La Iglesia de Los Ángeles es joven y está creciendo.

En la Arquidiócesis de Los Ángeles, bautizamos cada año a unos 60 mil bebés; mucho más que en cualquier otra diócesis en el país.

Por supuesto, el bautismo es el inicio del recorrido, no el final.

La misión de la Iglesia es caminar con estas jóvenes familias y con sus hijos, ayudarlos a crecer en su fe, a seguir a Jesús con alegría y valor y a trabajar para hacer de este mundo el reino que Dios quiso para su pueblo.

Estaba reflexionando este pasado domingo acerca del pasaje evangélico en el que Jesús multiplica los panes y los peces.

En el centro del milagro hay un joven; algunas traducciones dicen un “muchacho·”. No sabemos qué edad tenía, pero él escuchó el llamado de Jesús y lo siguió hasta la ladera de aquel monte para escucharlo.

A diferencia de muchos de los 5,000 adultos que habían seguido a Jesús allí, el joven había venido preparado: había traído algo de pescado y de pan, por si le daba hambre. Este muchacho les ofreció a Jesús y sus apóstoles todo lo que tenía, y Jesús usó sus dones para realizar un milagro que reveló el poder y el misterio de la Eucaristía.

Para mí, este muchacho, con sus panes y sus peces, es un signo de la importancia de los jóvenes en la Iglesia.

Nuestro Dios es un Dios que toma en serio la vida y los dones de los jóvenes. Acuérdense de las historias de José, de Samuel, de David y de Daniel en el Antiguo Testamento. Piensen en el niño Jesús, enseñando en el Templo.

“Dejen que los niños vengan a mí”, dijo Jesús.

Este debe ser el objetivo de todos nuestros planes y programas pastorales para los jóvenes de la Iglesia. ¿Qué hemos hacer para llevar a los jóvenes a Jesús? ¿Cómo podemos ayudarlos a escuchar su llamado en sus vidas y a seguirlo a Él?

Esto es lo que estamos tratando de hacer con Ciudad de los Santos, nuestro festival anual de oración y alabanza para adolescentes y adultos jóvenes, que tendrá lugar este fin de semana, del 3 al 5 de agosto, en el campus de UCLA.

Lo que siempre me conmueve en Ciudad de los Santos es ver a tantos hombres y mujeres jóvenes que están tan felices de ser católicos y de vivir su fe con alegría y dedicación.

Existe en estos tiempos una profunda preocupación por los jóvenes que se están alejando de la Iglesia o volviéndose indiferentes a la fe.

Yo comparto esa inquietud. Estoy especialmente preocupado por el aumento de los llamados “nones”, aquellos que no se afilian a la Iglesia ni a ninguna otra religión. Según los estudios, un tercio de los milenarios (los nacidos entre 1981 y 1996) se describen a sí mismos como ateos, agnósticos o como gente que no cree en “nada en particular”.

Esta será una conversación crucial durante la próxima reunión de los obispos del mundo que el Papa Francisco convocará en el mes de octubre, en Roma. He tenido el privilegio de ser nombrado uno de los cinco obispos delegados para el Sínodo sobre los Jóvenes, la Fe y el Discernimiento Vocacional, junto con nuestro Obispo Auxiliar Robert Barron.

Mi esperanza para el sínodo es que exploremos nuevas formas de proclamar y explicar las enseñanzas de la Iglesia a nuestros jóvenes, especialmente las relativas al matrimonio, la familia y la sexualidad. Necesitamos también comprender y abordar la mentalidad dominante en nuestra sociedad, que está conformada por la ciencia y la tecnología y por un enfoque de la vida mecanizado y consumista.

Pero nuestros jóvenes necesitan también un nuevo testimonio del poder del Evangelio. El cristianismo es una forma de vida, no un código de conducta. A la Iglesia se le ha confiado la Palabra de vida, que no es una “palabra” sino una Persona divina: el Hijo del Dios vivo.

Lo que la Iglesia enseña sólo adquiere sentido, sólo tiene poder para cambiar la vida, si sabemos quién es Dios y para qué nos hizo.

Debemos entonces seguir guiando a nuestros jóvenes en todo lo que podamos para que lleguen al encuentro con Jesucristo, que los está llamando a venir a Él.

Y tenemos que seguir poniendo como ejemplo a los múltiples jóvenes santos que han inspirado a la Iglesia a lo largo de los siglos. El Papa Francisco anunció que durante el sínodo canonizará a uno de esos jóvenes, el Beato Nunzio Sulprizio.

Durante el sínodo estaré pidiendo la intercesión de mis santos favoritos, entre ellos, San José Sánchez del Río, el joven de 13 años que fue martirizado durante la persecución de la Iglesia en México.

San José Sánchez solía decir: “Cumple siempre el más mínimo deseo de Dios”. Ésa es la clave para la vida de cada uno de nosotros: vivir como Dios desea que vivamos.

Hagamos nuestra esa oración durante esta semana. Oren por mí y yo estaré orando por ustedes.

Que la Santísima Virgen María, madre de la Iglesia, nos cuide y nos guíe para buscar nuevas maneras de llevar a nuestros jóvenes a Cristo.

*La columna de opinión de Mons. José Gomez está disponible para ser utilizada gratuitamente en versión electrónica, impresa o verbal. Sólo es necesario citar la autoría (Mons. José Gomez) y el distribuidor (ACI Prensa)