Este domingo empieza la Semana Santa. Nuestro itinerario cuaresmal nos ha conducido hasta las últimas horas de la vida de Nuestro Señor, en las cuales Él sufrió la tortura y la muerte en la Cruz.

A lo largo de su ministerio, Jesús había preparado a sus discípulos para su Pasión. Les había dicho que tendría mucho que sufrir, que iba a ser rechazado, insultado, humillado y asesinado.

También nos dijo que si creemos en Él y lo seguimos, hemos de estar dispuestos a sufrir estas mismas cosas.

Dijo, “El siervo no es más grande que su señor”. Y: “Si a mí me han perseguido, también los perseguirán a ustedes”.

Estas son palabras serias, con las que Jesús nos invita a imitarlo completamente, hasta el punto de entregar nuestras vidas por su Evangelio. Y Él va aún más lejos; nos dice que la persecución es una bendición, un camino hacia la alegría y la felicidad para aquellos que creen en Él y buscan su Reino.

La séptima y última Bienaventuranza que nos dio es: “Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia”.

En muchos sentidos, ésta es la más exigente de las Bienaventuranzas, pero también la más realista. Jesús siempre fue totalmente honesto con sus apóstoles, y sigue siendo totalmente honesto con nosotros.

Jesús nos llama a seguirlo, pero quiere que lo hagamos con los ojos bien abiertos. Una y otra vez nos dice que hemos de “evaluar el costo” de ser discípulos suyos. Él quiere que sepamos que si lo seguimos, esto implicará sufrimientos y pérdidas.

Podemos ver esto en muchas partes del mundo hoy en día. En muchos lugares no se puede llevar un crucifijo, o ir a Misa, o ser vistos leyendo una Biblia en público. Hay hombres, mujeres y niños que son asesinados todos los días, por el “delito” de creer en Jesús.

La persecución se manifiesta de muchas maneras. En nuestro país, no nos toca sufrir violencia. En lugar de ello, hemos de lidiar con la persecución “suave” de los que quieren desterrar el cristianismo, impidiendo que tenga cualquier influencia en nuestra sociedad secular.

Cada vez se ve con más claridad que en los próximos años, los creyentes y las instituciones de la Iglesia nos enfrentaremos a crecientes presiones para que abandonemos nuestras creencias como “el precio” a pagar para vivir en nuestra sociedad.

El Papa Francisco ha explicado: “Vamos a sufrir… persecuciones porque el mundo no tolera la divinidad de Cristo, no tolera la predicación del Evangelio, no tolera las Bienaventuranzas”.

La persecución es una consecuencia del testimonio. Como seguidores de Jesús, se nos da una misión. Estamos llamados a proponer a Jesús como lo que da sentido la vida, a la creación y a la historia. Estamos llamados a anunciar la nueva forma de vida que Él nos ha mostrado, el camino de las Bienaventuranzas.

Jesús es un escándalo y un insulto para aquellos que quisieran vivir como si Dios no existiera. Y las Bienaventuranzas son un escándalo y un insulto para los valores y las “certezas” por las que la gente de nuestra sociedad secular se rige.

Las Bienaventuranzas desafían nuestra obsesión por la riqueza y la arrogancia de nuestro enfoque a la creación y la vida humana. Ellas condenan nuestra indiferencia hacia los sufrimientos de nuestros prójimos, así como también todas las injusticias y la falta de misericordia que encontramos en nuestros hogares y en nuestros vecindarios. Las Bienaventuranzas nos llaman también a confrontar la inmundicia que existe en nuestros corazones, y todos nuestros fracasos en establecer la paz y detener la opresión.

Sólo tenemos un corazón y nuestro amor no puede estar dividido. No podemos servir a dos señores, como dijo Jesús.

Así que debemos esperar la persecución. Pero nunca debemos aceptarla.

La Bienaventuranza de los perseguidos nos explica qué implica el amor cristiano en un mundo de pobreza, de sufrimiento y de muerte. Esta Bienaventuranza —así como todas las demás— nos llama a la acción, en solidaridad con nuestros hermanos y hermanas. Jesús quiere que luchemos contra la intolerancia religiosa y que defendamos el derecho humano fundamental a la libertad de conciencia.

Con la gracia de Dios, la mayoría de nosotros en este país nunca sufrirá la violencia por sus creencias. Pero como discípulos de Jesús, no nos libraremos de la persecución por nuestra fe en Él. La “persecución” incluye también las tensiones diarias y los acosos que enfrentamos, los desafíos a nuestras creencias, las presiones para que guardemos nuestra fe para nosotros mismos o para que hagamos concesiones respecto a nuestros valores.

Pero no enfrentamos a nuestras persecuciones solos. Vamos con Jesús, quien lleva su Cruz delante de nosotros y nos da fuerza y valor en nuestra debilidad. Esta es la verdad de esta Semana Santa que estamos a punto de comenzar.

Entonces, tengámonos presentes unos a otros en nuestra oración en esta semana. Oremos para que siempre permanezcamos cerca de Jesús, siguiéndolo con amor, ofreciendo para ello nuestros sacrificios, día tras día.

Y pidámosle a nuestra Santísima Madre María que vele e interceda por todos los que en el mundo de hoy son perseguidos por la fe en su Hijo.

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