Estamos entrando en la semana más sagrada del año cristiano.

Empezando con el Domingo de Pasión, iremos siguiendo los últimos pasos del camino de Nuestro Señor hacia la Cruz. Es un camino de dolor que sabemos que lo conduce hacia su muerte. Pero en este camino, todo dolor se convierte en alegría porque sabemos que dejará su tumba vacía el domingo de Pascua.

Jesucristo murió para que nosotros pudiéramos tener vida. Y en esta Semana Santa, todo se vuelve claro para nosotros: Por qué bajó Él del cielo, lo que nos quiso enseñar mientras estuvo en la tierra.

San Pablo nos dice: “Él se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”.

Escuchamos estas palabras cada Domingo de Pasión. Y el Viernes Santo siempre oímos estas palabras de la Carta a los Hebreos: “Aunque era el Hijo, aprendió a obedecer padeciendo y llegado a la perfección, se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que lo obedecen”.

Obediencia. En esa sola palabra, tenemos el patrón de la vida de Nuestro Señor. Y el patrón que Él propone también para nuestras vidas.

En los Evangelios, Jesús nos dice una y otra vez que no vino a hacer su voluntad sino la voluntad de su Padre. Incluso en su hora más sombría, la noche anterior a su muerte, oró para pedir la fuerza de ser obediente a la voluntad de Dios: “No se haga mi voluntad, sino la tuya”.

La palabra “obediencia” no es una buena palabra para nosotros los estadounidenses modernos.

Como que de alguna manera resentimos la idea de ser obedientes a la autoridad de alguien más. Eso implica una relación de servidumbre o de no ser libres, de no tener poder. Y nosotros siempre queremos estar a cargo, en control de las cosas.

Jesús dijo que el modo de ser del mundo es que aquellos que son poderosos “dominen” a los que no lo son. Pero para nosotros, las cosas deben ser diferentes, dijo. Nosotros llegamos a ser grandes, cuando somos servidores.

La fe en Jesús significa vivir de acuerdo a su Palabra y según su ejemplo. San Pablo le llamó a esto la “obediencia de la fe”.

La obediencia de la fe no es la obediencia de un esclavo. No está motivada por el miedo. No es sólo aceptar pasivamente que “las cosas son como son”.

La obediencia cristiana es un acto de verdadera libertad. Es la libre elección de entregar nuestra voluntad a Dios. Es una libre elección de seguir a Jesús. Es una obediencia que se da libremente por amor.

Servimos por nuestra propia elección, no porque nos veamos obligados a hacerlo. Con Dios todo es una invitación. Obedecemos porque queremos aceptar su plan para nuestras vidas; un plan de misericordia y de amor, un plan que conduce a la gloria.

Al seguir el camino que lleva desde el Domingo de Pasión hasta el Domingo de Pascua, descubrimos el misterio de la voluntad de Dios para nuestras vidas, las cosas más grandes para las que nacimos.

Por eso es que escribí mi carta pastoral, que publiqué el Miércoles de Ceniza, porque necesitamos conocer y regocijarnos en la voluntad de Dios para nuestras vidas.

La voluntad de Dios para nosotros es hermosa y sencilla. San Pablo dijo: “Porque esta es la voluntad de Dios: la santificación de ustedes”.

Siempre, tenemos que recordar que la santificación, la santidad no es algo “del otro mundo”. Jesús era el Santo de Dios y, sin embargo, vivió entre nosotros, trabajando con unas manos humanas, amando con un corazón humano, lloró con emoción humana por sus amigos, sufrió y murió.

Y todo esto, lo hizo por nosotros.

Nosotros no podíamos encontrar a Dios, a menos que Él viniera a nuestro encuentro. Y así, ha llegado a ser nuestro amigo, nuestro acompañante, nuestro compañero de viaje.

Jesús nos llama a seguirlo, a abandonar nuestros propios planes, nuestros propios deseos. No sabemos adónde nos llevará este acto de obediencia.

La fe es un viaje. A veces vamos caminando en la luz, con claridad y confiados, sabemos lo que Dios nos está pidiendo y nos sentimos contentos de hacerlo. Sin embargo, a veces, vamos caminando en las sombras. Puede parecer como si Dios estuviera lejos y en silencio. A veces parece que Él no quiere lo que nosotros queremos.

Pero él promete que todas las cosas concurren para el bien de los que lo aman. Sabemos que en la obediencia de la fe encontraremos la salvación.

Este es el motivo por el cual Jesús fue obediente incluso hasta aceptar la muerte, y una muerte de cruz. Él hizo esto para que pudiéramos tener una vida nueva y hermosa, para que pudiéramos encontrarnos con Dios en todo momento y para que pudiéramos ofrecernos a Él: “Heme aquí, Señor, para hacer tu voluntad”.

Así que al entrar en esta Semana Santa, oren por mí y yo oraré por ustedes.

Estoy orando para que esta Pascua sea un tiempo de alegría y de paz para ustedes y para sus familias.

Que nuestra Santísima Madre María nos guíe a todos para conocer la belleza de la Resurrección y que nos ayude a caminar siempre en la obediencia de la fe.

*La columna de opinión de Mons. José Gomez está disponible para ser utilizada gratuitamente en versión electrónica, impresa o verbal. Sólo es necesario citar la autoría (Mons. José Gomez) y el distribuidor (ACI Prensa)