(A continuación, publicamos la Homilía de Monseñor José H. Gómez, Arzobispo de Los Ángeles, que predicó en la Catedral de Nuestra Señora de Los Ángeles, el 12 de diciembre de 2019). 

Mis queridos hermanos y hermanas,

¡Esta noche nuevamente estamos reunidos para alabar a Dios celebrando a Santa María de Guadalupe, nuestra Madre Santísima!

Como pudimos escuchar en nuestras lecturas de esta noche, ¡ella es el Arca de la Nueva Alianza, la Hija de Sión! Ella viene en medio de truenos y relámpagos: toda la creación tiembla ante la gran Reina del Cielo, coronada de estrellas, que lleva en su seno al Señor de los ejércitos.

¡Ella viene trayendo consigo a Jesús, para que las naciones se reúnan en torno a él! ¡Y todos nosotros somos hijos de esta gran Reina!

Hermanos y hermanas, nosotros fuimos creados para vivir en el paraíso. Pero tal como sucedió con Adán y Eva, nuestros primeros padres, el pecado se interpone en el camino.

Esta es la historia humana: es la historia de la humanidad y también la historia de cada uno de nosotros. No hay nadie aquí esta noche que no tenga pecados ni debilidades. Todos nos quedamos cortos con respecto a la gloria y a la santidad que Dios quiere de nosotros.

Pero Dios Todopoderoso, en su misericordia, preparó para nosotros un remedio. La Virgen estuvo en la mente de Dios desde antes de la creación, desde toda la eternidad.

Ella nos ha sido dada como la Inmaculada, la “llena de gracia”, nacida para traernos a nuestro Salvador, al Santo que nos liberará de las cadenas del pecado. Él es el Todo Misericordioso y ella es la Madre de la Misericordia.

Todos conocemos esa antigua oración, la “Salve”. A ella clamamos los desterrados hijos de Eva y ella vuelve a nosotros sus ojos misericordiosos. En nuestro destierro, nos muestra a Jesús, fruto bendito de su vientre.

Esta estos últimos días, al estar rezando a Nuestra Santísima Madre, mientras reflexionaba nuevamente acerca del hermoso “Nican Mophua”, que habla sobre su visita a San Juan Diego en el Tepeyac, estaba pensando en su humildad, en su tierno amor incluso para nosotros, sus hijos los más pequeños.

Siendo ella la Reina del Cielo, sin embargo, se inclinó hacia nosotros para mostrarse a una humilde persona, a un hombre pobre del pueblo. No a los obispos ni a la nobleza. De hecho, Juan Diego le ruega a ella que elija a alguien más, de clase alta, más respetado en la sociedad.

Pero ella le responde que no. Ella tiene una misión para él y solo él puede llevarla a cabo. Ella le habla dulcemente, lo llama para que se acerque a ella.

Y he estado pensando acerca de las primeras palabras que ella le dirigió a Juan Diego: “Escucha, hijo mío, el más querido, el más pequeño… ¿a dónde vas?”

Y pienso que la pregunta de Nuestra Señora también está dirigida a nosotros. ¿A dónde vamos? ¿Con todos nuestros miedos e incertidumbres, con todas nuestras miserias y responsabilidades?

¿Sabemos que nuestra Santa Madre nos acompaña, que desde siempre y por siempre somos preciosos a sus ojos y estamos protegidos por ella?

Sí, ¡es cierto! Ella es la madre de todos nosotros. Podemos clamar a ella, podemos compartir con ella nuestras alegrías y nuestras tristezas. ¡Podemos confiar en su protección! Podemos confiarle lo que somos, hacia dónde nos dirigimos, todos nuestros problemas y sufrimientos: todo se encuentra ante su mirada misericordiosa y compasiva.

Ella nos da nuestra misión, tal como se la comunicó a Juan Diego. Es una misión humilde, pero noble, ¡porque proviene de Nuestra Señora! Y, como sucedió con Juan Diego, nadie más puede hacer la misión que se les ha confiado a ustedes.

