Jesucristo nunca prometió que sería fácil seguirlo. De hecho, dijo justo lo contrario. Él habló de que el camino sería estrecho, de que Él nos estaba enviando como ovejas entre lobos.

Los primeros cristianos tomaron en serio esta enseñanza. “Es necesario que pasemos por muchas dificultades para entrar en el reino de Dios”, decían ellos.

Hasta ahora he hablado en mis columnas de Cuaresma acerca de las virtudes cardinales de la prudencia y la justicia.

Esta semana nos enfocaremos en la fortaleza, esa virtud moral que fortalece nuestras almas ante las dificultades y la oposición, para que podamos hacer frente a nuestros temores, superar nuestro cansancio y hacer los sacrificios que debemos realizar para cumplir con nuestros deberes cristianos.

Hace varios años escribí un libro llamado “Hombres de corazón valiente” (Our Sunday Visitor, 2009) que trata de la fortaleza en el sacerdocio. Estoy convencido de que esta es una virtud que todos debemos cultivar en un mundo que a menudo se opone a nuestros valores cristianos.

Jesús dijo que el mundo odiaría a los cristianos, así como lo odió a Él.

Millones de personas enfrentan hoy todavía ese odio que se expresa en violencia, persecución y martirio.

En nuestra sociedad secular, el odio es menos dramático, pero no menos real. Nuestro “martirio”, puede presentarse, frecuentemente, bajo la forma de las burlas o la marginación social y política. Los cristianos no pueden trabajar en ciertas profesiones o llevar a cabo ciertos ministerios sin ser intimidados o sin enfrentarse a conflictos morales a causa de sus creencias.

En nuestra vida diaria, tenemos necesidad de fortaleza para defender a Jesucristo y los valores de su Evangelio, para luchar por lo que es verdadero y bueno en la sociedad, para combatir la cultura que niega la santidad y la dignidad de la vida humana.

Tener fortaleza no significa no tener miedo.

Es natural tener miedo cuando se nos amenaza con lesiones o con maldad, o tener miedos “menores” como el miedo a ser avergonzados o humillados o a perder nuestro medio de vida o nuestra posición profesional por vivir el Evangelio.

La fortaleza no elimina estos temores, pero la fortaleza nos ayuda a no ser gobernados por el miedo, a no permitir que el miedo nos haga hacer algo equivocado y a impedir que evitemos hacer lo correcto.

A través de la fortaleza podemos resistir las tentaciones y vencer nuestros temores, y podemos tener el valor de buscar la voluntad de Dios antes que todo lo demás.

La fortaleza la ejercitamos mediante un acto de la voluntad. Podemos pensar que no tenemos la fuerza para ello. Y eso es absolutamente cierto; nosotros no la tenemos.

Practicar la fortaleza significa que tenemos necesidad de la humildad, de saber que nuestra fuerza reside en el Señor. Sin Él no podemos hacer nada. Pero a través de su gracia, Él nos dará la fuerza para todo.

Jesús es nuestro modelo en la virtud de la fortaleza como lo es en cualquier otra virtud. En su humanidad, Él sufrió un miedo agonizante en el Jardín de Getsemaní, pero se ofreció a sí mismo a Dios: “Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo la beba, hágase tu voluntad”.

Seguir el ejemplo de fortaleza de nuestro Señor significa que cuando nos enfrentamos a luchas y pruebas, debemos pedirle a Dios su gracia y debemos de optar por hacer el bien, a pesar de nuestros temores.

Para crecer en esta virtud, los maestros espirituales nos animan a reflexionar frecuentemente sobre la pasión de Jesús y sobre los dolores de la Santísima Virgen María. Esto nos da ejemplos concretos y es una fuente de inspiración para fortalecernos cuando buscamos mantenernos firmes y resueltos en la búsqueda de la voluntad de Dios.

Como sucede con todas las demás virtudes, la fortaleza crece con la práctica.

Si tenemos presente esto, todos los días encontraremos oportunidades para hacer pequeños actos de valor: defender a la Iglesia cuando escuchamos que es criticada o ridiculizada, rehusarnos a entrar en chismes, poner de manifiesto nuestra opinión cuando vemos algo que no es ético o correcto en nuestro lugar de trabajo o en nuestras comunidades.

Por supuesto, nuestros actos de fortaleza siempre deben ser guiados por la prudencia. Debemos mostrar nuestra valentía, haciéndolo siempre de manera caritativa y efectiva para acercar a las personas a Dios.

También crecemos en la fortaleza al practicar la negación de nosotros mismos y aprendiendo a aceptar las pequeñas irritaciones, inconvenientes y sufrimientos que experimentamos todos los días, desde los malestares y dolores, hasta las enfermedades e incomodidades, o el sentimiento de haber sido insultados o no apreciados.

Dios quiere purificarnos y fortalecernos a través de estas experiencias, por lo cual tenemos que pedir la gracia de recibir estas pequeñas pruebas sin quejas ni amargura.

Tenemos que pedirle a Dios todos los días que aumente nuestro valor y que nos ayude a ser valientes en su servicio, especialmente cuando las cosas son difíciles. Si lo hacemos, con el tiempo nos iremos dando cuenta de lo que los santos saben bien: que en nuestra debilidad, la gracia de Dios nos es suficiente y que podemos salir victoriosos a través de Jesús, que nos ama.

Oren por mí y yo oraré por ustedes.

Y pidámosle a nuestra Santísima Madre María que nos ayude a crecer en la virtud, ahora que seguimos avanzando por nuestro recorrido cuaresmal.

*La columna de opinión de Mons. José Gomez está disponible para ser utilizada gratuitamente en versión electrónica, impresa o verbal. Sólo es necesario citar la autoría (Mons. José Gomez) y el distribuidor (ACI Prensa)