Nuestra fe cristiana es una fe llena de alegría.

Lo que todas las narraciones evangélicas de la Resurrección transmiten es alegría.

“Se marcharon enseguida del sepulcro con miedo y gran alegría, y corrieron a decírselo a sus discípulos”.

“Los discípulos se alegraron cuando vieron al Señor”.

Una de mis escenas favoritas de Pascua está tomada del Evangelio según San Lucas. Jesús se aparece de pronto a sus discípulos en Jerusalén. Y Lucas nos cuenta que “todavía no acababan de creer de pura alegría y no salían de su asombro”.

En otras palabras: los discípulos vieron a Jesús y estaban tan contentos que no podían creer lo que estaban viendo.

La Pascua nos debe hacer sentir así también.

Lo que Jesús prometió a sus discípulos, una y otra vez, es alegría. “Les he hablado todas estas cosas, para que mi alegría permanezca en ustedes y para que sea colmada”.

En una de sus parábolas, comparó su Reino a un hombre que encuentra un tesoro escondido en un campo. El descubrimiento llena al hombre de tanta alegría que éste sale a vender todo lo que posee para poder comprar el campo.

Así también debería ser con nosotros. Saber que Cristo está vivo debería llenarnos de gozo. Saber que ha vencido a la muerte debería inspirarnos a imitarle, a vivir la vida que Él vive. Nos debería provocar a salir corriendo para contarles a todos acerca de él.

Nuestra alegría cristiana no es un sentimiento de satisfacción ordinario. No se trata de “sentirnos bien”. Nuestro gozo es una emoción espiritual profunda. Es la paz que resulta de vivir como testigos de la Resurrección.

Por eso nos alegramos en su Resurrección durante este hermoso tiempo. Damos gracias a Dios por su tierna misericordia con nosotros. Y deberíamos comprometernos una vez más a servir a Jesús con alegría y gozo.

Cada día tenemos que levantarnos y recordar: ¡Somos hijos de Dios! Amados por nuestro Padre. Se nos ha dado una gloriosa herencia en Jesucristo –la promesa de vida eterna.

Jesús nos ha encomendado a cada uno de nosotros la tarea de cooperar con Dios llevando a cabo su gran misión salvadora. ¡La misión de hacer presente en nuestro mundo a Cristo resucitado! ¿Qué mayor felicidad y propósito podríamos desear para nuestras vidas?

Así, pues, debemos vivir gozosos –contentos y optimistas de todo lo que hagamos. Los demás deberían poder ver a Jesús en nosotros. Los cristianos siempre deberíamos hacer presente a Jesús.

No hay lugar en nuestra religión para perdición y condena, tristeza y pesimismo. No podemos negar a Jesús con nuestras actitudes o con nuestro humor.

Muchas veces es difícil mirar más allá del sufrimiento y de los problemas en nuestra vida. Es difícil tener paciencia cuando vemos tanta injusticia en nuestro mundo. La alegría cristiana no es nunca un pretexto para ignorar el dolor y la injusticia. Pero sí nos da una nueva perspectiva.

Es bueno recordar que los Apóstoles pudieron estar alegres, incluso en medio de sus peores pruebas y tribulaciones. Este un tema constante en las vidas de los Santos y Mártires.

Los Santos pueden alegrarse porque saben que Jesús está con nosotros, como amigo y compañero, en medio de nuestras pruebas y dificultades. Cuando compartimos Su cruz y sufrimientos con amor, podemos compartir su Resurrección. Cuando morimos con Él, también resucitamos con Él.

Como cristianos, si estamos enojados o con una actitud pesimista, es señal de que tenemos que luchar más interiormente contra nuestro orgullo, nuestro ego, nuestro egoísmo. Será siempre una batalla, pero la tenemos que mantener viva. Y cuando fracasamos, tenemos que mostrar contrición y empezar de nuevo.

Necesitamos esforzarnos constantemente para estar más cerca de Jesús. Tenemos esta hermosa posibilidad gracias a su Resurrección. Podemos estar más cerca de Jesús que del aire que respiramos. Podemos experimentar su amor latiendo en nuestros corazones. Podemos sentir como San Pablo, que dijo: “Ya no vivo yo sino que es Cristo quien vive en mí”.

El mejor modo de mantenernos cerca de Jesús es dedicarle cada nuevo día. Intenten poner a un lado sus propios intereses, y busquen en verdad cumplir su voluntad en todo lo que hagan, en su trabajo, vida familiar, comunidades. Queremos vivir como lo hizo Jesús, amando a Dios y viviendo para los demás.

Santo Tomás de Aquino dijo en uno de sus comentarios bíblicos: “Toda persona que quiere progresar en su vida espiritual necesita tener alegría”.

Hagamos que sea esta nuestra oración durante este tiempo de Pascua. Pidamos por la gracia de crecer en alegría cristiana. Pienso que veremos, como los Apóstoles vieron en aquella primera Pascua, que nuestra alegría será contagiosa.

Y pidámosle a María, nuestra Santa Madre, Causa de Nuestra Alegría, que nos ayude a crecer en la alegría por su Hijo Resucitado.

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