Yo tengo una devoción especial por el heroico obispo, San Rafael Guízar y Valencia.

Él dijo una vez: “Un obispo puede estar sin la Mitra, el Pectoral y aún sin Catedral. Pero él no puede hacer nada sin el seminario, ya que el futuro de su diócesis depende de él”.

Yo cito a menudo estas palabras y siempre las he tomado seriamente en mi ministerio apostólico. Yo considero uno de mis primeros deberes como su arzobispo llamar y formar hombres para el sacerdocio.

Nosotros estamos bendecidos en Los Ángeles por tener programas vocacionales creativos y un buen seminario. Y cada año estamos ordenando excelentes nuevos sacerdotes.

Pero nuestra Iglesia continua creciendo aquí en el sur de California. Nosotros necesitamos más vocaciones. Necesitamos más trabajadores para la cosecha de amor y salvación de Nuestro Señor.

Las vocaciones son un don de Dios y el fruto del Espíritu Santo en nuestro Iglesia local. Todos nosotros en la Iglesia tenemos un deber de orar por nuestros sacerdotes y seminaristas y de orar por más vocaciones. Todos nosotros estamos llamados a crear una cultura de vocaciones, de modo que más hombres puedan escuchar la invitación de Dios para el sacerdocio.

Este verano yo he estado pensando y orando mucho sobre las vocaciones. En esta columna y la de la próxima semana, quisiera compartir algunas de mis reflexiones.

Yo he encontrado muchas ideas útiles en un documento publicado el mes pasado por la Congregación del Vaticano para la Educación Católica, “Directrices Pastorales para Promover Vocaciones al Ministerio Sacerdotal”.

Esas nuevas directrices nos recuerdan que promover vocaciones es el trabajo de toda la comunidad católica. Las vocaciones comienzan en la familia católica, el “seminario inicial”.

“La familia permanece como la principal comunidad para la transmisión de la fe cristiana” de acuerdo con las nuevas directrices. “Se puede ver en todas partes que muchas vocaciones sacerdotales nacen en familias donde el ejemplo de una vida cristiana y la práctica de las virtudes evangélicas hacen surgir el deseo de entregarse completamente a sí mismo”.

Para nosotros, eso significa que necesitamos fortalecer la identidad católica de nuestras familias. Como el Vaticano hace notar, en nuestra altamente secularizada cultura, aún los padres que son buenos católicos, están poco dispuestos a animar a sus hijos a considerar una vocación sacerdotal.

Las vocaciones nacen de una cultura católica. Si todos estuviéramos viviendo verdaderamente nuestra fe católica y siguiendo a Jesús, las vocaciones florecerían.

De manera que cada uno de nosotros necesita cultivar una relación personal con Jesús y una dedicación a su misión del evangelio. Todos nosotros necesitamos vivir nuestra fe con valor y alegría.

Los sacerdotes tienen un deber especial, como las nuevas directrices señalan: “Con frecuencia la cuestión de las vocaciones al sacerdocio nace en muchachos y hombres jóvenes como resultado del gozoso testimonio de los sacerdotes. El testimonio de sacerdotes unidos a Cristo, felices en su ministerio y unidos en fraternidad entre ellos mismos, tiene una fuerte atracción para los hombres jóvenes”.

Las directrices del Vaticano sugieren que nosotros llamemos a nuestros jóvenes –especialmente muchachos y hombres jóvenes- a disfrutar de la oración y la meditación en silencio. Necesitamos enseñarles a amar la Palabra de Dios y a participar en la Eucaristía reverente y alegremente.

También es importante ir regularmente al sacramento de la Reconciliación. Esto permite a los jóvenes crecer en su propia conciencia y en su relación con Dios. Nosotros también debemos ofrecer a nuestros jóvenes muchas oportunidades para reunirse y servir a sus vecinos en la caridad.

Debemos hacer prioridad en la Iglesia ofrecer a los “muchachos y a los hombres jóvenes una experiencia cristiana por medio de la cual ellos puedan conocer de primera mano la realidad de Dios mismo, en comunión con sus hermanos y en la misión del Evangelio”, aconseja el Vaticano.

“Sentirse parte de una familia de hijos e hijas que tienen el mismo Padre, que los ama inmensamente, ellos están llamados a vivir como hermanos y hermanas y a perseverar en unidad, poniéndose ellos mismos al servicio de la nueva evangelización para proclamar y llevar testimonio de la maravillosa verdad del salvífico amor de Dios”.

Esta semana, al orar unos por otros, vamos a consagrarnos de nuevo a nuestro hermoso deber de promover vocaciones sacerdotales. Vamos a comprometernos a orar cada día para que nuevos hombres escuchen el llamado sacerdotal de Dios. Tratemos de hacer sacrificios y de ofrecer devociones especiales por esta intención, tales como horas santas regulares por las vocaciones.

Y pidamos a la Virgen María, Madre de los Sacerdotes, que nos ayude a todos a estar abiertos al plan de Dios para nuestras vidas y las vidas de los que queremos –especialmente nuestros niños. Pidámosle a ella que nos ayude a responder al llamado de Dios como ella lo hizo- con el “si” de toda nuestra vida.

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