La semana pasada tuve la bendición de estar en Roma para la solemnidad de San Pedro y San Pablo. Cada año en esta fiesta, nuestro Santo Padre el Papa Benedicto XVI otorga el palio a nuevos Arzobispos de todo el mundo.

Entre los nuevos 44 Arzobispos que recibieron el palio estaban cuatro de mis hermanos y amigos de Estados Unidos: el Arzobispo Charles J. Chaput de Filadelfia, el Arzobispo Samuel J. Aquila de Denver, el Arzobispo William E. Lori de Baltimore y el Arzobispo bizantino William C. Skurla de Pittsburg.

Fue un día feliz y una hermosa celebración. Yo oré especialmente por todos ustedes, dando gracias a Dios por este privilegio de ser su Arzobispo. Este fue un tiempo muy emocionante para mí, cuando recuerdo mis propios sentimientos hace justamente un año, cuando yo estaba entre los que se hincaron frente al Santo Padre para recibir mi propio palio de sus manos.

En su Homilía para la Misa de este año, el Papa Benedicto ofreció una hermosa reflexión sobre los lazos fraternales entre Pedro y Pablo y el “misterio y ministerio” de la Iglesia. Él habló sobre los símbolos tradicionalmente relacionados con Pedro y Pablo: las llaves y la espada.

Las “llaves” de San Pedro son un signo de que Jesús le dio a su iglesia la autoridad de perdonar pecados y de abrir las puertas del cielo. Esas llaves son también un signo de que por el espíritu y la gracia de Dios, los Obispos de la Iglesia y el Papa pueden “atar y desatar” para hacer decisiones en la Tierra que son “válidas a los ojo de Dios”, como dijo nuestro Santo Padre.

San Pablo normalmente es representado con una espada. Este es un símbolo de cómo fue martirizado. Pero es más que eso. El Papa habló sobre como la espada simboliza la Palabra de Dios y la fidelidad de Pablo a la “misión de Evangelización” de la Iglesia.

La Iglesia es humana y divina, una realidad histórica y terrena. Pero ella es también “un edificio espiritual construido sobre Cristo como piedra angular”, como el Papa lo expuso.

Así, por el don de Dios de luz y fuerza, nuestras capacidades humanas y debilidades pueden ser “transformadas por medio de la apertura a la acción de Dios”. Y por la acción de Dios, nosotros que solamente somos humanos, hemos sido hechos capaces de cooperar con los designios y las gracias de Dios.

Nuestro Santo Padre dijo hermosamente: “La Iglesia no es una comunidad de perfectos, sino una comunidad de pecadores, obligados a reconocer su necesidad del amor de Dios; su necesidad de ser purificados por la Cruz de Jesucristo. Los dichos de Jesús sobre la autoridad de Pedro y los Apóstoles, hacen claro que el poder de Dios es amor, el amor que brilla desde el Calvario hacia adelante”.

Yo llevé a casa conmigo las hermosas reflexiones del Papa en Roma esta semana para la celebración del Cuatro de Julio. Siempre asocié el Día de la Independencia con el memorial del Bienaventurado Junípero Serra, el Apóstol de California, a quien celebramos el primero de julio.

La fe cristiana -traída aquí por misioneros como el bienaventurado Junípero- es la piedra angular de California y nuestra nación. ¡Ahora, más que nunca, necesitamos reclamar esa historia y esa herencia! Necesitamos recordar a nuestros hermanos ciudadanos -y a nosotros mismos- que los fundadores de los Estados Unidos deletrearon los ideales de esta nación en francos términos religiosos.

La Declaración de Independencia comienza con una declaración de fe bíblica. Que todos los hombres y mujeres son creados por Dios y dotados con “derechos inalienables”, derechos que no pueden ser negados ni quitados. El propósito completo del gobierno establecido por nuestros fundadores fue defender esos derechos dados por Dios.

La Declaración termina con lo que vienen a ser votos religiosos: “Con firme dependencia en la protección de la Divina Providencia, nosotros mutuamente prometemos a cada uno nuestras Vidas, nuestras Fortunas y nuestro Honor Sagrado”.

Nosotros no podemos permitirnos llegar a ser tan políticos o cínicos que ya no sintamos la verdad y el poder de esos ideales. No podemos tratar esos ideales como “piezas de museo”,  pertenecientes a un distante Estados Unidos de días que ya pasaron hace mucho tiempo.

Nuestro tiempo llama a una nueva fe y una nueva Evangelización. Nuestra misión como católicos y como ciudadanos es llevar adelante el trabajo de los fundadores de Estados Unidos y sus primeros evangelizadores.

Cada uno de nosotros es llamado en la Iglesia a seguir a Cristo, llevando las llaves y la espada. La espada de la Palabra de Dios y las llaves que abren las puertas del cielo.

En su Homilía el Papa Benedicto dijo que nuestro deber misionero requiere “de cada uno de nosotros…un constante compromiso a la conversión”.

Esta semana oremos unos por otros. Pidamos que todos abracemos nuestro llamado misionero a una continua conversión. Pongamos nuestra fe en práctica, proclamando el Evangelio de Cristo de esperanza y amor.

¡Que nuestra Santa Madre, la Reina de los Apóstoles, camine con nosotros en nuestro camino misionero!

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