La semana pasada tuve la alegría de recibir a los sacerdotes de la Arquidiócesis de Los Ángeles a la catedral de Nuestra Señora de los Ángeles para un día de comunión y oración.

Esta reunión anual presbiteral es uno de los aspectos más destacados del año para mí.

Ante todo, es un tiempo, para expresar mi agradecimiento por mis hermanos sacerdotes. No alcanzo a decirles cuánto admiro a los hombres que sirven a la familia de Dios aquí en la arquidiócesis.

Nuestros sacerdotes son hombres de oración y de servicio, y ellos y yo somos compañeros de trabajo en el hermoso ministerio de la misericordia y de la redención que es el sacerdocio. Espero que todos los católicos oren conmigo diariamente por nuestros sacerdotes.

En mi presentación a los sacerdotes, hablé de algunos de los “valores pastorales” que hemos estado tratando de implementar en el Centro Católico Arquidiocesano.

Todos los departamentos y oficinas del CCA existen para servir a las parroquias, escuelas y a la gente de la arquidiócesis. No estamos aquí para nosotros mismos; estamos aquí para servir a los demás. Y estamos tratando de volvernos más y más “orientados a la misión” en todo lo que hacemos.

Admiro la fe, la dedicación y el profesionalismo de los hombres y mujeres que prestan sus servicios en el CCA. Todos juntos hemos estado esmerándonos en cuatro valores básicos que guían el enfoque de nuestros ministerios: el servicio, la administración, la comunicación y la excelencia.

Para nosotros, estas son algo más que “palabras de moda” con tintes administrativos. Lo que realmente estamos tratando de hacer es utilizar estos valores como una especie de “examen de conciencia”, como una manera de medir qué tan bien estamos haciendo nuestros ministerios.

El valor del “servicio”, por ejemplo, nos lleva a hacernos algunas preguntas: ¿Estoy sirviendo a Jesús en mi trabajo diario? ¿Estoy centrado en la perspectiva y en las prioridades de la arquidiócesis, y en las necesidades de la familia de Dios aquí en Los Ángeles?

El valor de la “administración” nos conduce también a plantearnos preguntas, no sólo acerca de nuestro ser buenos administradores del dinero y de los presupuestos, que son, sí, consideraciones importantes. Pero tenemos que ser también buenos administradores de los talentos y del tiempo que Dios nos ha dado.

También hemos establecido la “excelencia” como uno de nuestros valores fundamentales. Creemos que la excelencia profesional incluye mantener el equilibrio en nuestras vidas y hacer tiempo para la oración. De ese modo podremos llegar a desempeñar de manera excelente los requisitos de nuestro trabajo, fijando metas y buscando siempre nuevas formas de hacer mejor las cosas.

La “comunicación” es el cuarto valor pastoral. Para nosotros, significa abordar los asuntos en caridad, evitar los chismes y enfocarnos en las necesidades de las demás personas. Sin embargo, la comunicación se refiere también a la importancia de la oración, a nuestra comunicación con Dios, que debe ser el centro de todo lo que hacemos.

En mi charla a nuestros sacerdotes, destaqué también el progreso que hemos estado haciendo en las cinco prioridades que establecí en mi primera carta pastoral, “Testigos para el nuevo mundo de la fe”: la promoción de las vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa; la educación de nuestros fieles para que vivan su fe como discípulos misioneros; la promoción de una cultura del matrimonio y de la familia; el trabajar por una cultura de la vida, de la justicia y de la paz, y la construcción de la familia de Dios mediante el fortalecimiento de nuestra diversidad e identidad católicas.

Están sucediendo tantas cosas maravillosas en la arquidiócesis…

Jesús nos dijo que el Evangelio crece como una semilla que se siembra en la “tierra” de nuestras vidas y de nuestra cultura. No podemos verlo, pero es algo que está creciendo y preparándose para dar sus frutos. Esto es lo que está sucediendo en todas partes de Los Ángeles.

En los últimos 10 años, hemos estado bautizando a un promedio de cerca de 70,000 bebés cada año.

Si ustedes están pensando que eso es mucho, ¡tienen razón! Pero ahora piensen esto: todos los años estamos bautizando más recién nacidos en Los Ángeles que el total combinado de todos los bautismos de niños en las arquidiócesis de Nueva York, Chicago, Filadelfia y Washington, D.C. Y recuerden: Nueva York y Chicago son la segunda y tercera comunidades católicas de mayor tamaño en el país.

Esto apunta a una verdad: que somos una Iglesia joven, una Iglesia que está viva y llena de energía apostólica.

Pero también apunta a nuestra responsabilidad. Somos responsables de estas jóvenes vidas, de estas almas jóvenes. Estamos llamados a construir una cultura que alimente su fe y que les ayude a crecer en la santidad y en el amor.

Esto no es sólo responsabilidad de los sacerdotes y los obispos. Todo bautizado comparte la responsabilidad de la misión de la Iglesia.

Esto es lo que estamos tratando de hacer en todos nuestros programas y prioridades. Estamos tratando de suscitar una nueva generación de santos y discípulos misioneros para anunciar la hermosa verdad del Evangelio.

Oren por mí esta semana y sepan que yo voy a estar orando por ustedes.

Y que nuestra Santísima Madre María nos ayude a todos a conocer el amor de Cristo y la misericordia de Dios y a crecer en santidad, en la alegría de la vida y en la belleza de nuestra fe católica.

*La columna de opinión de Mons. José Gomez está disponible para ser utilizada gratuitamente en versión electrónica, impresa o verbal. Sólo es necesario citar la autoría (Mons. José Gomez) y el distribuidor (ACI Prensa)