El 18 de junio, el arzobispo Gomez pronunció el discurso de apertura de la conferencia anual de liturgia, organizada por el Instituto McGrath para la Vida de la Iglesia de la Universidad de Notre Dame, en el cual habló sobre el estado pastoral de la familia.

Sus comentarios aparecen a continuación.

Me siento honrado de estar con ustedes esta noche para hablar sobre el estado pastoral de la familia.

Tuve el privilegio de representar a los obispos estadounidenses tanto en el Sínodo sobre la Familia en 2015 como en el Sínodo del año pasado sobre los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional. Y en el ministerio diario que realizo en Los Ángeles, llevo muy dentro de mi corazón estas cuestiones del matrimonio, de la familia y de los niños, como trataré de explicarlo a continuación.

Pero, en primer lugar, quiero empezar nuestra conversación de esta noche hablando sobre una película.

La Película “First Reformed” se estrenó el año pasado. Se trata de un pastor protestante llamado el Reverendo Ernest Toller y de una joven pareja casada, a quien él está aconsejando.

No es una película que yo esté necesariamente recomendando, pero es una de esas películas que creo que reflejan el espíritu de la época en que vivimos.

Cuando empieza la película, la mujer, que se llama Mary, acude al reverendo Toller porque está embarazada y su marido, Michael, quiere que aborte.

Michael es un personaje intenso y oscuro, que pertenece a un grupo llamado el “Movimiento Planeta Verde” y está apasionadamente convencido de que es equivocado el hecho de traer a un niño a este mundo.

Él le confiesa su desesperación al reverendo Toller. Le habla de que el nivel del agua de los océanos se está elevando, de que el clima es extremo, de las especies que están en vías de extinción… Considera que, en el lapso de nuestra vida actual, la sequía y la hambruna se van a extender, haciendo que el orden político se desmorone, en tanto que los “refugiados del cambio climático” saldrán a las calles, peleándose por los alimentos.

En su angustia, Michael desafía a su pastor: “¿Cómo se puede aprobar el traer a un… niño lleno de esperanza y de una fe ingenua, a un mundo… a una niña que crecerá para convertirse en una mujer joven que te mire a los ojos y te diga: ‘Lo supiste todo el tiempo, ¿no?’ ¿Qué dices entonces?”.

Por supuesto, esto no es tan sólo la escena de una película.

Este mismo tipo de escenarios sombríos se están difundiendo diariamente en periódicos y revistas, en libros, en los medios de comunicación, en los salones de clases.

Y es cierto; como nuestro Santo Padre, El Papa Francisco, nos lo sigue advirtiendo: el cambio climático es una verdadera amenaza y tenemos una responsabilidad para con las generaciones que vendrán después de nosotros.

Pero actualmente estamos ante una generación futura en la que puede haber una cantidad mucho menor de niños.

Como Michael en esta película, muchos jóvenes están debatiendo si es “ético” tener hijos en una era de calentamiento global. Hay una discusión aún mayor entre la generación del milenio acerca del “valor” de formar una familia.

Simplemente busquen en Google esta sencilla pregunta: “¿Debería yo tener hijos?”.  Es triste ver los resultados que aparecen. Y no sólo eso. Es triste ver cuánta gente está haciendo este tipo de preguntas.

Y la verdad es ésta: por el motivo que sea, las personas ya han dejado de tener hijos. Las tasas de natalidad están disminuyendo drásticamente, no sólo en este país, sino en las naciones de todo el Occidente.

Mi punto es este.

Por lo general, cuando hablamos acerca del estado de la familia, hablamos de un conjunto de cuestiones: de anticoncepción y de aborto, de tasas de divorcio, de nacimientos fuera del matrimonio, de personas que viven juntas en lugar de casarse; hablamos del crecimiento de las uniones entre personas del mismo sexo y de la confusión sobre el sexo que vemos en nuestra sociedad.

Es importante entender todos estos asuntos pues son la manifestación de una verdadera crisis de la familia en nuestros tiempos. Pero en mi opinión, este tema en particular —el de la profunda incertidumbre de nuestra cultura sobre si tener hijos— nos habla mucho más sobre el estado de la familia en la actualidad.

Nuestra sociedad ha rechazado lo que 20 siglos de civilización cristiana consideraron un hecho básico de la naturaleza: que la mayoría de los hombres y las mujeres encontraran el propósito de su vida formando matrimonios amorosos, trabajando juntos, compartiendo sus vidas y criando hijos.

En la actualidad, el matrimonio, la familia y los hijos se han convertido en una pregunta abierta, en una “elección” que los individuos deben decidir por sí mismos.

