Lo más difícil de hacer en un año electoral es mantener la fe y la política recta.

Siempre hay dos tentaciones fundamentales que enfrentamos.

Por un lado, estamos tentados a separar nuestra fe de nuestra política –para actuar como si no hubiera relación entre lo que creemos o lo que nuestra Iglesia enseña, y cómo votamos, o las posiciones que tomamos sobre los temas.

La otra tentación, es lo contrario – la tentación de “utilizar” nuestra religión para justificar nuestros proyectos y prejuicios políticos.

Obviamente, ninguna de estas opciones se conforma a lo que Jesús espera de nosotros.

Todos recordamos la historia del Evangelio de cómo los líderes religiosos de su tiempo trataron de poner una trampa a Jesús preguntándole si era correcto pagar impuestos al gobierno.

La respuesta de Jesús es muy conocida, incluso entre los no cristianos. Él pide a sus contrarios que le muestren una moneda. Después les pregunta de quién es la imagen que se encuentra en la moneda.

Cuando ellos responden que la imagen en la moneda es del César, el emperador romano, Jesús dice: ¡Paguen al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios!

Este pasaje del Evangelio puede ser malinterpretado. Algunas veces escuchamos a la gente discutir que Jesús está llamando aquí a una estricta separación de nuestra fe –la que debemos a Dios- de nuestra política, la que debemos al “César”.

Pero Jesús nos llama a la unidad de vida – una fe que abarca toda la vida.
La moneda que ellos muestran a Jesús, lleva la imagen del César. Pero recordemos que cada uno de nosotros llevamos la imagen de Dios. Cada uno de nosotros está hecho a imagen y semejanza de Dios.

Eso significa, que nosotros le debemos a Dios todo en nuestras vidas: nuestros corazones y mentes, toda nuestra alma y nuestra fuerza.

No hay ninguna parte de nuestra vida que no le pertenezca a Dios. Eso significa que nuestra fe en Jesús debe dar forma a la manera en que vivimos y trabajamos. Al mismo tiempo se debe dar forma a las decisiones que tomamos en la vida pública, por quien votamos y las políticas que apoyamos.

Tenemos importantes obligaciones como ciudadanos. Pero tenemos que llevar acabo esas obligaciones siempre a la luz de nuestro deber para con Dios.

Nosotros debemos al “César” –nuestra sociedad y gobierno- nuestro respeto y cooperación. Estamos llamados a obedecer toda ley justa y a trabajar duro por el bien común de nuestra sociedad.

Pero nosotros le debemos a Dios el deber de nuestra fe sincera y verdadera. Eso significa que nunca podemos permitir que nuestras creencias sean diluidas. No podemos olvidar las enseñanzas de la Iglesia y las demandas de la ley de Dios cuando estamos comprometidos en nuestra vida pública.

Y cuando las realidades políticas nos forzan a elegir, la elección es clara. Como los apóstoles acostumbraban decir: “Nosotros debemos obedecer a Dios antes que a los hombres”.

Hay ciertas cosas que no son “negociables” en la enseñanza social católica. Como todos sabemos, existen hay algunas leyes y tendencias en nuestra sociedad que violan las leyes de Dios y los derechos naturales así como la dignidad de la persona humana.

El aborto y la eutanasia nunca se les permiten porque implican directamente la destrucción de una inocente vida humana. Tampoco hay una negociación de la definición dada por Dios del matrimonio y la familia basada en la unión permanente y exclusiva entre un hombre y una mujer.

Pero en la mayoría de los grandes problemas de hoy –asuntos como impuestos y el gasto público, la inmigración, o la mejor manera de ayudar a los pobres – hay principios morales que hay que tener en cuenta. Pero los católicos sinceros y fieles, siempre van a tener legítimas diferencias de opinión sobre la mejor manera de aplicar los principios morales de la Iglesia.

Lo importante es que siempre estemos tratando de pensar y actuar con la mente de cristo y la mente de la Iglesia.

Por eso, en mis próximos dos o tres artículos, quiero tratar de pensar con ustedes algunos de los problemas que enfrentamos en estas próximas elecciones a la luz de las enseñanzas de Jesús y de la Iglesia.

Lo más importante es formar nuestras conciencias. Tenemos que asegurarnos de que nuestra participación y nuestra contribución siempre reflejen los valores morales y religiosos que encontramos en las Escrituras y en las enseñanzas de nuestra Iglesia.

Así que al entrar en la recta final de lo que ha sido una campaña electoral intensa, tenemos que orar unos por otros y por nuestro país. Nosotros damos a nuestro país lo mejor como ciudadanos cuando tratamos de ser totalmente fieles a las enseñanzas de Cristo y su Iglesia.

Pidamos a nuestra Madre María Inmaculada, que es la patrona de los Estados Unidos, para que nos ayude en esta temporada electoral, a trabajar más duro para saber qué creemos como católicos y porqué.

Etiquetas: ,

*La columna de opinión de Mons. José Gomez está disponible para ser utilizada gratuitamente en versión electrónica, impresa o verbal. Sólo es necesario citar la autoría (Mons. José Gomez) y el distribuidor (ACI Prensa)