(Lo que sigue es una adaptación de la homilía del Arzobispo Gómez para la Misa de Réquiem por los No Nacidos, celebrada en la Catedral de Nuestra Señora de los Ángeles, el 19 de enero).

Esta noche estamos orando por los no nacidos.

Esta palabra nos recuerda que la vida comienza mucho antes de que la veamos. La Biblia nos dice que toda vida humana empieza con el deseo de Dios. Antes de que Él nos forme en el seno materno, ya sabe quiénes somos, sabe quiénes quiere que seamos. Incluso antes de que nazcamos, Dios ya tiene planes para nosotros.

Todo aborto es una tragedia personal: para el niño, para la madre y el padre y para la familia.

Pero todo aborto es también una tragedia divina, una tristeza en lo profundo del corazón de Dios porque bloquea el plan de Dios para un hijo suyo que Él ama, para un alma que quiere nacer.

Y tenemos que recordar que todo aborto es también una tragedia social, y todos tenemos algo de responsabilidad en esto porque, después de todos estos años, todavía no hemos construido una sociedad que valore a los niños o que respalde verdaderamente a los padres y a las familias.

Nuestra lectura del Evangelio de esta noche nos narra la hermosa historia del primer milagro de nuestro Señor Jesucristo en la fiesta de bodas de Caná. En esta historia, vemos qué tan importantes con para Dios estas cosas: el matrimonio, la familia y los hijos.

En el misterio del divino plan de Dios para la creación, Él eligió entrar a nuestra realidad humana como un niño en el seno de una madre. Él escogió ser criado en un hogar con una madre y un padre. Y Jesús eligió realizar su primer milagro en una boda familiar, en la cual probablemente conocía a los novios.

Pero este milagro no fue sólo para ellos. Con este signo, Jesús quiso bendecir y santificar el amor conyugal, ese amor especial del marido y la mujer que trae nueva vida al mundo.

Jesús vino a compartir nuestra vida para revelar la belleza y la santidad de la vida humana. Y no en lo abstracto. Dios no ama a la “naturaleza humana” en general; no, el amor de Dios es apasionado y personal. Él nos ama a cada uno con el mismo amor que un esposo tiene por su esposa.

Dios se goza con la vida de cada hombre, de cada mujer y de cada niño. Nacido y no nacido aún.

Dios nos ama a todos sin condiciones y sin excepciones: a jóvenes y viejos, a débiles y fuertes, sin importar el color de nuestra piel o de dónde vengamos. Dios ama a los que son fáciles de cuidar y ama a aquéllos cuyas vidas son una carga.

Dios nos ha confiado su gran plan de amor por su Iglesia. Y en la misa de réquiem de esta noche, Dios nos está llamando a que veamos la responsabilidad que tenemos a través de los ojos de nuestra Santísima Madre María.

El corazón de María está abierto a las necesidades de quienes la rodean. Ella le dice a Jesús: “No tienen vino”. Esa frase está dirigida a nosotros; es un desafío. Siempre tenemos que estar preguntándonos: ¿Quiénes son esas personas que nos rodean que “no tienen vino”?

Si abrimos nuestros corazones y miramos con los ojos de María, veremos personas que no tienen alimentos, que no tienen hogar. Veremos personas que no tienen trabajo, que no tienen derechos ni estatus legal; veremos personas que no tienen a nadie que los ame, a nadie que cure sus heridas.

Veremos niños no nacidos —miles cada año— que nunca tendrán la oportunidad de vivir porque no son queridos o porque alguien está preocupado de que serán una carga.

En el Evangelio, María les dice a los sirvientes: “Hagan lo que Él les diga”. Sus palabras están dirigidas a nosotros. María tiene total confianza, total confianza en Jesús. Y nosotros también deberíamos tenerla.

Lo que Jesús les dice a los sirvientes del Evangelio, nos lo está diciendo también nosotros: Llena tu vida de amor “hasta los bordes”.

Jesús nos da una hermosa misión: amor y solo amor. Donde veas a aquellos que no tienen “vino”, derrama tu amor para que la gente conozca el amor de Dios. Trabaja todos los días por construir una nueva ciudad y una nueva nación en la que toda vida humana sea amada y protegida, una nueva sociedad en la que sea más fácil amar y dar vida.

Si lo seguimos y creemos en él, si hacemos todo lo que Él nos dice, Jesucristo cambiará el agua de nuestra vida en vino nuevo. Él hará brotar muchas cosas hermosas de nuestros corazones. Él hará de nuestra vida un signo que revele su gloria.

Entonces, esta noche lamentamos la pérdida de estos pequeños. Confiamos sus almas a Dios, que las amó desde antes de la creación del mundo y que las amará por toda la eternidad.

Esta noche nos comprometemos nuevamente a estar al servicio del plan de amor de Dios, de la gran causa por la vida de nuestro tiempo.

Pidámosle su intercesión a nuestra Santísima Madre María. Que ella nos ayude para que todos puedan probar el buen vino del amor de Dios y llenarse de júbilo en su presencia.

*La columna de opinión de Mons. José Gomez está disponible para ser utilizada gratuitamente en versión electrónica, impresa o verbal. Sólo es necesario citar la autoría (Mons. José Gomez) y el distribuidor (ACI Prensa)