La fiesta de la Asunción, que celebramos esta semana, es una de mis favoritas en el año litúrgico de la Iglesia.

Desde los primeros días de la Iglesia, los cristianos han reflexionado en este hermoso misterio de cómo la Santísima Virgen María fue “elevada” –llevada en cuerpo y alma al Cielo, al final de su vida en la Tierra.

Y cada uno de nosotros hoy deberíamos recordar este misterio glorioso con gran alegría. Porque donde la Virgen María ha ido, nosotros podemos ir también.

En la Asunción de María celebramos la victoria de la cruz y la resurrección. Celebramos la victoria de la vida sobre la muerte; del bien sobre el mal; del Padre de las misericordias, sobre el padre de las mentiras.

La buena nueva de Jesucristo es que nuestro Dios no es Dios de los muertos, sino el Dios de los vivientes. Él nos creo para la vida abundante de los hijos de Dios. La muerte solamente entró en esta creación como el fruto amargo de la tentación del demonio y del pecado original de nuestros primeros padres.

Pero Jesucristo destruyó el poder de la muerte de una vez para siempre y para todos, por su resurrección. “Porque así como en Adán todos murieron, así también en Cristo todos fueron traídos a la vida.” Escribió San Pablo   (1Corintios, 15-22).

La Asunción de María es la primera “prueba” de que las promesas de Dios son verdad.

Por su Asunción, vemos el plan de Dios para la familia humana y vemos nuestro propio destino personal. Vemos que no hemos nacido para morir, sino para vivir. Hemos nacido para ser hijos amados de Dios. Nacemos para ser elevados a la vida eterna. Nacimos, como confesamos en el Credo, para la resurrección del cuerpo y la vida eterna.

Esta es la hermosa esperanza que compartimos como cristianos.

San Pablo nos dice que Jesús vino en “carne y sangre” así que para compartir en nuestra experiencia natural de muerte, “Él debía…entregarse a aquellos que a través del miedo o de la muerte, estaban sujetos a la esclavitud para toda la vida”.

De modo que nunca tenemos que estar preocupados sobre nuestra muerte o la muerte de nuestros seres queridos. ¡Porque sabemos que el amor de Dios es más fuerte que la muerte!

Esta es la razón por la que celebramos la Asunción de María.

Jesús dijo que hay muchas moradas en la casa de su Padre. Él fue a ella antes que nosotros, pasando a través de la muerte y sobre la nueva vida de la resurrección. Él hizo esto para prepararnos un lugar en la casa de su Padre en el Cielo.

El último libro de la Biblia, el Apocalipsis, nos muestra un cuadro glorioso de María como una “gran señal en el cielo”. María está vestida con el sol, la luna bajo sus pies y portando una corona de doce estrellas.

En su gloria, vemos la promesa de nuestra propia gloria.

Nosotros sabemos que podemos seguirla al Cielo, si seguimos las huellas de su Hijo aquí en la Tierra. Si creemos, como María lo hizo; si confiamos en el plan de Dios para nuestras vidas, entonces compartiremos en su destino.

Eso significa que realmente tenemos que vivir el mandamiento del Evangelio de amar como Jesús amó. Tenemos que amar a Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra mente y todas nuestras fuerzas. Tenemos que amar a nuestro prójimo con el amor de Dios.

Así es como María vivió.

En los evangelios, María nos es presentada como un modelo de cómo debemos seguir a Jesús como sus discípulos, haciendo nuestra jornada de peregrinos a la casa de nuestro Padre.

Todos recordamos la hermosa historia de la Visitación, cuando María fue a visitar a su prima Isabel. Esta historia, que recordamos cuando oramos los misterios gozosos del Rosario, deberían ser una fuente de reflexión y oración para nosotros. Porque ellos revelan el “corazón misionero de María”.

Nosotros estamos llamados a vivir con este mismo corazón, con el mismo deseo que tenía María, para compartir la alegría de Jesucristo con nuestros hermanos y hermanas.

María llevó a Jesucristo a Isabel. Y cuando ella estaba ahí, María cantó, su hermoso cántico del Magnificat. Ella “magnificó” al Señor. Eso significa que proclamó las grandes cosas que Dios había hecho por ella.

Así es como queremos vivir.

Esta semana oremos unos por otros. Pidamos que todos llevemos a Jesús a otros, y “magnifiquemos” a Dios en nuestra propia vida. Igual que María, queremos llevar el testimonio de su bondad y amor, en nuestras casas, en el trabajo, en la sociedad.

Que María nos enseñe a escuchar la palabra de Dios como ella lo hizo. Y que nos enseñe a responder con corazón generoso. De modo que podamos compartir en su destino de vida eterna en el Cielo.

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