Hace algunos años, se publicó un buen libro para papás: “A Father’s Covenant”, (“El Pacto del Padre”) por Stephen Gabriel (Harper Collins 1996).

El libro tiene una serie de pequeños dichos y promesas para padres para intervenir sobre cómo ayudarles a crecer en la relación con sus hijos, sus esposas y Dios.

Una de esas promesas me hizo reír: “¡Yo jugaré ‘Serpientes y Escaleras’ con entusiasmo!”

Eso me recordó  a mi niñez. ¡Ese era un juego que mi padre acostumbraba jugar con nosotros todo el tiempo!

Y hay una verdadera sabiduría en esa promesa.

Es una promesa de ser fiel a la obligación de ser papá. Él deber de amar. Aún después de un largo día de trabajo, aún si él hubiera preferido hacer otra cosa, en vez de sonreír y reír y deleitarse en jugar con sus hijos. Porque eso es lo que hacen los padres. Ellos mantienen su promesa de amar.

Este domingo es el Día del Padre. Otra vez celebraremos la hermosa realidad de la paternidad y la importancia de nuestros padres y abuelos en nuestra vida.

Pero también nos damos cuenta de que estamos viviendo en una cultura “sin padres”, donde muchos papás están ausentes de la vida de sus hijos.

Casi la mitad de todos los niños en nuestro país nacen ahora de madres que no están casadas con los padres de sus hijos. Más de un tercio de los niños norteamericanos no han sido criados en la misma casa que sus padres.

Fuertes fuerzas en nuestra sociedad están tratando de reimaiginar y reconstruir el sentido básico de la naturaleza humana. Quieren hacernos creer que ya sea un hombre o una mujer, es solo un “accidente” de nacimiento, y no importa de quién somos realmente. Quieren hacernos creer que la maternidad, la paternidad y el matrimonio no son realidades naturales, sino solamente arbitrarias “construcciones sociales”.

Esas tendencias en nuestra sociedad tienen profundas implicaciones sociales para nuestras parroquias y para nuestro deber de evangelizar.

El Evangelio nos llama a vivir y proclamar las buenas nuevas del “plan familiar” de Dios para la historia, y para cada una de nuestras vidas. La buena noticia es que Dios es nuestro Padre, que nos ama como sus hijos e hijas y que quiere que vivamos como hermanos y hermanas en Jesucristo.

Por eso nuestro Padre envió a su único hijo para nacer de su Espíritu en el seno de una madre y para que creciera en una familia con una madre y un padre.

Jesús nos enseñó a relacionarnos con Dios como Él lo hizo. Con el afecto de un niño. Con la confianza de un niño de que su padre siempre provee.

Él estableció su Iglesia para ser su “esposa” y para ser la madre de todos los que creen en Él.

Él llamó a sus sacerdotes a ser padres espirituales, que engendran nuevos hijos de Dios desde la fuente del Bautismo y los alimenta con el Pan de la vida.

Seguir a Jesús significa que debemos pensar en nuestras vidas en términos de nuestra filiación divina. Cada uno de nosotros, es un hijo de Dios. Él nos creó a imagen de nuestro Padre, como los niños se asemejan a sus padres.

El ritmo y la dirección de nuestra vida católica de gracia –nuestra vida de oración y los sacramentos- es para ayudarnos a crecer como sus hijos e hijas, hasta que alcancemos adultez madura espiritual en la imagen de Jesús, el Hijo de Dios.

La crisis de paternidad y la familia, nos hace mucho más difícil llevar a la gente a Dios nuestro Padre. ¿Cómo pueden ellos entender esas hermosas realidades, si no tienen ningún contacto con sus padres, o si nunca han tenido la experiencia de la vida tradicional de familia?

Nuestro Santo Padre el Papa Benedicto XVI dijo recientemente: “La ausencia de un padre, el problema de un padre que no está presente en la vida del hijo, es un gran problema de nuestro tiempo, y por lo tanto, se vuelve muy difícil entender el profundo significado de lo que quiere decir que Dios es un Padre para nosotros.

Nosotros debemos hacer todo lo que podamos para restaurar una “cultura de familia” en nuestra sociedad. Necesitamos hacer más para celebrar a las mamás y los papás y para apoyar las familias en nuestras parroquias. Necesitamos hablar sobre la belleza del matrimonio a nuestros hijos, desde una edad muy joven.

¡En nuestras casas necesitamos jugar ‘Serpientes y Escaleras’ con entusiasmo! Y necesitamos asegurar que estamos pasando tiempo y dando amor a nuestros hijos mayores también.

Así que oremos esta semana por todos los padres: nuestros padres naturales y nuestros padres espirituales, nuestros sacerdotes. Pidamos a San José que los guíe.

Y pidamos a María, la madre de la familia de Dios, que nos ayude a todos a crecer como hijos de Dios.

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