Como católicos, somos un pueblo que cree que toda vida humana nace por voluntad de un Creador que nos conoce y nos ama.

Él nos crea a cada uno de nosotros con un cuerpo mortal y con un alma inmortal, como hombre o mujer, y todos somos creados a imagen de Dios, cada uno poseedor de la dignidad de ser hijo de Dios.

Estas creencias básicas acerca de la santidad de la vida y de la dignidad de cada persona deberían determinar la manera en la que vivimos y trabajamos, la forma en la que tratamos a las demás personas y el modo en que cuidamos del mundo que nos rodea.

Estas creencias deberían también moldear nuestros compromisos como ciudadanos: aquello a lo que le damos prioridad, las leyes y políticas que apoyamos y el tipo de sociedad que buscamos crear.

Mantener una verdadera identidad católica, percibirnos a nosotros mismos como seguidores de Jesucristo antes que cualquier otra cosa, es siempre un desafío. Y es algo que se está volviendo más difícil en Estados Unidos hoy en día.

Parece que cada aspecto de nuestra vida se está “politizando”.

Estamos viviendo en una cultura que está confundida y dividida sobre cuestiones básicas en relación a lo que significa ser humano y a cuál es el camino que verdaderamente conduce a la felicidad humana.

Podemos ver esto en las múltiples discusiones que tienen lugar actualmente en nuestra sociedad sobre los temas de la raza y el género, del aborto y la eutanasia, del matrimonio y la familia, del medio ambiente y la economía.

Como católicos, tenemos que estar profundamente involucrados en estos debates políticos y culturales. Porque en el núcleo de estas preguntas hay un conflicto acerca de la verdad sobre la persona humana que Dios creó y que Jesucristo redimió con su muerte.

Pero necesitamos entender nuestros compromisos, no en términos políticos, sino en términos del Evangelio y de las enseñanzas de la Iglesia y del testimonio de los santos.

Nuestra misión como católicos es ser discípulos misioneros. Esta es la única razón de nuestra vida: conocer y amar a Jesús y estar al servicio de su plan para la salvación del mundo.

Si queremos ser la gente que Dios nos llama a ser, si queremos restaurar y renovar la Iglesia y reconstruir la sociedad, necesitamos entonces tener una nueva dedicación a vivir nuestra identidad católica y a comunicarle esa identidad a todo lo que hagamos, tanto en nuestras escuelas y programas de educación religiosa como en la manera en la que vivimos nuestra fe en la sociedad.

En términos prácticos, eso significa hacer que nuestra familia y nuestro prójimo conozcan el amor de Dios. Significa también trabajar para lograr una sociedad de amor y compasión que esté verdaderamente al servicio de la persona humana.

Ése es el motivo por el cual hemos de estar profundamente preocupados por el hecho de que el gobierno federal haya vuelto a la ejecución de los criminales, según se anunció la semana pasada.

Toda persona es preciosa y sagrada, incluso los que han sido condenados por los crímenes más malvados y violentos. Hay otras maneras de castigar a los delincuentes sin quitarles la oportunidad de cambiar su corazón y de ser rehabilitados por la misericordia de Dios.

También tenemos que hacer que el amor de Dios por la persona humana siga siendo el centro de nuestra perspectiva en el asunto de la inmigración.

Nuestros líderes políticos -de ambos extremos- están todavía explotando los sufrimientos de los inmigrantes y refugiados para su propia ventaja política. Esto es algo que ha durado por años. Y es una cosa cruel e incorrecta, que debería eliminarse.

Estamos hablando de seres humanos que son imagen de Dios; estamos hablando de nuestros hermanos y nuestras hermanas. Más allá de la ley, más allá de la política, o del “estatus” que ellos tengan, es deber nuestro abrir nuestro corazón y atender a sus necesidades humanas. Ése debe ser el comienzo de cualquier solución humana y razonable a estos complicados problemas.

Tenemos el mismo deber de amor hacia el niño que está en el seno materno que hacia las mujeres que se enfrentan con una crisis de embarazo.

Justo ahora existe en California una legislación, el Proyecto de Ley 24 del Senado, que requeriría que todos los colegios y universidades estatales les ofrecieran a los estudiantes el acceso gratuito a la “píldora abortiva”. Pero una sociedad compasiva debería tener algo más qué ofrecerle a las mujeres que enfrentan esta dificultad, que la capacidad de ponerle fin a la vida de sus hijos antes de que éstos nazcan.

Como católicos tenemos que oponernos a otro nuevo intento por dar más opciones de aborto a nuestros jóvenes. Les exhorto a que visiten el sitio web de la Conferencia Católica de California para decirles a sus legisladores que voten en contra del Proyecto de Ley 24 del Senado. Deberíamos lograr que se elimine este proyecto de ley y trabajar, en cambio, por encontrar nuevos modos de ayudar verdaderamente a las embarazadas y a las madres que tienen un empleo y que intentan continuar con su educación.

Oren por mí esta semana y yo, a mi vez, también estaré orando por ustedes.

Y pidámosle a nuestra Santísima Madre María que nos ayude a mantenernos fieles al llamado de Jesucristo y a la imagen que Él tiene de lo que ha de ser una sociedad digna de la persona humana.

*La columna de opinión de Mons. José Gomez está disponible para ser utilizada gratuitamente en versión electrónica, impresa o verbal. Sólo es necesario citar la autoría (Mons. José Gomez) y el distribuidor (ACI Prensa)