Esta es la época del año en la que nuestros líderes políticos dan sus evaluaciones acerca de la situación en la que estamos o el “estado de las cosas”.

En las últimas semanas el gobernador Brown pronunció su informe sobre el “estado del Estado” de California, y el presidente Obama, su discurso sobre el Estado de la Unión.

Es evidente que estamos viviendo en tiempos cambiantes. Nuestra política, economía y cultura e incluso nuestra moral y nuestras ideas acerca de la naturaleza humana y del sentido de la vida, parecen estar en un estado de transición.

Como ciudadanos católicos, tenemos el deber de estar al tanto de las conversaciones políticas y culturales sobre dónde estamos y hacia dónde nos dirigimos como nación.

El desafío que tenemos, al vivir en esta sociedad altamente secularizada y “politizada”, es pensar y vivir verdaderamente como católicos. Hemos de luchar contra la tentación de medir las cosas sólo bajo las categorías políticas de “izquierda” contra “derecha”, o “liberal” contra “conservador”. Como católicos, nuestras posturas acerca de diversos asuntos deben tener sus raíces en los principios que encontramos en el Evangelio y en la doctrina social de la Iglesia.

Obviamente es más fácil decirlo que hacerlo. Pero nuestra sociedad necesita con urgencia de la visión alternativa de la Iglesia.

La doctrina social de la Iglesia nos ofrece una hermosa perspectiva sobre la vida humana y la sociedad. De acuerdo a la visión católica, la sociedad y el gobierno existen para servir a la persona humana, que es más que la suma de sus deseos y necesidades físicos, que es una criatura conformada por cuerpo y alma, creada por Dios y para Dios, con un destino trascendente.

Según la perspectiva católica, el gobierno tiene un lugar positivo. Lo mismo sucede en cuanto al sistema de libre empresa y a las instituciones cívicas básicas de una sociedad libre: las iglesias, organizaciones benéficas, la familia, las organizaciones de voluntariado.

Nuestra fe católica nos llama a buscar una sociedad en la que las personas puedan vivir libremente sus creencias religiosas y llevar a cabo sus aspiraciones. Estamos llamados a trabajar por una economía en la que los bienes de la creación sean ampliamente compartidos y en la que todos tengan lo que necesitan para llevar una vida digna.

Estamos llamados a trabajar por una cultura que promueva el matrimonio, la familia, y la formación de los niños; una cultura que promueva una perspectiva de la vida guiada por las virtudes morales, por la generosidad, el amor desinteresado y los valores más elevados como la belleza y la verdad.

Y deberíamos estar buscando un gobierno que promueva la equidad, la oportunidad y la justicia, así como también políticas dispuestas a acoger a los no nacidos y a los inmigrantes y a proteger y cuidar de los enfermos, de los ancianos y de los que sufren.

Esta es la noble visión que se describe con detalle en el Compendio de la Doctrina Católica Social de la Iglesia, que invito a todos a leer y estudiar.

Y, por supuesto, nuestro desafío es encontrar la manera de aplicar estos principios a nuestras propias realidades.

Precisamente ahora, en nuestra sociedad, nos estamos volviendo cada vez más conscientes del creciente número de hermanos y hermanas que viven en la pobreza.

La pobreza de nuestro tiempo tiene muchas tristes facetas: la de las mujeres y hombres que pasan horas cada día en el autobús para llegar a unos empleos que no les pagan lo suficiente para alimentar a sus familias; la de las personas que no tienen trabajo y que no lo han tenido por mucho tiempo. Para muchos en nuestra sociedad, el rostro de la pobreza es el de un niño o una niña pequeños.

Nuestros políticos han estado hablando mucho sobre la “desigualdad económica”. Y es cierto que los más ricos se están volviendo cada vez más ricos, mientras que a los más pobres se les está haciendo más difícil salir de la pobreza para pasar a la clase media. Es difícil entender qué es lo que está causando que esta brecha entre ricos y pobres siga creciendo. No existen respuestas simples ni tampoco soluciones simples.

Como católicos, tenemos que participar en estas conversaciones sobre cómo hacer crecer la clase media y cómo ayudar a la gente a salir de la pobreza. Y tenemos que participar, no como liberales o conservadores, sino como católicos. Tenemos que seguir estudiando sobre estos asuntos y orando por ellos desde la perspectiva del Evangelio y de nuestra doctrina social.

Entonces, esta semana oremos unos por otros y oremos por nuestro estado y por nuestra nación. Comprometámonos a buscar una mayor participación en nuestras parroquias, en nuestros vecindarios y en nuestras comunidades.

Y que nuestra Santísima Madre María interceda por nosotros, para que todos podamos tener el corazón abierto a las necesidades de los pobres y de los vulnerables de nuestra sociedad.

*La columna de opinión de Mons. José Gomez está disponible para ser utilizada gratuitamente en versión electrónica, impresa o verbal. Sólo es necesario citar la autoría (Mons. José Gomez) y el distribuidor (ACI Prensa)