Estos días he estado rezando mucho sobre nuestra Iglesia y sus líderes.

He estado pidiendo por el Cardenal Roger Mahony en estos días en que se prepara para ir a Roma a ejercer su deber sagrado como Cardenal Elector del nuevo Papa. También he estado orando por nuestro Santo Padre, el Papa Benedicto XVI en estos últimos días de su Pontificado.

Como ustedes saben, he tenido el privilegio de estar con el Papa varias veces en octubre del año pasado, cuando me invitó a participar en el Sínodo de Obispos sobre la Nueva Evangelización. Yo no sabía que esos días serían mi última oportunidad de concelebrar la Santa Eucaristía con él. Voy a atesorar esos momentos en mi corazón como una gracia muy especial.

En mi oración por la Iglesia y por el nuevo Papa, vuelvo una y otra vez a las meditaciones que el Papa Benedicto nos ofreció al iniciar el Sínodo.

Él nos recordó que la palabra “evangelizar” fue originalmente utilizada para describir mensajes sobre victorias, justicia, paz y salvación que enviaba el Emperador Romano.

Los escritores del Nuevo Testamento creían que Jesús era el verdadero “emperador” del mundo. Así que naturalmente llamaron el mensaje que vino a proclamar, evangelio o “buena nueva”.

El Papa Benedicto XVI dijo que esta “buena nueva” -lo que significa y cómo la comunicamos- es el tema central de nuestros tiempos.

“Ya que el gran sufrimiento del hombre -entonces y ahora- es éste: detrás del silencio del universo, detrás de las nubes de la historia, ¿existe un Dios o no existe? Y si existe este Dios, ¿nos conoce, tiene algo que ver con nosotros? Este Dios es bueno, y la realidad del bien ¿tiene poder en el mundo o no? Esta pregunta es hoy tan actual como lo era en aquel tiempo”.

La misión de la Iglesia es responder a estas preguntas. Esa misión es aún más urgente en nuestros días porque se ha hecho más fácil para las personas vivir sin Dios, y más difícil en nuestra cultura escuchar con claridad el mensaje de Dios.

Este es el reto al que nos enfrentamos en todos los niveles de la Iglesia. Evangelizar quiere decir que tenemos que comunicar al mundo la buena nueva que Dios nos ha revelado en Jesucristo. Tenemos que hacer que el mundo sepa y entienda que en su Palabra podemos encontrar la salvación, la justicia y la paz.

Como el Papa Benedicto nos dijo: “Evangelio significa: Dios ha roto su silencio. Dios ha hablado. Dios existe. Este hecho en sí mismo es salvación: Dios nos conoce, Dios nos ama, Él ha entrado en la historia. Jesús es Su Palabra, Dios con nosotros, Dios mostrándonos que Él nos ama, que Él sufre con nosotros hasta la muerte y resucita de nuevo. Este es el Evangelio. Dios ha hablado, Él ya no es más el gran desconocido, sino que se ha mostrado a sí mismo, y esto es salvación”.

La única razón por la que la Iglesia existe es para evangelizar. Eso es importante recordar en este momento de transición. Es importante recordar que no se puede entender a la Iglesia en términos de poder, política o personalidades.

La Iglesia pertenece a Dios, no a ninguno de nosotros – ni siquiera al Papa. Eso significa que todos nosotros, independientemente de qué tan importante sean nuestros ministerios, necesitamos humildad y valentía. Tenemos que aceptar la gracia de abandonar nuestros propios planes y preferencias por el bien de la Iglesia y la misión del Evangelio.

Una vez más he encontrado respuesta en las sabias reflexiones del Santo Padre durante el Sínodo:

“La Iglesia no comienza con nuestro ‘hacer’, sino con el ‘hacer’ y ‘el hablar’ de Dios. De este modo, después de algunas asambleas, los Apóstoles no dijeron: ahora queremos crear una Iglesia… No, ellos rezaron y en oración esperaron, porque ellos sabían que sólo Dios mismo puede crear su Iglesia… Pentecostés es la condición del nacimiento de la Iglesia: sólo porque Dios había actuado antes, los Apóstoles pueden obrar con Él y con su presencia… Por ello, es siempre importante saber que la primera palabra, la iniciativa auténtica, la actividad verdadera viene de Dios y solamente si entramos con esta iniciativa divina, sólo si imploramos esta iniciativa divina, podremos también nosotros llegar a ser -con Él y en Él- evangelizadores”.

Entonces, esta semana, oremos los unos por los otros. Y juntos, esperemos como los Apóstoles. Recemos a la espera de que el Espíritu Santo nos conceda un nuevo Papa.

Y pidamos a Nuestra Madre Santísima, quien estuvo presente en aquel primer Pentecostés, que inflame nuestros corazones para que nuestro amor por la Iglesia crezca y para que podamos llegar a ser los nuevos evangelizadores que su Hijo nos invita a ser.

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