La siguiente es una adaptación de la Homilía que el Arzobispo José H. Gomez pronunció el 21 de julio, en la Misa anual por la inmigración. La celebración de este año estuvo marcada por una especial oración y reflexión con respecto a la legislación integral de la reforma sobre la inmigración, actualmente en estudio en la Cámara de Representantes de los Estados Unidos.

Sé que muchos de ustedes están profundamente involucrados en el proceso político para lograr la justicia en nuestro sistema de inmigración. ¡Quiero agradecerles todo lo que están haciendo por los más pobres de los pobres, por los más pequeños de nuestros hermanos y hermanas!

Hay un tiempo para la acción pública y un tiempo para la oración. La oración debe ser siempre lo primero, antes, incluso, de nuestra acción política. Porque siempre hemos de asegurarnos de que estamos tratando de hacer la voluntad de Dios y no la nuestra.

Entonces, éste es un tiempo para la oración. Un tiempo para ponernos en la presencia de Dios y para abrir nuestros corazones a su misericordia y a su amor. Un tiempo para reflexionar acerca de nuestras vidas y de nuestro país a la luz de la Palabra de Dios cuya proclamación acabamos de escuchar.

Las lecturas de la Sagrada Escritura para el día de hoy nos recuerdan que Dios viene a nosotros en la persona del extranjero, en la persona del inmigrante.

Esa es la enseñanza constante de la Biblia, de principio a fin. Para el judaísmo, la hospitalidad y la atención a los extranjeros son un deber sagrado. Sucede lo mismo en el cristianismo. En las cartas de los Apóstoles leemos: “No descuiden la hospitalidad, porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles”.

Somos un pueblo que conoce la verdad: la verdad de que todos somos hijos de Dios. Un pueblo que sabe que nuestras vidas son sagradas y especiales para Dios. ¡Todas y cada una de ellas! Nuestra dignidad no proviene de tener los documentos en regla o los papeles correctos. Nuestra dignidad humana proviene de Dios.

Esto es lo que hace único a este país. El hecho de que los misioneros y estadistas que fundaron este país hayan creído lo que Jesús enseñó: Que todos los hombres y mujeres han sido creados por Dios, con la misma dignidad, los mismos derechos y la misma libertad.

Los fundadores de este país soñaban con una nación en la que la gente de todas las razas, credos y orígenes pudieran vivir como hermanos y hermanas, como hijos de un mismo Dios.

Y este país siempre ha sido una nación de inmigrantes. Un faro de esperanza, una luz que brilla en la oscuridad. Y una puerta de oro que se abre para aquellos que buscan una vida mejor para sus familias.

Esto es lo que estamos buscando con nuestra acción pública. Para ello estamos orando hoy.

La inmigración va más allá que el mero hecho de la inmigración. Implica también la renovación del alma de los Estados Unidos de América. Implica ayudar a nuestra nación a estar a la altura de su hermosa promesa de igualdad y dignidad para todas las personas.

Así, hoy oramos para pedir el valor de seguir trabajando por lo que es correcto y por lo que es verdadero.

Le pedimos a Dios que nos perdone por no haber actuado antes para arreglar este sistema ineficiente. Por no haber actuado antes para hacer justicia a aquellos que viven en las sombras, en los márgenes de esta gran sociedad. Le pedimos a Dios que nos ayude a vencer nuestro egoísmo y nuestra indiferencia.

Hay personas que están muriendo en los desiertos, apenas un poco más allá de las fronteras de nuestro país. Personas que están tratando de reunirse con sus seres queridos. Hay personas que son explotadas cada día en los campos y en las fábricas. Personas que están tratando de alimentar a sus familias.

Entonces, oramos por esas personas el día de hoy. Y por todos los responsables de los crueles fracasos de nuestro sistema de inmigración.

Oramos por todos los niños y niñas cuyos padres han sido deportados. Por las madres y los padres que no van a venir a cenar a casa esta noche, que tal vez no vuelvan a ver ya a sus familias. Oramos por las mujeres que han sido dejadas atrás para criar a sus hijos en la pobreza. Por los niños indocumentados que sueñan con ir a la universidad.

La reforma migratoria no se trata de números o de cuestiones técnicas. Se trata de estos niños, de estas madres y padres. Se trata del alma de los Estados Unidos de América. Y de nuestras almas también.

Cuando meditamos el Evangelio, nos damos cuenta de que en su vida humana Jesús fue siempre un extranjero.

Jesús vino a este mundo como un niño en el vientre materno. Y no había lugar para él en la posada. Cuando era un niño, su familia -su madre María y José, el esposo de ésta- fue enviada al exilio por la violencia política. Vivían como inmigrantes y refugiados en Egipto. A lo largo de todo su ministerio, Jesús nunca tuvo un hogar. No tenía dónde reclinar la cabeza.

Jesucristo se convirtió en un extranjero por nuestro bien, para enseñarnos a amar. Y nos enseñó a encontrarlo -nos enseñó a encontrar a Dios- en el pobre, en el preso, en el inmigrante, debido a que estas personas son las más vulnerables de la sociedad. Porque ellos son los que más necesitan de nuestra protección y de nuestro cuidado.

Jesús dijo que Dios nos juzgará por nuestro amor a él en el más pequeño de nuestros hermanos y hermanas. Así que la inmigración no es sólo una cuestión de política. Es una cuestión de nuestra relación con Dios.

Hoy oramos para que Dios cambie nuestros corazones, para que cambie los corazones de nuestros vecinos y de nuestros líderes. Que Dios nos dé hoy a todos un nuevo compromiso con la caridad y la hospitalidad. Un nuevo sentido de nuestro deber de luchar contra la crueldad y la injusticia. Que los Santos Ángeles de Dios acompañen a los inmigrantes que hay en medio de nosotros en su camino hacia la justicia. Y que podamos hacer de ésta una sociedad en la que nadie sea extranjero a los ojos de Dios.

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