Las persecuciones anticatólicas en México en los años 1920 y 1930 parece que hace mucho que se han olvidado.

La realidad es difícil de creer. Hace solamente una generación, no lejos de nuestras fronteras, miles de hombres, mujeres y hasta niños, fueron apresados, exiliados, torturados y asesinados. Todo por el “crimen” de creer en Jesucristo y querer vivir su fe en Él.

De modo que yo doy la bienvenida a la nueva película “Para Mayor Gloria”. Ella cuenta la dramática historia de esta guerra desconocida contra la religión y la heroica resistencia de nuestra Iglesia. Es una película fuerte con un mensaje oportuno. Ella nos recuerda que nuestras libertades religiosas se han ganado con sangre y nunca podemos darlas por supuestas.

Si esa represión pudo suceder en una nación tan profundamente católica como México, esto debería hacernos detener y pensar. México fue la cuna original del cristianismo en el Nuevo Mundo. Fue la base desde la cual la mayor parte de Norte, Centro y Sudamérica, y partes de Asia fueron evangelizadas primero.

Después de la revolución de 1917, el nuevo régimen socialista-ateo votó para liberar a la gente de todos los “fanatismos y prejuicios.”

Iglesias, seminarios y conventos fueron confiscados, desacralizados y muchos fueron destruidos. Se prohibieron las manifestaciones públicas de piedad y devoción. Las escuelas católicas y los periódicos fueron cerrados; los partidos políticos católicos y los sindicatos de trabajadores prohibidos. Los sacerdotes fueron torturados y matados, muchos de ellos baleados mientras celebraban la Misa.

El dictador, Plutarco Elías Calles, acostumbraba hacer alarde del número de sacerdotes que había ejecutado. Su odio de la religión organizada iba en aumento. Él realmente creía que su reino de terror podía exterminar a la Iglesia y borrar la memoria de Cristo de México en una sola generación.

Él estaba equivocado. En la fragua de su persecución se hicieron los santos.

Llegó un tiempo de solidaridad internacional católica. Los católicos norteamericanos abrieron sus puertas a los refugiados que huían de la violencia. Mi predecesor, el Arzobispo John Cantwell, acogió a muchos aquí en Los Ángeles –incluyendo a la venerable María Luisa Josefa de la Peña y la Beata María Inés Teresa Arias.

Los católicos ordinarios se convirtieron en Cristeros, valientes defensores de Jesucristo. Muchos se vieron obligados a tomar las armas para defender sus derechos en lo que se conoció como la Guerra Cristera. Otros eligieron los medios no violentos para dar testimonio de Cristo.

“Yo muero, pero Dios no muere,” dijo el Beato Anacleto González Flores ante su ejecución. Sus palabras fueron proféticas.

Los mártires no son definidos por la manera como murieron sino por lo que ellos eligieron para vivir. Y la sangre de  los Cristeros se convirtió en la semilla de la Iglesia de futuras generaciones en México.

Hoy necesitamos saber sobre la hermosa joven catequista, la venerable Luz Camacho. Cuando el ejército vino para quemar su iglesia, ella permaneció enfrente de la puerta y bloqueó su camino. La balearon hasta que murió. Pero la iglesia de alguna manera se salvó.

Necesitamos saber todo sobre los heroicos sacerdotes que arriesgaron su vida para celebrar la Misa y escuchar confesiones. Cuando éramos chicos teníamos estampas hechas de una fotografía granulada de uno de esos sacerdotes. El Beato Miguel Pro. Él está delante de un pelotón de fusilamiento sin venda en los ojos, sus brazos extendidos como Jesús en la cruz, mientras grita sus últimas palabras: ¡Viva Cristo Rey!

Necesitamos aprender de los ejemplos de todos los Cristeros que han sido canonizados y beatificados por la Iglesia. Y hoy especialmente, necesitamos orar por su intercesión.

Como siempre ha sido, hoy nuestra religión católica está bajo ataque en lugares de todo el mundo. En México y en Norteamérica, no enfrentamos sufrimiento y muerte por practicar nuestra fe. Pero confrontamos formas más “blandas” de intimidación secularizada.

Tristemente, ya hemos aceptado las “reglas” y restricciones de nuestra sociedad secular. Mantenemos la fe en nosotros mismos. Somos precavidos sobre “imponer” nuestras creencias a otros, especialmente cuando viene de políticos. En los últimos meses, nuestro gobierno ha comenzado a demandar aún más, tratando de hacer coerción en nuestras conciencias, de modo que neguemos nuestra identidad y valores.

Nosotros necesitamos pedir la fuerza de ser Cristeros. Por su muerte, ellos nos muestran por qué debemos vivir.

Así que hagamos nuestra oración esta semana. Que, igual que los Cristeros, podamos estar siempre listos para amar y sacrificarnos permaneciendo de pie por Jesús y su Iglesia.

Y que Nuestra Señora de Guadalupe, Madre de México y de las Américas, y la estrella brillante de la Nueva Evangelización, pida por nosotros.

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