La santidad es el centro de nuestra relación con Jesús y el corazón de nuestra misión como cristianos.

Sin embargo, la santidad es con frecuencia mal comprendida.

Todavía le oigo decir a la gente que la santidad es algo sólo para personas especiales, algo que está fuera de nuestro alcance, algo que sólo los santos pueden lograr.

¡Y esto no es cierto!

La santidad es el hermoso destino que Dios quiere que todos alcancemos.

Esta es una de las verdades que aprendemos de nuestra reflexión sobre el Sagrado Corazón de Jesús. El corazón de Jesús es la fuente de toda vida y santidad. Al celebrar esta semana esta gran fiesta, debemos reflexionar sobre el amor que Jesús nos tiene y sobre su hermoso plan para nuestras vidas.

Jesús nos llamó a cada uno de nosotros a ser perfectos como nuestro Padre celestial es perfecto. San Pablo nos dice: “Esta es la voluntad de Dios: la santificación de ustedes”. Esto es lo que el Concilio Vaticano II denominó el “llamado universal a la santidad”.

Pero seguimos siendo pecadores. Eso no cambia; es la realidad de la condición humana. Pero como Jesús es santo, el pecado y la debilidad no tienen la última palabra en nuestras vidas. Justamente porque Jesús es santo, los pecadores podemos llegar a ser santos.

El amor de Jesús, que Él nos da a través de los sacramentos de la Iglesia, nos purifica y nos une a su propia vida. Y su vida es santa y divina. Entonces, cuando participamos de la vida de Jesús, tenemos parte en su santidad y en su divinidad. Esto es lo que significa ser hijo de Dios.

No nacemos santos; Dios nos hace santos a través de su gracia y de nuestro deseo de corresponder a esa gracia.

Él cambia nuestro corazón, día a día, si optamos por caminar con Jesús, por su camino, que es el de la santidad.

En términos prácticos, la manera de crecer en santidad consiste en imitar a Jesús, en seguir sus pasos y en tratar de vivir en este mundo como Él lo hizo, con sus mismas actitudes y reacciones. Para cada uno de nosotros, llegar a ser santo es un proceso que consiste en tratar de parecernos más a Jesús cada día.

Como todos somos diferentes, la santidad será diferente para cada uno de nosotros. Pero todos buscamos la santidad de la misma manera: tratando en todo momento de cooperar con la voluntad de Dios y de dejarlo actuar a través de nuestras palabras y nuestras acciones. Buscamos la santidad tratando de servir a nuestros prójimos y de dar gloria a Dios en todo.

Nuestro Santo Padre, el Papa Francisco, ha dicho: “No tengas miedo de la santidad, no tengas miedo de apuntar a lo alto, de dejarse amar y purificar por Dios”.

La santidad es nuestra tarea, nuestra vocación. Es la vocación de cada uno de nosotros.

La santidad no es algo heroico o extraordinario; es algo ordinario. Consiste en ser alegre, en realizar nuestro trabajo diario, en llevar a cabo nuestras tareas cotidianas, sin importar cuán pequeñas sean, llenos de amor a Dios y atentos a las necesidades de los demás.

Lo principal de la santidad es el testimonio, la imitación de Jesucristo que nos lleva a emprender su camino, a seguir su sendero.

Ser hijo de Dios significa que Dios quiere que crezcamos y lleguemos a ser santos. Como bien sabemos, los santos no son sólo aquellos hombres y mujeres que la Iglesia reconoce y canoniza como tales. San Pablo nos dice que “todos los que son amados por Dios… están llamados a ser santos”.

Y Dios no nos llama a algo a lo que Él no nos ayude a alcanzar. El trabajo de la Iglesia es precisamente éste: mostrarnos el camino de Jesús y santificarnos, hacernos santos.

La Iglesia nos traza el camino de la santidad, especialmente a través del encuentro con Cristo en la Eucaristía y en la Confesión. Si se lo permitimos, Dios va a usar estos medios para cambiarnos, para transformarnos en personas que tengan un corazón lleno de misericordia, personas amables y humildes, mansas de corazón y pacientes.

Dios nos está llamando a todos a ser santos, santos de la vida ordinaria y misioneros de su amor, para que podamos dar testimonio de este amor en los acontecimientos y actividades ordinarias de nuestra vida cotidiana.

No estamos aquí sólo para buscar nuestra propia santidad. Dios quiere santificar a todo el mundo a través de su Iglesia, a través de las vidas de cada uno de sus hijos. Él quiere que hagamos la parte que nos corresponde en difundir su Reino de santidad y de justicia, de amor y de paz.

Entonces, esta semana, que ésa sea nuestra oración de unos por otros: que crezcamos en nuestro deseo de ser santos y de ayudar a otros a hacerse santos. Que la santidad sea nuestra esperanza. Hagamos un nuevo compromiso de seguir el camino de Jesús y de dejar que su amor actúe en nuestras vidas.

Y pidámosle a nuestra Santísima Madre María que nos ayude a crecer en la conciencia de que somos hijos de Dios, y que fuimos creados para la santidad.

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