Lo que sigue es una adaptación de una charla que el Arzobispo José H. Gomez pronunció en la tercera Conferencia Anual del Instituto Napa, el 1 de agosto.

El Papa Francisco ha estado exhortando a la Iglesia a renovar su atención hacia las personas y su dignidad. En su homilía inaugural habló de la necesidad que tenemos de “proteger a la gente” y de mostrar un “interés amoroso por todas y cada una de las personas”.

Y desafortunadamente, esta necesidad es urgente a la luz de los desarrollos que se están dando en cultura. Tenemos que proteger a cada persona, especialmente a los niños, los ancianos y los necesitados. Pero más que eso, tenemos que proteger y defender la idea de la persona humana en nuestra sociedad.

Yo no creo que sea exagerado decir que en estos momentos nuestra cultura se enfrenta a una crisis de “antropología”.

Las recientes decisiones de la Corte Suprema sobre el matrimonio revelaron, una vez más, que nuestra sociedad está confundida acerca de mucho más que el verdadero significado del matrimonio, de la familia y de la sexualidad. Detrás de estas confusiones hay una confusión más básica. En nuestra sociedad ya no tenemos idea acerca de lo que es la “naturaleza humana” o de lo que significa ser una persona humana. Y esto tiene sus raíces en nuestra pérdida del sentido de Dios en nuestra sociedad.

Para empezar a hablar sobre algunos de estos temas, quiero recordar a la Sierva de Dios estadounidense Dorothy Day.

Mis hermanos obispos y yo estamos promoviendo su “causa” para que sea canonizada como una santa estadounidense. Y me pareció providencial que, a principios de este año, el Papa emérito Benedicto XVI haya elegido hablar de Dorothy Day en su última audiencia pública antes de retirarse como Papa. Es fascinante reflexionar en el hecho de que eligió a esta mujer laica de los Estados Unidos y del siglo XX como el último ejemplo de santidad que quiso proponer a nuestra Iglesia.

La historia de Dorothy Day es una de las grandes historias de conversión de los tiempos modernos. Su vida describe una especie de diario espiritual del siglo XX. Ella nació antes de los albores del siglo, en 1897, y murió en su crepúsculo, en 1980.

Y cuando nos fijamos en su vida ahora, vemos que el destino de Dorothy Day fue experimentar, en primera mano, algunas de las ideologías y movimientos más influyentes del siglo en que le tocó vivir: el feminismo, el comunismo y la revolución sexual. Lo que todos estos movimientos tienen en común es una comprensión distorsionada de la naturaleza de la persona humana.

Si la Iglesia finalmente determina que ella fue santa, Dorothy Day será la única santa que, antes de su conversión, haya escrito acerca de su propio aborto. Pero su búsqueda de la verdad dejó a Dorothy abierta a la gracia de Dios y al don de la fe. Ella se arrepintió, confesó sus pecados y fue bautizada.

Luego de eso, llevó una vida transfigurada, a imagen de Jesucristo. Se volvió el testigo más radical del amor de Cristo por los pobres, y de su llamado a que seamos instrumentos de su paz y justicia. Ella criticó, como un profeta, la deficiencia de los Estados Unidos a vivir a la altura de sus ideales.

Cierta noche, Dorothy Day estaba en Arkansas, dando un discurso sobre los derechos de los trabajadores agrícolas y de los afroamericanos.

Pero cuando terminó de pronunciarlo, regresó a su habitación y se sintió completamente abrumada. Sintió la terrible sensación de que lo que estaba haciendo con su vida y su ministerio realmente no importaba. Que nunca vería resultados. Se estaba sintiendo desesperada y empezó a orar. Y esto es lo que pasó. Éstas son sus palabras:

“Y de repente, el más maravilloso sentido de la gloria de ser hija de Dios se apoderó de mí. Un sentido tan gozoso de mi propia importancia que he reflexionado sobre él desde entonces. Me gustaría rezar para que [ustedes] lo tengan, y crezcan en él. Este sentido de [nuestra] importancia como… hijos de Dios, divinizados por su venida. Todas las cosas son posibles para nosotros. Podemos hacer todas las cosas en aquél que nos fortalece.”

