Espero que este domingo muchos de ustedes puedan reunirse conmigo en la “Celebración de Guadalupe”, la cual se realizará en el Coliseo de Los Ángeles.

Este evento es organizado por la Arquidiócesis de Los Ángeles y los Caballeros de Colón. Contará con charlas y presentaciones; el rezo del Rosario; y una procesión en la que veneraremos una reliquia de la milagrosa tilma impresa con la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe.

Para mí, esta celebración será una buena oportunidad para agradecerle a Dios por el amor maternal de Nuestra Señora de Guadalupe, no sólo en mi propia vida, sino también en el destino de los pueblos de las Américas.

Cuando María se apareció en la colina del Tepeyac, en las afueras de la Ciudad de México, en aquella mañana de diciembre de 1531, era menos de una generación después de Cristóbal Colón y sus viajes de descubrimiento.

Era un sábado por la mañana, muy de madrugada, y San Juan Diego se dirigía a su clase semanal de Catecismo, que era impartida por el sacerdote local. Era el 9 de diciembre, el día en que la Iglesia solía celebrar la Inmaculada Concepción.

Mientras caminaba por la colina, San Juan Diego escuchó un sonido como de pájaros cantando. Luego vio a la hermosa Virgen, con Su rostro mestizo, una mezcla de rasgos españoles e indígenas.

Ella le dijo que quería que él construyera una iglesia, un lugar sagrado donde Ella pudiera mostrar a Su Hijo a todos los pueblos del Nuevo Mundo. Ella dijo:

“Mucho quiero, ardo en deseos de que aquí tengan la bondad de construirme mi templecito, para allí mostrárselo (Jesús) a Ustedes, engrandecerlo, entregárselo a Él, a Él que es todo mi amor, a Él que es mi mirada compasiva, a Él que es mi auxilio, a Él que es mi salvación”.

Nuestra Señora de Guadalupe vino para construir una iglesia. Pero no sólo una edificación. Ella vino para construir la Iglesia, la familia de Dios en América.

Y después de varias décadas desde aquel día de diciembre en el Tepeyac, ¡América Latina entera se había vuelto devotamente católica! Nuestra fe católica se ha propagado a millones en Norte América, el Caribe, las Filipinas y mucho más allá.

En el plan de salvación de Dios, México se convirtió en la cuna de la Cristiandad para el Nuevo Mundo.

Pero así como María le dijo a Juan Diego que no había venido sólo para convertir a México o al Nuevo Mundo, Ella vino para entregarnos a todos a su Hijo Jesús, con su amor personal.

La misión de Nuestra Señora de Guadalupe, la misión del Tepeyac, continúa en nuestros días.

Como dijo el Papa Benedicto XVI durante su visita a México al inicio de este año, Nuestra Señora de Guadalupe es “la Estrella tanto de la primera como de la Nueva Evangelización… de la misión continental que se está llevando a cabo lo largo de estas nobles tierras” de las Américas.

¡La misión del Tepeyac continúa en cada uno de nosotros! Así como Nuestra Señora de Guadalupe llamó a San Juan Diego, hoy también nos llama a cada uno a construir Su Iglesia.

De esto se trata la Nueva Evangelización. Es una nueva misión continental: llevar a Jesús a todas las naciones y pueblos de las Américas. La misión de hacer del mundo, un nuevo mundo de fe, un nuevo mundo lleno de la luz de Jesucristo y de Su Evangelio.

Vivimos en un mundo donde el amor de Dios se está enfriando cada vez más en muchos corazones. Mucha gente se ha olvidado de Dios; muchos viven como si Él no importara.

¡Nuestro mundo necesita nuevos testigos! Y nosotros hemos sido llamados para llevar hoy el mensaje de Nuestra Señora de Guadalupe al mundo entero. Hemos sido llamados para ayudar a que Jesucristo encuentre un nuevo lugar en los corazones de nuestros hermanos y hermanas.

¡La Evangelización es siempre el trabajo de Dios! Nuestro deber es esforzarnos por cumplir su voluntad en nuestras vidas. Nuestra tarea es la de ser sus instrumentos, de permitirle que nos use para que llevemos a cabo su plan de amor.

Esta es una de las lecciones de la primera Evangelización. Por la gracia de Dios y la fe de un hombre humilde y sencillo, San Juan Diego, quien escuchó la voz de la Virgen María y fue un instrumento de Dios, el Nuevo Mundo conoció a Cristo.

Recemos unos por otros durante esta semana.

Pidámosle a Nuestra Señora de Guadalupe que mueva nuestros corazones hacia una nueva conversión. Hacia un nuevo compromiso con respecto a nuestra responsabilidad por la misión continental de la Iglesia Católica.

Que Santa María de Guadalupe, a través de su maternal inspiración e intercesión, nos obtenga las gracias que necesitamos para ser mejores instrumentos del amor de Dios, y para que así todos puedan conocer y amar al Señor.

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