Sé que muchos de ustedes están siguiendo las noticias del viaje de Papa Francisco a América Latina esta semana. Yo también lo estoy haciendo.

Todas las imágenes que hemos estado viendo de multitudes de jóvenes y alegres fieles que bordean las calles, las liturgias vibrantes e impregnadas de oración, nos recuerdan la gran fe de los hispanos y la fuerza que la Iglesia tiene en estas tierras que el Papa Francisco y los papas anteriores han llamado “el Continente de la Esperanza”.

En lo personal, considero que siempre es impactante escuchar a nuestro Santo Padre hablar y rezar en su lengua nativa. Y durante este viaje pastoral, él me está iluminando con sus palabras llenas de fuerza sobre la familia y con su apasionado llamado a suscitar una sociedad que tienda la mano a los que están solos y a los que sufren, y que trabaje por promover la dignidad humana de cada persona.

Me conmovió una de las historias inesperadas que el Papa contó sobre su madre. Recordó que una vez le preguntaron a cuál de sus cinco hijos amaba más, dijo el Papa. Y ella dijo que sus hijos eran como los dedos de la mano: si alguno de ellos se perdiera o lastimara, ella también se vería herida.

Fue una bella imagen de la solidaridad y del amor familiar. Me recordó las palabras de San Pablo acerca de la familia de Dios: que si un miembro de la familia sufre, todos los miembros de la familia sufren, en solidaridad con ese miembro.

El Papa Francisco nos está dando un gran testimonio de lo que es el liderazgo al servicio de la Iglesia. Él está continuando la obra de San Juan Pablo II y del Papa Emérito Benedicto XVI al ayudarnos a redescubrir la naturaleza misionera de la Iglesia y la vocación misionera de cada discípulo.

Esta es la visión del discipulado y de la Iglesia con los que crecí desde que era un joven sacerdote, ordenado sólo un par de meses antes del comienzo del pontificado de San Juan Pablo. Y ésta es la visión que he estado tratando de compartir con ustedes como su arzobispo, la visión que les he presentado en mi primera carta pastoral, “Testigos para el Nuevo Mundo de la fe”.

En estos últimos cinco años he estado escuchándolos y aprendiendo de ustedes.

Como saben, esta es la arquidiócesis más grande del país y también la más diversa, por lo que hay mucho que aprender, y se necesita mucho tiempo, mucha oración y conversación para lograrlo. Mi calendario de cada semana incluye visitas pastorales a todo este vasto territorio de la arquidiócesis. Y ha sido la alegría de mi ministerio poder rezar con ustedes y conversar acerca de sus perspectivas y necesidades.

La semana pasada, construyendo sobre nuestras conversaciones, sobre mi propia oración y reflexión y consultando a mis obispos auxiliares y asesores, anuncié una nueva estructura organizativa para el Centro Arquidiocesano Católico (ACC, por sus siglas en inglés).

Los detalles de esta nueva organización se pueden encontrar en la página 9 de este número de The Tidings.

Mi esperanza es que esta nueva estructura renovará nuestro sentido de asociación y el propósito evangélico del ACC. En este edificio me he encontrado con un gran sentido de la atención pastoral y con una cultura del servicio. Admiro cada día la dedicación y la creatividad de las personas que trabajan aquí.

Estoy tratando de aprovechar los buenos fundamentos que ya han sido establecidos. Creo que esta nueva estructura suscitará nuevas energías evangélicas y nos ayudará a encontrar nuevas maneras de colaborar en el servicio a la familia de Dios aquí en Los Ángeles.

La nueva estructura busca unir el funcionamiento de las oficinas de la arquidiócesis con mis cinco prioridades pastorales: la educación en la fe; la promoción de vocaciones; el fomentar nuestra identidad y diversidad católica y universal; la proclamación de una cultura de la vida; el fortalecimiento del matrimonio y la familia.

La Iglesia está aquí para servir.

Y la Iglesia somos “todos nosotros”, ustedes y yo y todos los demás que han sido bautizados. Estamos llamados a ser “discípulos misioneros”. Así es como el Papa Francisco lo describe, y me encanta esa expresión.

Y el servicio que ofrecemos está destinado a ser misionero y apostólico, un servicio que busca compartir el Evangelio con todo el mundo y en todos los rincones de la tierra.

Esta es nuestra responsabilidad. Es un deber de amor. El regalo más hermoso que podemos darle a cualquiera es el don de conocer a Jesucristo. No hay nada más hermoso en esta vida que conocer a Jesús y amarlo y luego compartirlo con los demás.

Con esta reorganización, esperamos hacer del ACC y de todos sus departamentos un modelo del discipulado misionero.

Así que les pido que por favor recen por mi ministerio y por todos los que servimos a la familia de Dios a través de nuestro trabajo en el Centro Pastoral Arquidiocesano. Recen para que todos seamos buenos servidores del Evangelio y de los demás, buenos evangelizadores y discípulos misioneros.

Y que nuestra Santísima Madre María siempre esté a nuestro lado; que la conozcamos y amemos siempre como a nuestra Madre.

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