Esta semana estaba reflexionando sobre una peregrinación que hice hace varios años a Jerusalén, y sobre mi experiencia al arrodillarme en oración ante la tumba de Jesucristo.

Tuve la fuerte sensación de que fue ahí en donde todo empezó.

La historia empieza nuevamente en el sitio donde está esa tumba vacía. Allí comienzan también la vida de ustedes y la mía, y también la vida de todas y cada una de las personas.

Lo que sucedió en esa primera mañana de Pascua tuvo tan solo unos pocos testigos, pero todos ellos están de acuerdo. El tercer día, cuando regresaron al lugar en el que habían dejado el cuerpo quebrantado de Jesús, éste había desaparecido.

“Se han llevado al Señor de su tumba y no sabemos dónde lo han puesto”, dijo Santa María Magdalena.

La tumba vacía de la Pascua abre nuestras vidas y nuestro mundo a la promesa de la eternidad. En adelante, ya no estamos sujetos a las limitaciones naturales de espacio y de tiempo.

La tumba vacía es un testimonio de que estamos hechos para la trascendencia: para pasar de esta vida a la eternidad. La eternidad no sólo significa una vida sin fin, significa también una vida que participa de la vida de la Santísima Trinidad.

Ciertamente, somos conscientes de que hemos de morir. Pero ahora sabemos que si morimos en Él, resucitaremos en Él.

“Seremos transformados”, nos dice San Pablo “Todos nosotros, con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor y nos vamos transformando en esa misma imagen, cada vez más gloriosa”.

Vivimos ahora con los ojos puestos en Jesús, que murió una vez, para vivir para siempre.

Y a la luz de su vida y de su enseñanza, nos damos cuenta de que no fuimos simplemente arrojados a este mundo como fruto del azar, para seguir nuestro propio camino desde el principio de nuestra vida hasta nuestro último instante.

Somos hijos de Dios y él está personalmente comprometido con nuestras vidas. Él nos creó a cada uno de nosotros con un hermoso propósito, y se ha comprometido a ayudarnos para que nos transformemos en las personas que fuimos destinadas a ser.

A la luz de la tumba vacía, todos debemos redescubrir ese “motivo” por el que estamos aquí. A la luz de la Pascua, hemos de comprender y creer verdaderamente, cuánto nos ama Dios.

Vemos su amor en la cruz y lo vemos de nuevo en la Resurrección. Él entregó su vida por cada uno de nosotros. Por ustedes y por mí. Él vino para morir, para que nosotros pudiéramos resucitar y vivir.

Al romper las ataduras de la muerte, Jesucristo nos hace libres para vivir, para ser santos como Él es santo, para amar como Él ama.

Cuando entendemos verdaderamente este camino que Jesús nos está llamando a recorrer, nuestra vida adquiere un nuevo significado y una nueva dirección.

Jesús nos llama ahora a seguirlo desde esa tumba vacía y a percibir nuestra vida como un regalo de amor que recibimos de Dios. Él nos llama ahora a ver nuestro trabajo diario como un sacrificio y un servicio de amor que le ofrecemos a Dios y a nuestros hermanos y hermanas.

Jesús nos dice que lo que hemos recibido libremente, debemos darlo libremente. Él nos otorga una nueva vida y nos llama a dar una vida nueva a los demás.

Él nos llama a pasar nuestra vida al servicio de los demás, ofreciéndoles vida, esperanza y alegría. El amor, o es vivificante o no es amor verdadero.

Y estamos llamados a seguir dando hasta que ya no podamos dar más.

Ya sea que seamos viejos o jóvenes, cerca del inicio de nuestro trayecto por la vida o cerca de su final, Dios tiene un papel que quiere que desempeñemos.

Todos conocemos personas en nuestras comunidades, tal vez incluso en nuestras propias familias, que están confinadas a sus hogares o que sufren de dolor crónico, de alguna discapacidad o de una enfermedad terminal.

Sus vidas siguen siendo preciosas a los ojos de Dios, e incluso en su debilidad están llamadas a desempeñar su parte en el plan de Dios y a dar vida a los demás.

La Resurrección significa que nunca somos demasiado viejos ni estamos demasiado enfermos como para amar. Podemos orar aun cuando no podamos hacer mucho más.

Y nuestras oraciones humanas tienen un poder divino cuando se unen a la compasión de Jesús resucitado. Podemos ofrecer todo nuestro dolor, todas nuestras dificultades y sufrimientos, por nuestros hijos y nuestros seres queridos, por la misión de la Iglesia, por todos aquellos que aún no conocen la alegría de Jesús.

A la luz de la tumba vacía, cada acto de amor que ofrecemos, sin importar cuán pequeño sea, es algo que aumenta el amor que hay en el mundo. Nuestro empeño simplemente debe ponerse en amar y en dejar que Jesús haga el resto. Lo que Jesús hace con nuestro amor, se nos dirá en la eternidad.

Entonces, oren por mí en esta bendita temporada de Pascua, y yo estaré orando por ustedes, por sus familias y por sus seres queridos.

Y pidámosle a nuestra Santísima Madre María que nos ayude a vivir y a amar a la luz de la tumba vacía y con la esperanza puesta en la Resurrección.

*La columna de opinión de Mons. José Gomez está disponible para ser utilizada gratuitamente en versión electrónica, impresa o verbal. Sólo es necesario citar la autoría (Mons. José Gomez) y el distribuidor (ACI Prensa)