Estados Unidos necesita renovación. Una renovación económica y política, pero también espiritual, moral y cultural. Todos lo sabemos, pero es difícil saber qué podemos hacer al respecto.

Esa es una de las razones por las que acabo de escribir un nuevo libro: Inmigración y el futuro de Estados Unidos de América(Our Sunday Visitor, $11.95). Es un libro sobre inmigración, pero también sobre el “alma” de Estados Unidos.

El libro es fruto de conversaciones con varias personas y de mis propias reflexiones sobre algunos de los signos en nuestra sociedad. Como muchos de nosotros, tengo la sensación de que estamos recorriendo caminos desconocidos. Podemos ver el “futuro de Estados Unidos” que se va asomando, y lo que vemos nos inquieta. Creo que hemos perdido el sentido del propósito de Estados Unidos y de lo que hace único a este país.

De manera que en este pequeño libro trato de “volver a las fuentes” de Estados Unidos. Trato de reflexionar sobre nuestra historia y principios fundacionales. Trato de pensar en la historia de Estados Unidos, y lo que esta nación está llamada a ser en el plan de Dios para la salvación de las naciones.

En su último libro, el Beato Juan Pablo II nos recordó: “La historia de todas las naciones está llamada a tomar su lugar en la historia de la salvación”.

Es fácil quedarnos atrapados en los muchos dramas de la política y de los acontecimientos actuales. Pero tenemos que recordar que Dios tiene un plan para la creación y para la historia.

Los fundadores de Estados Unidos entendían esto. Su Declaración de Independencia refleja esta manera de pensar.

La Declaración comienza con una especie de profesión de fe, diciendo que el “curso de los acontecimientos humanos” se desenvuelve dentro “de las leyes de la naturaleza y de la naturaleza de Dios”. Termina con una especie de oración, cuando los fundadores confían su revolución a “la protección de la Divina Providencia”.

En sus comienzos, Estados Unidos fue concebido como un proyecto espiritual.

Cientos de años antes de los Padres Fundadores, misioneros cristianos se instalaron en este país. Para ellos, esta tierra era “el fin del mundo” y el “nuevo mundo” que Jesucristo había prometido en el Evangelio. Su mayor deseo era compartir la salvación de Cristo con los pueblos que encontraron aquí.

Los fundadores de Estados Unidos tenían el mismo ideal pero en un idioma diferente. Ellos soñaban con un país donde hombres y mujeres de todas las razas, credos y nacionalidades pudieran vivir en igualdad, como hermanos y hermanas, hijos del mismo Dios. Al igual que los misioneros que los precedieron, creían que su ideal era el ideal de Dios para la familia humana.

Por eso nuestro debate nacional sobre la inmigración es tan importante. No es solamente un debate sobre la seguridad de las fronteras o sobre la reforma del sistema ineficiente que tenemos para determinar quién puede entrar a nuestro país. Es más que nada un debate sobre nuestra identidad como nación. Es un debate sobre el alma de los Estados Unidos.

Nuestra historia nos enseña que Estados Unidos es una nación de inmigrantes con un alma misionera. En la historia de las naciones, Estados Unidos es la única fundada sobre un “credo”, sobre la creencia de que cada persona tiene una dignidad y un destino divinos. Y justamente por esta creencia – y por el compromiso de cada generación a vivir de acuerdo a ella – Estados Unidos se ha convertido en el hogar de una hermosa diversidad de pueblos, venidos de todas partes de las Américas.

Esto es lo que se está decidiendo en nuestros debates políticos: nuestro compromiso con el sueño de Estados Unidos, tal como fue pensado en su fundación. ¿Todavía creemos en ese sueño?

Esta es una pregunta sobre la cual debemos reflexionar durante esta semana que viene, cuando recordaremos la fundación de nuestra nación, el 4 de julio de 1776. Esta semana también celebraremos la fundación de la primera de las misiones del Beato Junípero Serra en San Diego, el 1 de julio de 1769.

Este fin de semana iré a la Diócesis vecina de Monterey, a participar en una ceremonia de conmemoración del 300 aniversario del nacimiento del Padre Serra. Y también estoy ansioso por la importante exhibición sobre “Junípero Serra y el Legado de las Misiones de California” que se llevará a cabo en el Museo Huntington, a partir del 17 de agosto.

Tengo una gran devoción al Beato Junípero Serra. Creo que su legado es muy importante para entender y renovar el alma de Estados Unidos.

Sobre todo en este momento histórico, debemos recordar que Estados Unidos nació de la misión cristiana del Padre Serra y de muchos otros. Nuestro carácter e identidad nacionales están profundamente marcados por los valores del Evangelio que ellos trajeron a esta tierra.

Esta semana, recemos los unos por los otros y comprometámonos a trabajar juntos por la renovación de nuestra nación.

Pidamos a Nuestra Señora de los Ángeles que nos ayude a renovar nuestro país según sus promesas fundacionales sobre los derechos universales enraizados en Dios.

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