Estas hermosas palabras nos brindan la ocasión para empezar a pensar acerca de los fundamentos de la “antropología” cristiana, es decir, de nuestra visión de la persona humana.

Como católicos, creemos que cada hombre y cada mujer es creado por Dios. Es formado a imagen de Dios. Somos creados para llegar a ser sus hijos e hijas divinos, sus hijos en Jesucristo. En nuestra tradición, la vida humana tiene una configuración dada por Dios, hemos sido creados como una unidad de cuerpo y alma, y lo que somos está crucialmente relacionado con nuestra sexualidad, con el hecho de que seamos hombres o mujeres.

Lo que está pasando en nuestra cultura actual es el casi total rechazo de este concepto de la persona humana. Podemos ver esto de manera muy obvia en los debates acerca de las relaciones homosexuales y el matrimonio, y en las controversias sobre la “transgeneración”.

Lo que está pasando es que estamos viviendo en una cultura de un individualismo extremo. Y la gente cree que tiene la capacidad de “crearse” y “recrearse” a sí misma, a través de la ciencia y la psicología, especialmente en las áreas de su sexualidad.

Ellos no ven sus vidas como un don de Dios, sino como una especie de “materia prima” que pueden modificar y remodelar de acuerdo a sus propios deseos y a su propio sentido de significado y propósito.

En palabras de los filósofos, las personas actualmente creen ser “sujetos autónomos que se constituyen a sí mismos, al margen de cualquier relación con Dios”.

Desde mi punto de vista, la raíz del problema es nuestro creciente olvido de Dios. Como todos sabemos, la sociedad estadounidense —al igual que las otras sociedades de Occidente— se está volviendo altamente secularizada.

El recuerdo de Dios ya ha desaparecido para muchas personas. Las nuevas generaciones están creciendo sin ninguna religión. Nos estamos convirtiendo rápidamente en una sociedad de “ateos prácticos”. Cuando nos olvidamos de nuestro Creador, nos olvidamos de lo que significa la creación. Perdemos el sentido de nuestro propio significado como criaturas suyas. Eso es lo que está pasando en nuestra sociedad. Si Dios no es nuestro Padre, entonces nosotros no somos hermanos y hermanas y no somos responsables unos de otros.

Pero la pérdida de Dios tiene implicaciones aún más personales para nuestro sentido del “significado de la vida”. Cuando perdemos nuestro sentido de Dios, perdemos el “hilo” que sostiene nuestras vidas. Perdemos las respuestas a las preguntas que nos ayudan a entender el mundo: ¿Qué clase de persona debería ser? ¿Por qué debo ser bueno? ¿En qué debo creer? ¿Para qué debería estar viviendo y por qué?

Muchas de las élites en nuestra cultura de hoy nos dirían que no hay verdaderas respuestas a estas preguntas, sino sólo diferentes opiniones, creencias y preferencias.

Pero sabemos que no eso no es cierto. Sabemos que las personas necesitan esas respuestas. Sin esas respuestas dejamos de saber lo que hace que un humano sea humano.

En su primera encíclica, Lumen Fidei, el Papa Francisco escribe sobre esto con un lenguaje casi poético. Dice:

“Perdida la orientación fundamental que da unidad a su existencia, el hombre se disgrega en la multiplicidad de sus deseos…, se desintegra en los múltiples instantes de su historia… en ir sin meta alguna de un señor a otro… una multitud de senderos, que no llevan a ninguna parte, y forman más bien un laberinto.”

Estamos precisamente en este punto en nuestra cultura. Hemos “desintegrado” la idea de la persona humana y la hemos reducido a lo que queremos que sea. Y esta situación cultural sugiere una misión para la Iglesia y para cada uno de los cristianos.

Me estoy dando cuenta de que la nueva evangelización debe incluir una nueva presentación de la antropología cristiana, una nueva proclamación de nuestra hermosa visión católica sobre la persona humana.

