Se ha dicho que el mundo mide el tiempo en horas y en minutos en tanto que la Iglesia piensa en términos de siglos.

Es verdad. Pero hay otra cosa importante en la manera cómo los católicos miramos el mundo: los católicos comprenden también que en este mundo hay más de lo que se percibe a simple vista.

Nuestro Dios es el Dios de “todo lo visible y lo invisible”, como decimos en nuestra confesión de fe. Hay un mundo que no se ve, un mundo del Espíritu que se mueve por debajo de las noticias, de los eventos y de las apariencias de la vida cotidiana.

Y aunque no podemos verlo, Dios está hablando y actuando. Y los ángeles nos ayudan, y los santos pueden escuchar nuestras oraciones e interceder por nosotros.

Y aunque no podemos verlo, Dios sigue estando en control: su Espíritu se está moviendo y actuando a través de las humildes obras de hombres y mujeres comunes y corrientes.

Necesitamos seguir teniendo esto en cuenta en estos inquietantes días que estamos viviendo.

Cuando leo los periódicos estadounidenses y veo los programas de noticias de estos días, parece que lo que está pasando en Washington, DC, es lo único que importa en todo el mundo. Y se nos está diciendo que todo lo que ahí sucede está en crisis.

Es difícil saber lo que realmente está pasando, porque gran parte de nuestras “noticias” de estos días están mezcladas con rumores y especulaciones que están siendo manejadas por las agendas políticas.

Pero, en el “tiempo de la Iglesia”, estos no son sólo los meses iniciales de una nueva administración presidencial en Washington, D.C.

En el tiempo de la Iglesia, esta es la semana en la que estamos recordando el día en que nuestro Señor ascendió al cielo. Y esta semana damos también inicio a 10 días de intensa oración y devoción al Espíritu Santo, para prepararnos a celebrar Pentecostés, es decir el día en que Dios derramó su Espíritu Santo en el mundo.

El Espíritu Santo es el verdadero agente de la historia; nunca debemos olvidar eso. Esta es una de las lecciones que la Iglesia nos enseña durante estos días de Pascua, cuando leemos los Hechos de los Apóstoles en nuestra liturgia.

El escuchar estas historias de los primeros cristianos nos recuerda que la misión de la Iglesia no es sólo un “trabajo” para el clero y los profesionales de la Iglesia. Dios nos llama a todos a la santidad y a ser discípulos misioneros.

El conocer a Jesús le da a nuestras vidas una nueva esperanza: la alegría de vivir a la luz del amor y de la misericordia de Dios. Pero esta nueva vida conlleva una nueva identidad y una nueva responsabilidad.

Ser cristiano significa algo más que aceptar a Jesucristo. Tenemos que proclamarlo también. Jesús nos llama a seguirlo, es decir, nos llama a la acción, a una decisión que implica un modo de vida.

Seguir a Jesús significa compartir su misión de difundir el amor y la misericordia de Dios. Significa llevarles a otros esa belleza que es el encuentro con Jesús.

En nuestros tiempos y en nuestra sociedad tenemos el mismo deber que los primeros cristianos tuvieron durante el Imperio Romano.

Nuestra sociedad será renovada por la oración, no por la política. La verdadera renovación es siempre obra del Espíritu Santo. No es obra nuestra. Nunca lo es.

A leer los Hechos de los Apóstoles, nos damos cuenta de que con Dios todo es posible. Los primeros cristianos no hicieron nada con su propio poder. Lo que hicieron fue permitir que Dios los usara como instrumentos.

Los apóstoles no podían hacer nada sin la ayuda del Espíritu Santo. Y nosotros tampoco podemos.

Tenemos que estar más atentos para permitir que el Señor actúe dentro de nosotros. Necesitamos abrir nuestros corazones y permitir que el Espíritu Santo logre lo que Él quiere en nuestras vidas.

Y así como lo hicieron los primeros discípulos, necesitamos orar e intentar mantener una perspectiva sobrenatural, una perspectiva trascendente.

Jesús está involucrado en nuestras vidas y está trabajando de manera oculta en los eventos del mundo. Nuestro desafío es abrir nuestros ojos para verlo, abrir nuestros oídos para escuchar su voz y abrir nuestros corazones para vivir en su presencia y hacer su voluntad.

Uno de los santos dijo: “Todos los tiempos son tiempos peligrosos”. Eso es cierto.

Pero San Agustín nos recuerda que tenemos el hermoso deber de trabajar con el Espíritu Santo para moldear los tiempos en los que vivimos.

En uno de sus sermones, él dijo: “¡Malos tiempos! ¡Tiempos problemáticos! Esto es lo que la gente dice. Que nuestras vidas sean buenas, y los tiempos serán buenos. Somos nosotros quienes hacemos nuestros tiempos. Como nosotros seamos, serán los tiempos”.

Oren por mí esta semana, que yo estaré orando por ustedes.

Y pidámosle a Nuestra Madre María que nos ayude a hacer de estos días anteriores a Pentecostés un tiempo de profunda devoción y apertura al Espíritu Santo, para que mediante sus acciones en nuestras vidas podamos renovar el rostro de nuestra sociedad.

*La columna de opinión de Mons. José Gomez está disponible para ser utilizada gratuitamente en versión electrónica, impresa o verbal. Sólo es necesario citar la autoría (Mons. José Gomez) y el distribuidor (ACI Prensa)