Muy queridos hermanos y hermanas en Cristo,

Cada año, en esta hermosa Misa, celebramos el espíritu inmigrante de la gente de nuestro país.

Esta es la historia de Los Ángeles, la historia del estado de California. Y es la historia de Estados Unidos, que es una nación de inmigrantes, una nación formada a partir de muchos pueblos y nacionalidades.

Y el espíritu inmigrante es también el espíritu de la Iglesia católica universal, que es un pueblo peregrino, la familia de Dios proveniente de todos los países y de todos los confines de la tierra.

Así que es hermoso verlos a todos ustedes presentes aquí hoy. Ustedes son un signo de fe y de esperanza, un signo de la fe de la Iglesia, de la esperanza de Estados Unidos.

Nos reunimos aquí para orar por todos los inmigrantes y por sus familias pasadas, presentes y futuras. Estamos orando por la reforma migratoria en nuestro país, por nuestros funcionarios electos y por la gente de todo el mundo, para que abran sus corazones a los inmigrantes que llegan a sus países.

Hermanos y hermanas míos, no sé ustedes, pero cuando yo estaba reflexionando sobre la primera lectura de hoy, del profeta Jeremías, no pude evitar pensar en los tiempos en que estamos viviendo.

Las palabras del profeta son fuertes: “¡Ay de los pastores, dice el Señor… Ustedes han dispersado a mis ovejas y las han ahuyentado.

No han cuidado de ellas”.

Mis queridos hermanos y hermanas, creo que a veces todos nos sentimos un poco como el profeta, y quisiéramos decir: “¡Ay de estos pastores!”.

Porque, por desgracia, parece que algunas personas en nuestra sociedad civil están actuando como algunos de esos pastores, permitiendo que nuestros hermanos y hermanas inmigrantes sufran debido a un sistema de inmigración defectuoso.

Porque están permitiendo que gente buena haya sido dispersada y deportada, por millones, durante los últimos diez años: madres y padres, hermanas y hermanos, niños. Han sido alejados, enviados de regreso a lugares en los que tienen que enfrentarse con la violencia y en donde no hay futuro.

Pero sabemos que ésta no es toda la historia. Sabemos que hay muchos “buenos pastores”, muchos buenos líderes y mucha gente buena en nuestra Iglesia y en nuestra sociedad; mucha gente que se interesa por el bien de los demás. Muchos que han sido valientes y creativos en su empeño por ayudar a los demás.

Estamos muy agradecidos por su liderazgo y por su servicio a la gente de nuestro país y a la comunidad inmigrante, y, entre tanto, continuamos orando y trabajando por una reforma migratoria justa, efectiva e inmediata.

De manera que no podemos perder la esperanza. Dios va con nosotros. Dios nos respalda, Él está de nuestro lado.

La promesa que escuchamos esta mañana, por boca del profeta, es verdadera. Dios mismo le hace esta promesa a nuestras familias y a todos los que están atrapados por este terrible sistema de inmigración:

“Voy a designar pastores para ellos, que los pastorearán

para que ya no tengan que temer o temblar;

y ninguno se perderá, dice el Señor”.

Así que estas son palabras de consuelo, son palabras verdaderas. No tenemos que temer, hermanos y hermanas míos. No hemos de temblar. Cada uno de nosotros es precioso para Dios. El no permitirá que ninguno de nosotros se pierda.

Jesucristo vino para llevar a cumplimiento esta promesa, la promesa de Dios mismo. El Señor viene como nuestro pastor.

En el Evangelio de hoy, escuchamos que: “Su corazón se enterneció por ellos, porque estaban como ovejas sin pastor…”.

El corazón de Jesús está lleno de amor, de misericordia y de compasión. Y su ejemplo nos debe mover a salir de nuestro camino para mejorar la vida de los demás. Significa estar dispuesto a acompañar a los demás en sus sufrimientos. Significa vernos a nosotros mismos en los demás, percibir nuestra humanidad común, nuestra dignidad compartida.

Hermanos y hermanas míos, nosotros formamos parte de la gran lucha por la dignidad humana, de la gran lucha por hacer realidad el plan de Dios para la creación, para nuestro mundo.

Tenemos dignidad porque somos hijos de Dios, hijos muy amados de Dios. Él nos dice a cada uno de nosotros: “Yo conozco tu nombre. Yo te creé por amor. Para que seas mi hijo, mi hija. Ésta es tu dignidad. Éste es tu destino”.

Para esto es para lo que estamos trabajando: para lograr un mundo en el que cada vida sea valorada, en el que cada vida tenga sentido y dignidad.

Como ustedes saben, el Papa Francisco estuvo en América Latina la semana pasada; hubo ahí una hermosa acogida para el Papa. Y en su última Misa, en Paraguay, el Papa nos mostró esta hermosa visión de la Iglesia. Él dijo:

“La Iglesia es una madre con un corazón abierto. Ella sabe cómo dar la bienvenida y aceptar, sobre todo a aquellos que necesitan de una mayor atención, a aquellos que tienen mayores dificultades. La Iglesia, como Jesús lo desea, es el hogar de la hospitalidad… Y acoge a las diferentes culturas, con las que nuestra tierra ha sido tan ricamente bendecida”. [i]

Hermanos y hermanas míos, dentro de la Iglesia cada uno de nosotros está llamado a esta misión de hospitalidad y acogida. Estamos llamados a abrir las puertas de nuestro corazón, a amar con el corazón de Jesús.

Entonces, sigamos orando y trabajando por la reforma migratoria, por la dignidad. ¡Sigamos haciendo de Los Ángeles y de Estados Unidos una casa de hospitalidad y de acogida!

En esta santa Eucaristía, recordemos los nombres de aquellos que no pueden estar con nosotros debido a nuestro deficiente sistema de inmigración. Tengámoslos presentes en nuestro corazón y coloquemos sus nombres sobre este altar.

¡Le pido a Nuestra Señora de Guadalupe, nuestra Madre, que vele por ustedes y por sus familias, y que les dé valor y fuerza en todo lo que hacen!

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