Dios nos ha confiado en la Iglesia la hermosa verdad de que la persona humana es sagrada. De que cada hombre y mujer es creado a imagen y semejanza de Dios.

Hay una hermosa afirmación de uno de los Padres de la Iglesia, San Ireneo: “La gloria de Dios es el hombre vivo; más aun, la vida del hombre es la visión de Dios”. Esta creencia está muy arraigada tanto en el judaísmo como en el cristianismo. Hay un hermoso Midrash que dice: “Una procesión de ángeles va delante de un ser humano, a donde quiera que va, proclamando: ¡Abran paso a la imagen de Dios!”

Los hombres y mujeres de nuestro tiempo necesitan escuchar esta buena nueva. Necesitan saber que son la gloria de Dios, creados y destinados para la visión de Dios. Necesitan saber que son la imagen de Dios y que todos aquellos con quienes se encuentran también son imagen de Dios.

Como cristianos, tenemos la responsabilidad de decirle a nuestros prójimos que sus vidas no son triviales. Que los seres humanos no son sólo productos del azar, productos contingentes de la evolución, que van por la vida sin motivo o razón.

Nuestra tarea en este momento es recuperar este sentido de la imagen sagrada de la persona humana. Necesitamos llevar esta verdad a nuestros hogares, vecindarios e iglesias.

Tenemos que proclamar a nuestra sociedad lo que tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento afirman: que cada persona humana proviene del pensamiento amoroso de Dios. Que todos estamos hechos para la santidad. Que estamos hechos para vivir como imagen de Dios en el mundo.

Entonces, tenemos que ayudar a nuestros prójimos a que vean que todas nuestras vidas no son nuestro proyecto, sino el proyecto de Dios. Somos las obras de arte de Dios. Cada uno de nosotros lo somos. Por medio de su gracia y de su ley, Dios quiere que cada uno de nosotros sea, de día en día, más como él.

En nuestra tradición cristiana, nuestras vidas tienen una hermosa teleología, una dirección hermosa y con un propósito definido. Jesucristo nos muestra “lo que somos”. Nos muestra que somos hijos de Dios, nacidos del amor del Padre. Hemos nacido para amar y ser amados. Y lo hacemos amando como Jesús amó.

La dirección y el propósito de nuestras vidas es llegar a ser más y más como Jesús, por medio de la gracia de Dios y de nuestro deseo de santidad. El Catecismo de la Iglesia Católica lo describe con belleza: “La vocación de la humanidad es manifestar la imagen de Dios y ser transformados en la imagen del Hijo único del Padre”.

Estoy convencido de que esta verdad acerca de la imagen sagrada de la persona humana y su destino es la clave para la nueva evangelización. Tenemos que hacer de esta verdad la esencia de nuestra predicación, de nuestra educación religiosa, de nuestro trabajo por la justicia.

Permítanme terminar con otra cita de Dorothy Day, que refleja, una vez más, su profundo sentido de la antropología cristiana. Ella escribió estas palabras acerca del nacimiento de su hija:

“Yo estaba extremadamente feliz. Si yo hubiera escrito el libro más maravilloso, si hubiera compuesto la mejor sinfonía, si hubiera pintado la más hermosa pintura o tallado la figura más exquisita, no podría haberme sentido, en mayor medida, la exaltada creadora de lo que hice, que cuando colocaron a mi hija en mis brazos. Solo pensar que esta expresión de la belleza… había venido de mi carne, era mi propia hija… ¡Me sentí tan llena de alegría y felicidad que tenía hambre de Alguien a quien agradecérselo, Alguien a quien amar; inclusive, de Alguien a quien adorar por el bien tan grande que se me había concedido!”

Esta es la hermosa visión de la antropología cristiana. La visión de las personas humanas como imágenes de Dios, llamadas a tomar parte, a través de nuestros cuerpos humanos, de la propia divinidad de Dios y de su obra creadora. Busquemos nuevas formas de compartir esta hermosa visión con nuestra sociedad, que tanto lo necesita hoy.

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