A principios de este mes, tuve el privilegio de dirigir un importante simposio sobre el crimen y el castigo en California, cuya anfitriona fue la Conferencia Católica de California, en la Universidad de Loyola Marymount.

Más de 500 personas se reunieron para considerar nuevas propuestas basadas en la idea de “justicia restaurativa”.

Estas últimas semanas yo he estado reflexionando sobre los complicados asuntos de cómo podemos controlar el crimen y mantener a la gente segura, pero también cómo podemos ofrecer a aquellos que violan nuestras leyes, una oportunidad de redimirse a sí mismos y de ser reintegrados a sus familias y a la sociedad.

Y que tenemos que reconocer el dolor, la pérdida y la tristeza de las víctimas del crimen. Con demasiada  frecuencia estas víctimas son los  niños pequeños, que son tomados violentamente de sus familias.

Parte de nuestro problema hoy, es que como un pueblo, estamos hartos de la delincuencia. Estamos indignados por la violencia y el desprecio de la vida humana que vemos en nuestra sociedad. Esto es evidente.

Nuestra fe católica nos da luz y nos conduce a un mejor entendimiento de esta realidad humana de nuestra sociedad, especialmente en lo que se refiere a la importancia de la sanación y de la justicia restaurativa.

Nosotros recordamos, por supuesto, que Jesucristo estuvo preso y sufrió la pena de muerte. Y Él nos dijo que íbamos a ser juzgados, en parte, por la compasión que mostremos a los prisioneros.

De hecho, Jesús fue más allá. Él dijo que la misericordia que mostremos a los criminales refleja nuestro amor por Él: “Yo estaba en la cárcel y vinisteis a mí… En cuanto lo hicisteis a uno de los más pequeños de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis” (Mateo 25, 36’40).

Nuestra tradición católica nos conduce a tratar de balancear justicia y misericordia  en el trato con aquellos que violan las leyes de la sociedad. Para nosotros, el castigo debe ser más que hacer “pagar” a los criminales por sus crímenes.

El castigo debe proteger a la sociedad, defender el orden público y restaurar la armonía en las relaciones sociales perturbadas por sus crímenes. Sin embargo nuestros castigos también deben ser “medicinales”. Nuestros castigos deben contribuir a la corrección moral y la educación de los criminales. Debemos buscar “reintegrarlos” como miembros productivos de la sociedad.

Nuestra oficina arquidiocesana de Justicia Restaurativa, supervisa numerosos proyectos que reflejan esta compresión católica de la delincuencia y el castigo.

A través de esta oficina, nosotros proporcionamos capellanes para los muchos centros correccionales dentro de la Arquidiócesis. Nosotros ofrecemos apoyo espiritual y sanación para las víctimas del crimen y sus familias. Nosotros servimos a hombres y mujeres en la cárcel. Ofrecemos asistencia espiritual a sus familias, especialmente a los muchos niños cuyos padres están en prisión.

Este trabajo de “justicia restaurativa” es vital para misión de la Iglesia de crear una ciudad de amor y verdad y una cultura de paz y reconciliación.

No es fácil amar a quienes cometen actos de violencia y otros crímenes.

Pero Jesús nos llama a amar a nuestros enemigos. Eso incluye a aquellos que se hacen a sí mismos nuestros enemigos por amenazar nuestra seguridad, la decencia y el bien común de nuestra sociedad.

De modo que al orar esta semana unos por otros, pidamos la gracia de recordar que aquellos que violan nuestras leyes, son todavía hijos de Dios.

Esto no significa que nosotros olvidemos sus crímenes, o sus víctimas. Eso significa que tratemos a los criminales con dignidad y respeto de sus derechos. Amar al culpable significa que nunca podemos abandonarlos.

Siempre debemos buscar la conversión y el arrepentimiento de los criminales y de aquellos que ya están detrás de las rejas. Necesitamos llevar a esa gente a tomar responsabilidad por sus acciones y hacer restitución. Pero también necesitamos llevarlos a cambiar sus vidas, de modo que puedan vivir con la dignidad y el propósito para el cual Dios los hizo.

Sabemos por el Nuevo Testamento, que la gracia de Dios puede convertir aún a asesinos perseguidores de la Iglesia, como San Pablo, en un gran santo y apóstol.

Así que trabajemos para construir una cultura donde nuestra justicia esté siempre influenciada por nuestra misericordia y nuestra esperanza por la redención de los pecadores.

Y oremos de una manera muy especial, por las víctimas de los crímenes violentos y sus familias, de manera que a través de la gracia sanadora de Dios puedan tener la fuerza para soportar el dolor, y al mismo tiempo, encontrar el perdón y la paz del corazón.

Pidamos a nuestra Santísima Madre, la Madre de la Misericordia, que nos ayude a esforzarnos en la construcción de una sociedad que refleje la justicia y el amor de su Hijo.

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