Esta es la cultura en la que estamos viviendo.

Y la pregunta para nosotros es ésta: ¿Cómo vamos a vivir como cristianos en esta cultura, y cómo vamos a criar a nuestros hijos y a evangelizar esta cultura? En estos tiempos, ¿qué defensa podemos hacer del matrimonio, de la familia, de los hijos?

La parroquia y el misterio y misión de la Iglesia

Como un asunto práctico esta noche, quiero sugerir dos direcciones básicas para la Iglesia y para las familias cristianas.

Pero ante todo quiero decir unas palabras acerca de nuestra experiencia en la Arquidiócesis de Los Ángeles.

Como ustedes sabrán LA, es la comunidad católica más grande de los Estados Unidos, que cuenta con alrededor de 5 millones de católicos. Y somos una Iglesia joven, una Iglesia de inmigrantes y de comunidades emergentes. Es difícil de imaginar, pero prestamos servicio a nuestra gente todos los días, en más de 40 idiomas.

También bautizamos a unos 50,000 bebés cada año. Eso es una cantidad muy grande, mucho más que la de cualquier otra diócesis del país.

Pero éstos no son sólo números para nosotros. Estas son almas, confiadas por Dios a nuestro cuidado. Como pastor, no quiero que se pierda ni una sola de ellas. Tengo cinco prioridades pastorales y una de ellas es “Promover el matrimonio y la familia como instituciones sagradas y como el corazón de una civilización del amor”.

Hemos establecido una sólida Oficina para el Matrimonio y la Vida Familiar en la arquidiócesis y esta oficina se enfoca especialmente a apoyar a las parroquias y a los párrocos.

Y, en lo personal, pienso que ésa es la clave. No se trata de la cancillería, sino de la parroquia. Ahí es donde la gente vive su fe, día tras día. No estoy seguro de que todos los católicos sepan quién es su arzobispo. Pero estoy seguro de que aquellos que están comprometidos con su fe, saben a qué parroquia pertenecen.

Por lo tanto, estoy tratando de favorecer los ministerios y las iniciativas en nuestras parroquias. En nuestra catedral, tenemos un grupo llamado “Parejas para Cristo, de la Catedral” que se reúne regularmente, y tenemos muchas parroquias que están tratando de ayudar a las parejas de casados jóvenes, ofreciéndoles tanto programas para grupos pequeños, como compañerismo.

También estoy apoyando a los ministerios matrimoniales y familiares, tales como el Movimiento de la Familia Cristiana, el Encuentro Mundial Matrimonial, y ENDOW, que alienta que las mujeres comprendan que es eso que San Juan Pablo II llamó el “genio femenino”.

Por lo tanto, exhorto a todos los que están trabajando en estas áreas de la catequesis, de la liturgia y de la formación pastoral, ¡a permanecer conectados e involucrados en sus parroquias! ¡Aquí es donde la misión de la Iglesia cobra vida realmente!

En mi opinión, el hecho de formar pequeñas comunidades de fe es algo crucial. También lo es el trabajar para garantizar la “continuidad” de nuestros programas de preparación sacramental.

Cuando casamos a una pareja o bautizamos a un niño, tenemos que ver eso como el comienzo de una relación. Necesitamos encontrar maneras de cultivar esa relación, de apoyar a ese niño y a esa pareja, de ayudarles a crecer en su amor a Jesús y en su compromiso de vivir el Evangelio en sus familias.

La “novedad” radical de la familia cristiana

Éste es el esquema de la “estrategia pastoral” que recomiendo; esto es lo que estamos tratando de hacer en Los Ángeles.

Ahora, quiero abordar dos ideas que creo que son importantes para nuestra evangelización de la familia.

En primer lugar, creo que tenemos que redescubrir la radical “novedad” del mensaje cristiano sobre la familia.

Cuando San Pablo dijo: “Esposos, amen a sus esposas, como Cristo amó a la Iglesia y dio la vida por ella”, estaba anunciando una revolución en el pensamiento y en la sociedad humanos.

Antes del cristianismo, nadie había hablado nunca acerca del matrimonio en términos de un amor que dura toda la vida, ni tampoco como un llamado de Dios, ni como un camino que puede conducir a la santidad y a la salvación.

Fue una idea nueva y emocionante el hablar de que el hombre y la mujer se convierten en “una sola carne” y participan del propio acto de Dios al crear una nueva vida.

Los primeros cristianos evangelizaban mediante su forma de vivir. Y la manera en la que vivían era estando en este mundo, pero no siendo de él. Ellos vivían la misma vida que sus vecinos, pero de una manera diferente.

