Esta semana estoy escribiendo en medio de la “Quincena por la Libertad” declarada por los Obispos de EE.UU. como un tiempo de oración, estudio y penitencia por la libertad religiosa.

De tiempo en tiempo en nuestra democracia, como ciudadanos, necesitamos renovar nuestra dedicación a las libertades fundamentales que ha hecho los Estados Unidos tan excepcional. Si no lo hacemos, arriesgamos olvidar las lecciones de la historia y arriesgamos olvidar por qué esas libertades son tan importantes.

Como cristianos, también tenemos el deber de amar la libertad y defender la libertad que amamos. La historia de la Iglesia nos enseña que tenemos que luchar por esas libertades; ellas nunca han sido dadas a los cristianos gratuitamente.

San Pablo acostumbraba decir: “Por la libertad, Cristo nos ha liberado”.

Jesús no nos liberó del pecado y de la muerte para que pudiéramos servirnos a nosotros mismos. Somos libres para Dios, para amarlo y servirlo a Él. Hemos sido liberados de manera que podamos ser sus instrumentos para llevar su salvación a nuestros hermanos y hermanas.

Algunas personas en nuestro gobierno y en los medios dicen que estamos exagerando cuando hablamos de que la libertad religiosa está siendo amenazada.

Nosotros no estamos exagerando. Las acciones propuestas por nuestro gobierno son reales. Ellas amenazan nuestra capacidad como cristianos individuales para vivir de la manera que Jesús quiere que vivamos. Ellas amenazan la capacidad de la Iglesia para llevar adelante su misión.

Pero yo pienso que la mayor amenaza que enfrentamos es nuestra propia indiferencia, o nuestro sentimiento de que esta lucha realmente no nos afecta personalmente.

Cuando hablamos acerca de “libertad de religión”, puede parecer como un concepto abstracto. Puede parecer como algo que puede ser importante en principio, pero que no tiene realmente mucho que ver con nuestra vida diaria.

Y es verdad que hoy somos libres de ir a la iglesia, de leer nuestras Biblias, de orar en nuestras casas, de leer publicaciones religiosas y de encontrar programación religiosa en la televisión y el Internet.

Pero la libertad religiosa significa más que eso, porque ser cristiano significa más que eso.

Ser cristiano significa vivir con Jesús y celebrarlo a Él. Significa vivir de acuerdo a sus palabras y ejemplo. Significa llevar adelante sus mandamientos, para amar y hablarles a otros sobre Él. Significa trabajar para crear una sociedad que refleje los valores éticos y espirituales de su Evangelio.

De esto se trata esta lucha por la libertad religiosa. Es para garantizar que cada uno de nosotros tenga la libertad para llevar adelante nuestro deber cristiano de Evangelizar y servir a otros en amor. Y es para garantizar que la Iglesia también sea libre, como la institución que es, establecida por Cristo para llevar adelante su misión en el mundo.

Yo he estado reflexionando sobre los Santos que recordamos en el calendario litúrgico durante este periodo de dos semanas.

Por supuesto, el calendario de la Iglesia no fue creado con la Quincena por la Libertad en mente. La Iglesia ha estado recordando esos santos en esas fechas por siglos, siglos antes de que nuestro país fuera siquiera fundado.

Todavía, yo encuentro sorprendente pensar cómo muchos de los Santos que recordamos durante esta quincena fueron mártires por la libertad, que permanecieron fieles a Jesús en su Evangelio de cara a la persecución de las autoridades políticas.

La quincena comenzó en la Vigilia de la Fiesta de San Juan Fisher y Santo Tomás Moro. Ellos fueron ejecutados porque se rehusaron a doblegarse a las presiones políticas del rey Enrique VIII, quien demandaba que ellos aceptaran su “supremacía” sobre la Iglesia y que ellos negaran las enseñanzas de la Iglesia sobre la santidad del matrimonio.

Así mismo durante esta quincena, recordamos a San Juan Bautista, que también fue ejecutado por un rey tirano por defender la ley de Dios sobre el matrimonio.

Recordamos también durante este periodo a los primeros mártires de la Iglesia de Roma, desde los primeros comienzos del cristianismo. Y el 29 de junio recordamos a los más grandes de esos primeros mártires, San Pedro y San Pablo.

Todos esos valientes hombres y mujeres sufrieron la muerte por defender las libertades que a menudo nosotros damos por supuestas. Todos ellos usaron su libertad en Cristo para transformar sus sociedades. Desde dentro. Por la fuerza de su amor y su ejemplo. Cada uno de nosotros estamos llamados a la misma misión en nuestra sociedad.

Pidamos la intercesión de esos mártires durante los últimos días de esta quincena. Y al orar unos por otros esta semana, tratemos de encontrar algún sacrificio, no importa qué tan pequeño sea, que podamos hacerlo por esta causa.

Y pidamos a Nuestra Señora de Los Ángeles que nos de el valor para defender la libertad de la Iglesia y nuestra libertad de conciencia. VN

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