesia. Se puede realmente percibir cómo la Iglesia misma es la “familia de Dios”, compuesta por personas de todas las naciones del mundo.

Como se podrán imaginar, todos nosotros aportamos diferentes experiencias y opiniones en el Aula del Sínodo. Podemos adquirir el hábito de pensar que “la Iglesia” es lo que experimentamos en nuestra propia parroquia o en nuestro propio rincón del mundo. Pero la Iglesia es más grande que nuestra propia experiencia; esto es algo que puede verse con mucha claridad en el sínodo, en el que uno puede hablar con los representantes de la Iglesia de África, de Asia, de América Latina, de Europa y de Australia.

El trabajo del sínodo se divide en pequeños grupos según el idioma de cada quien. Hay tres grupos de habla francesa, tres de habla italiana, dos de habla española y uno de habla alemana. Yo estoy trabajando en uno de los cuatro grupos de habla inglesa. Tan sólo mi grupo refleja la diversidad y universalidad del sínodo: está integrado por 21 obispos, junto con sus respectivos auditores, expertos y delegados fraternos, ¡provenientes de 20 países diferentes!

Estamos avanzando, renglón por renglón, a veces palabra por palabra, a lo largo del documento preparado para guiar nuestras discusiones; documento que se llama Instrumentum laboris.

Es importante recordar que “sínodo” significa asamblea. No es como una legislatura, ni siquiera como una asamblea del ayuntamiento estatal. Nuestro trabajo es proporcionar comprensión y consejos sobre el texto. Estamos aquí porque el Papa Francisco nos ha pedido que lo asesoremos en algunos de los asuntos cruciales que enfrentan las parejas casadas y las familias hoy.

Y es importante tener en cuenta que no estamos “votando” acerca de las enseñanzas de la Iglesia ni discutiendo maneras de cambiarla.

Al final del sínodo extraordinario del año pasado, el Papa Francisco dijo que no se “cuestionarían las verdades fundamentales del Sacramento del matrimonio: su indisolubilidad, su unidad, su fidelidad, su fecundidad, su apertura a la vida”. Y él ha seguido haciendo hincapié en esto durante el desarrollo de este sínodo.

El Papa Francisco ha estado asistiendo y escuchando cuidadosamente nuestras sesiones generales y he de decir que es una sensación extraordinaria el poder estar, como estamos, en presencia del Vicario de Cristo, reflexionando acerca de la misión de la Iglesia y de las necesidades de la familia de Dios.

La semana pasada, en mi primera intervención en el sínodo, me dirigí al Santo Padre y a los Padres sinodales hablando de la necesidad que la Iglesia tiene de proclamar la verdad a partir de una base bíblica y teológica sólida.

La Palabra de Dios revela el plan de nuestro Creador para su creación y para la historia de la humanidad. Esta Palabra divina es el punto de partida para comprender la auténtica vocación y misión de la familia.

El Instrumentum Laboris del sínodo reconoce que podemos percibir una “pedagogía divina” en la historia de la salvación que se desarrolla en las Sagradas Escrituras.

Para fortalecer el matrimonio y la familia en nuestro tiempo, me parece que la Iglesia debe recuperar la pedagogía divina que se encuentra en las Escrituras. Hace apenas unas pocas semanas, cuando el Papa Francisco se encontraba en Estados Unidos nos recordó, una vez más, que Dios confió a la familia su amoroso plan para la creación.

Desde mi perspectiva, la crisis de la familia en nuestro tiempo es, en cierta medida, una crisis antropológica. Nuestra cultura ha perdidoel sentido del significado de la persona humana y de la creación. Esta pérdida tiene su origen en la pérdida de Dios.

Ante esta crisis, creo que la Iglesia debe ofrecer una nueva catequesis evangélica sobre la creación, como un elemento esencial de la nueva evangelización. Debemos proclamar la belleza del plan de amor de Dios para la creación, para la persona humana y para la familia humana. Nuestra nueva evangelización debe proclamar una ecología humana integral que revele la naturaleza, la vocación y la teleología de la persona humana, como creatura de Dios.

Y creo que la Iglesia necesita recuperar las imágenes de la “familia” que se encuentran en las Escrituras y en sus tradiciones más antiguas, en la liturgia universal de la Iglesia y en la piedad popular —la persona humana como la imago Dei; la Iglesia como Madre de los creyentes y como la “familia de Dios”; la familia como “Iglesia doméstica”; y la vida cristiana como la infancia espiritual de los hijos e hijas de Dios— y reflexionar sobre ellas.

Frente a la crisis generalizada de la familia, creo que nuestra sociedad necesita escuchar una vez más la hermosa verdad acerca de la persona humana y del plan amoroso de Dios para la creación y para la historia; un plan que está centrado en la familia.

Por eso les pido que esta semana sigan orando por el sínodo, y también unos por otros.

Y pidamos la intercesión de la Sagrada Familia para que nos ayude a poder iluminar a los demás, a través de nuestras prioridades pastorales y de la práctica, mostrándoles cómo la familia es el “camino” crucial para la Iglesia y para el plan que Dios tiene para la creación.

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