Ellos asumían el matrimonio como una relación de amistad y devoción mutua para toda la vida y lo consideraban como un sacramento, como un signo misterioso del amor de Dios hacia su pueblo.

Rechazaban el control de la natalidad y el aborto y acogían a los hijos con alegría, como un don de Dios, tratándolos como a personas preciosas que tenían que ser amadas, cuidadas y criadas según las enseñanzas del Señor.

Las primeras familias cristianas cambiaron el mundo simplemente viviendo las enseñanzas de Jesús y de su Iglesia. Y nosotros podemos cambiar nuevamente el mundo siguiendo el mismo camino, amigos míos.

Estaba yo leyendo esta semana la hermosa carta que el Padre de la Iglesia, Tertuliano, le escribió a su esposa a principios del siglo III. Vale la pena que la escuchemos:

Qué hermoso es… el matrimonio de dos cristianos, que comparten una misma esperanza, un mismo deseo, una misma forma de vida. Son verdaderamente dos en una misma carne; y donde la carne es una, el espíritu es uno también. Oran juntos, dan culto a Dios juntos, ayunan juntos, se enseñan el uno al otro, se alientan el uno al otro, se fortalecen mutuamente. Visitan juntos a Dios en la iglesia y juntos participan del banquete de Dios. Comparten por igual las dificultades, las persecuciones, las consolaciones. No tienen secretos el uno para el otro…; jamás son causa de tristeza el uno para el otro… Visitan juntos a los enfermos y ayudan a los necesitados. Cristo se regocija al ver y escuchar a una familia así.”

Amigos míos, ésta es la clase de amor que hemos buscar tener en nuestros hogares. Y éste es el tipo de amor que hemos de compartir con nuestro prójimo.

Recuperar la historia cristiana

Mi segundo punto es que necesitamos recuperar la narrativa cristiana, la visión cristiana de la vida y de la felicidad humanas.

Hemos permitido que nuestra civilización tecnológica y nuestra economía consumista moldeen nuestras prioridades e ideas acerca de lo que es real y verdadero, y acerca de lo que le da sentido a la vida.

Pero como cristianos, somos los guardianes de la verdad real sobre la vida y el destino humanos, sobre esa asombrosa realidad de que todos fuimos creados por un Dios que nos ama como padre y que nos llama a vivir como una única familia.

Pienso en aquellas hermosas palabras de Juan Pablo II, que pronunció al comienzo de su pontificado: “Nuestro Dios, en su misterio más profundo, no es una soledad, sino una familia, ya que tiene en sí mismo la paternidad, la filiación y la esencia de la familia, que es el amor”.

Tenemos que comunicarle esta buena noticia a nuestro prójimo: que este Dios de amor, que creó las galaxias, los océanos y las montañas en el principio de los tiempos, todavía está actuando hoy, todavía sigue creando.

Todo lo que existe, proviene del pensamiento de su amor. Eso es lo que significa la vida de ustedes y la mía, y eso es lo que significa la vida del niño que está naciendo en algún lugar en este instante.

Y Dios pretende que su plan para la creación, para la historia, se desarrolle a través de la familia humana.

Éste es el motivo por el cual la Biblia empieza con una boda, con el matrimonio de Adán y Eva en el jardín del Edén. Y ésa es la razón por la que las últimas páginas de la Biblia nuevamente nos presentan una boda, la cena de bodas de Jesucristo con su Esposa, con su Iglesia, al final de los tiempos.

Desde el principio, Dios está creando —a partir de todos los pueblos de la tierra— una sola familia, la familia de Dios: su Iglesia.

Así que no es una casualidad que Jesús haya venido a este mundo, naciendo del seno de una madre y que haya sido criado en una familia humana. Y no es coincidencia que haya realizado su primer milagro público en una boda.

Amigos míos, ésta es la historia que se nos ha confiado. Y ésta es la razón por la cual, lo que ustedes hacen en sus propios hogares y lo que están haciendo en sus ministerios para apoyar a los matrimonios y a las familias, es tan importante.

Dios nos está invitando a todos a participar en el misterio de su propia obra creadora y en su propio plan para la redención del mundo.

Estamos llamados a ayudar a cada pareja casada a realizar esta vocación: a vivir su amor para siempre en una entrega mutua y completa de sí mismos; a renovar la faz de la tierra mediante los hijos, que son los frutos de su amor y del amor precioso de nuestro Creador.

Nosotros somos la respuesta a los desafíos de nuestros tiempos

Permítanme tratar de resumir mis pensamientos y de ofrecerles unas cuantas conclusiones.

