El Padre de la Iglesia, Orígenes, dijo que cuando estamos cerca de Jesús, estamos “cerca del fuego”. Esta expresión viene a mi mente en estos días antes de Pentecostés.

En Pentecostés, Jesús envió su Espíritu sobre María y los apóstoles en lenguas de fuego, que se posaron sobre la cabeza de cada uno de ellos.

El fuego del Espíritu Santo revela la cercanía de Jesús. Él ha ascendido a lo más alto de los cielos, pero nosotros no tenemos que ir ahí para encontrarlo. Pentecostés nos recuerda que Él siempre está cerca de nosotros –morando en nuestros corazones y en nuestra Iglesia- a través del don de su Espíritu.

En Pentecostés, la Iglesia nació como la familia de Dios.

Ese día en Jerusalén había hombres y mujeres “de cada nación bajo el cielo.” El Espíritu inflamó a los apóstoles para anunciar con audacia las poderosas obras de Dios. Ellos estaban maravillados de encontrar que podían hablar en todas las diferentes lenguas del mundo.

Cuando la gente escuchó “a cada uno en su propia lengua,” querían compartir en el amor del Padre. Ellos fueron bautizados con el Espíritu Santo y su fuego. Así fueron hechos hijos e hijas de Dios.

Pentecostés es un día en la historia. Pero nos muestra nuestro destino humano completo. Pentecostés revela que la Iglesia Católica fue lo que Dios siempre quiso que fuera desde la creación del mundo.

Por esto nuestra Iglesia local aquí en Los Ángeles, tiene tan importante vocación. Porque hoy no hay ningún lugar en la tierra donde podamos ver mejor lo que Dios espera lograr en nuestro mundo.

Los Ángeles, en toda nuestra gloriosa diversidad, es el microcosmos. Nosotros somos verdaderamente una familia de Dios, en la que se reúnen todas las razas, naciones, pueblos y lenguas. Hermanos y hermanas en Jesús, unidos en acción de gracias a Dios nuestro Padre.

¡Todavía no se puede decir que nuestra familia es perfecta! San Pablo acostumbraba decir que somos vasijas de barro para llevar grandes tesoros. Todos sabemos la realidad de nuestro “barro” humano. Cobardía, debilidad, egoísmo y pecado: Esas cosas todavía dividen nuestros corazones. Todavía nos separan de Dios y nos mantienen lejos unos de otros.

Pero nosotros nunca podemos permitirnos quedarnos atascados en una mentalidad que ve nuestra Iglesia, -o nuestras propias vidas- solamente en términos humanos. Nosotros necesitamos recordar que nuestra Iglesia tiene un origen y un propósito divino. Y nosotros lo tenemos también.

Lo que es importante no es nuestra debilidad. Dios siempre da sus gracias para hacernos crecer fuertes en el amor, si se lo permitimos. Lo que importa más es el trabajo que Dios quiere realizar en nosotros y a través de nosotros. Lo que importa es cómo respondemos a sus movimientos y acciones en nuestras vidas.

Jesús dijo, “¡He venido a arrojar un fuego sobre la tierra, y cuánto desearía que ya hubiera prendido!” Cada uno de nosotros es parte de ese fuego de amor que Jesús quiere prender en nuestro mundo.

Por nuestro Bautismo y Confirmación, cada uno de nosotros recibe una porción de este “fuego”, la flama viva de su Santo Espíritu. Cada uno de nosotros tiene una vocación personal: una parte para jugar en la misión de Pentecostés de su Iglesia.

Estamos llamados, cada uno en nuestro propio camino, a quemar algo de la envidia y la estrechez que no dejan que los hombres vivan como hermanos y hermanas. Estamos llamados a iluminar la oscuridad, de modo que ellos puedan encontrar a Jesús y seguir su senda hacia el Padre.

El mundo ha cambiado desde ese primer Pentecostés, pero el corazón humano todavía es el mismo.

La gente todavía quiere saber para qué es la vida. Ellos quieren amar y ser amados. Ellos quieren saber que su vida tiene sentido. Ellos quieren saber que son perdonados.

Como Iglesia y como discípulos, necesitamos estar buscando siempre nuevas maneras de hablar los “lenguajes” del corazón humano. Necesitamos dejar que su Espíritu ilumine los ojos de nuestros propios corazones. De modo que podamos ver a la gente como Jesús la ve. Con la calidez de la amistad y el amor.

Este es el trabajo de toda la vida. ¡Pero para esto son nuestras vidas! Y esta es una hermosa manera de vivir. Cerca del fuego de Jesús. Compartiendo la flama viva de su amor con otros.

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