Es la misión sobre la que escuchamos esta noche en el Evangelio, la historia de la Visitación que todos conocemos muy bien.

María le lleva a Jesús a Isabel. Este es siempre el trabajo de María: llevar a Jesús al mundo, dar a conocer su presencia entre nosotros. Es una presencia silenciosa, frecuentemente, una presencia oculta. Dios viene a nosotros en el silencio y en la humildad. ¡Siempre es así! Si lo buscamos en signos y maravillas dramáticos, no lo encontraremos.

Jesús siempre viene en el humilde poder del amor silencioso. De igual modo a como entró con María en la casa de Isabel. E Isabel se llenó de alegría cuando María entró a su casa; se llenó de alegría porque Jesús estaba allí.

Y esta es la misión de María para ustedes y para mí. Ella nos está pidiendo que hagamos lo que ella hace, ¡nos está pidiendo que llevemos a Jesús a todos los sectores de nuestra vida!

Ella nos está pidiendo que llevemos su amor a nuestros hogares, que hagamos presente a nuestro Señor en nuestras conversaciones, en la manera en la que cuidamos los unos de los otros. Ella nos está pidiendo que llevemos a Jesús a nuestras escuelas, a los lugares en los que trabajamos, a nuestra sociedad.

Traer a Jesús a nuestra vida. Cada uno de ustedes a su vida y yo a la mía. Si todos hacemos esto, ¡el mundo estará lleno del amor de Jesús!

¡Este es el deseo de Nuestra Señora! Tenemos que llevar a la práctica su deseo aun cuando el camino sea doloroso.

Juan Diego fue un hombre común y corriente, con muchas preocupaciones y responsabilidades. Él estaba cuidando a su tío Juan Bernardino, quien, como sabemos, estaba enfermo y moribundo.

Muchos de ustedes están cuidando a sus seres queridos que están enfermos. Tenemos que ocuparnos de tantos deberes en nuestras familias…

También la fe de Juan Diego fue desafiada: la gente lo llamó mentiroso, lo trató mal, lo echó fuera diciéndole que lo que él creía, no era real.

Esto también nos sucede a nosotros. Cada día lo vivimos en una sociedad que niega la verdad de nuestra religión. Todos los días respiramos una atmósfera de secularismo que nos dice que Dios no importa, que Dios no está vivo.

Todos nosotros enfrentamos los mismos desafíos que enfrentó San Juan Diego. Pero esta noche, podemos mantenernos firmes porque conocemos la promesa de la Virgen. Ella nos recompensará por nuestros trabajos, por servirla a ella, tal como lo hizo con Juan Diego.

Conserven siempre en su corazón las palabras de su promesa: “¿No estoy yo aquí, que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra y mi resguardo? ¿Acaso no soy la razón de tu alegría? ¿No estás por ventura en mi regazo?

Queridos Guadalupanos, Nuestra Señora nos envía esta noche, así como envió a San Juan Diego. Ella nos está enviando con hermosas flores en nuestros brazos, para llevar su querida imagen con nosotros, para difundir en el mundo la hermosa fragancia de su amor.

¡Sigamos haciendo su preciosa voluntad!

Nuestra Señora de Guadalupe, ¡ruega por nosotros!

¡Que Viva la Virgen de Guadalupe!

¡Que viva San Juan Diego!

¡Que viva San Junípero Serra!

¡Que viva Cristo Rey!

¡Que viva la Virgen de Guadalupe!

¡Que viva la Virgen de Guadalupe!

¡Que viva la Virgen de Guadalupe! 

*La columna de opinión de Mons. José Gomez está disponible para ser utilizada gratuitamente en versión electrónica, impresa o verbal. Sólo es necesario citar la autoría (Mons. José Gomez) y el distribuidor (ACI Prensa)