Esta noche empecé hablándoles de una película en la cual un joven llamado Michael argumentaba apasionadamente que el hecho de traer a un niño a este mundo es algo equivocado. Y como les dije antes, creo que la Iglesia —y eso implica, todos nosotros— necesita hablarles a todos los “Michaels” de nuestra sociedad actual.

Una sociedad en la cual ya no nacen niños es una sociedad en la que las personas ya no entienden lo que hace que la vida valga la pena de ser vivida, o lo que le da sentido a la vida.

Amigos míos, ustedes y sus familias y los ministerios que promovemos en nuestras parroquias y en nuestras diócesis, somos, todos, la respuesta a este desafío.

No se trata sólo de dar a luz a los niños. Se trata de desarrollar la esperanza. Se trata de vivir con confianza en la Providencia de Dios, de saber que Él nos ama y nunca nos abandonará, sin importar qué es lo que pueda suceder en este mundo.

La señal de Dios para el mundo fue un niño, su Hijo unigénito. “Y esto será una señal para ustedes: encontrarán a un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”.

Todo niño que nace es también un signo del amor de Dios, un misterio, un don, un milagro. En cada niño, incluso en los que aún están en el seno materno, vislumbramos el misterio de Cristo Niño, en quien llegamos a conocer a Dios.

Entonces, mi primera conclusión es algo personal, es una oración por ustedes.

Y lo que le pido a Dios es esto: Que, si están casados, amen a su cónyuge con un gran afecto y críen bien a sus hijos. Que trabajen por ellos, que se sacrifiquen por ellos, que les enseñen a hablar con Dios y a escuchar su llamado para sus vidas. No hemos de tener miedo de llamar a nuestros jóvenes a la grandeza, a ser santos.

Y si ustedes están desempeñando un ministerio con las familias, le pido a Dios que ustedes les enseñen el “pequeño camino” de la Sagrada Familia.

Jesús vivió una “vida oculta” durante 30 años en su hogar de Nazaret.

Él hizo esto para enseñarnos que las pequeñas cosas insignificantes que los padres hacen todos los días —ganarse la vida, preparar las comidas y hacer las tareas domésticas, llevar a los niños a la iglesia y a la confesión, orar a la hora de acostarse— son todas esenciales para la misión de la Iglesia. Todas ellas forman parte del plan amoroso de Dios para la redención del mundo.

Los primeros cristianos hablaban de la familia como de la “Iglesia doméstica”. Y ésta es la manera en que hemos de pensar sobre nuestras propias familias y sobre la misión de la familia en nuestra cultura de hoy.

Mis queridos hermanos y hermanas, hoy empecé con la historia ficticia de una pareja casada, Mary y Michael. Permítanme terminar con la historia de un matrimonio verdadero, los Siervos de Dios Eugenio Balmori Martínez y Marina Francisca Cinta Sarrelangue.

Ellos se casaron en Veracruz, México, en 1937. Marina y Eugenio trabajaron duro y se sacrificaron para darle a sus cinco hijos una educación católica. Sufrieron las dificultades por las que pasan muchas parejas: estrés por los hijos, desempleo, largos períodos de separación debido al trabajo de Eugenio…

Luego, Eugenio murió repentinamente en un accidente automovilístico, a la edad de 46 años y durante los siguientes 40 años, Marina vivió como viuda y madre soltera, trabajando duro para ganarse la vida, y siguió sirviendo a sus hijos y a la Iglesia.

Quiero terminar con unas palabras de Marina. En la víspera de su boda, ella le escribió a Eugenio: “Nuestro hogar será una capilla de amor, en la que no reine ningún otro ideal más que el de darle gracias a Dios y el de amarnos mucho”.

Queridos hermanos y hermanas, estas palabras son la promesa de Dios, su respuesta a los desafíos de la cultura en la que vivimos.

La respuesta es ésta: No nos toca a nosotros decretar o decidir sobre la vida. La vida es un hermoso don; el hijo recibido por un esposo y una esposa es tan hermoso y precioso como todo lo que encontramos en la naturaleza.

Y estamos llamados a dar testimonio de este Dios, que es nuestro Creador y nuestro Padre, por medio del amor de nuestro hogar, de los sacrificios que hacemos y del amor que conservamos en nuestro corazón y que le transmitimos a nuestros hijos. De este Dios, que sostiene todo en este mundo —y a cada uno de nosotros— en sus amorosas manos.

Éste es el plan de nuestro Padre para la familia de ustedes y para toda familia. Y ésta es la misión de su Iglesia.

*La columna de opinión de Mons. José Gomez está disponible para ser utilizada gratuitamente en versión electrónica, impresa o verbal. Sólo es necesario citar la autoría (Mons. José Gomez) y el distribuidor (ACI Prensa)