Espero que ustedes, sus seres queridos y sus familias hayan tenido una Pascua llena de bendiciones. Yo pasé la Pascua aquí, con mi familia y compartimos momentos muy hermosos.

Me dio mucho gusto ver que tantos de ustedes asistieron a nuestras celebraciones del Triduo en la catedral, al Vía Crucis el Viernes Santo y a la bendición de los animales en la calle de Olvera.

Fue una Pascua especial, tanto aquí en Los Ángeles, como en la Iglesia universal. En primer lugar, porque estamos viviendo el Año Jubilar de la Misericordia decretado por el Papa Francisco.

Pero, también, este año, el Viernes Santo cayó el 25 de marzo, que es la fiesta de la Anunciación. Esto es algo poco común, que no va a volver a suceder hasta mediados del siglo próximo.

Sabemos, por supuesto, que la Anunciación es el día en el que Jesús se encarnó en el seno de la Virgen María por obra del Espíritu Santo. Y que el Viernes Santo, por supuesto, es el día en que Jesús sufrió y se ofreció a sí mismo por nuestros pecados y por nuestra salvación, en el Espíritu, a Dios nuestro Padre.

Y yo estaba reflexionando acerca de que la coincidencia de que estos grandes momentos en la historia de la salvación caigan en el mismo día, nos ofrece una perspectiva especial del plan de Dios para el mundo y para nuestras vidas.

Esta coincidencia nos recuerda que en el plan de Dios, toda la creación —desde el principio— estuvo orientada hacia la “nueva creación” que tiene su inicio en la Encarnación de Jesús y llega a su cumplimiento en su muerte en la cruz y en su resurrección. Desde el primer día de la creación, todo se estaba desarrollando y avanzando hacia esa primera mañana de Pascua.

En su gran canto del “Magnificat”, la Virgen María nos dijo que la misericordia de Dios perdura de generación en generación. Y este año verdaderamente me impresionó el hecho de que la historia del mundo es la historia del amor y de la misericordia de Dios, que se pone de manifiesto una y otra vez a través de las generaciones.

Todos nosotros hemos nacido y vivimos por el don de la misericordia de Dios en nuestras propias experiencias. En su misericordia, él nos da la vida. Y por su misericordia, él perdona nuestros pecados y nos da nueva vida a través de la muerte y resurrección de Jesús.

Lo que pido para nosotros en este tiempo gozoso de Pascua, es que todos redescubramos el don y el milagro de la misericordia de Dios en nuestras vidas.

Tratemos realmente de tener un nuevo comienzo, en el que acojamos una vez más la vida nueva que Dios nos ha dado a través de Jesús. Abramos nuestros corazones a la misericordia de Dios y dejemos que la luz de Cristo brille en cada uno de los aspectos de nuestras vidas.

Dios quiere que el milagro de Pascua —el milagro y el misterio de su misericordia— siga actuando en la vida de ustedes y en la mía.

Como estoy seguro que habrán notado, durante las celebraciones de Semana Santa, las primeras en experimentar la resurrección fueron mujeres: María Magdalena y sus compañeras. Estas mujeres encontraron que la piedra había sido removida del sepulcro de Jesús, y hablaron con aquel ángel que estaba allí. Luego, con gran asombro, salieron corriendo a contarle a la gente lo que había sucedido.

Estas mujeres se convirtieron en las primeras evangelizadoras, ¡en los primeros testigos de la Resurrección! Se convirtieron en misioneras, en discípulas misioneras.

Como esas santas mujeres que descubrieron la tumba vacía, como los primeros Apóstoles, nosotros también estamos llamados, en nuestra propia época a ser testigos de su Resurrección. Estamos llamados a ser testigos del poder de la misericordia de Dios en nuestras vidas.

Salgamos al encuentro de las personas que se sienten olvidadas en nuestra sociedad; de las personas que se sienten excluidas, solitarias y pobres. Manifestémosles a todos la compasión y la misericordia que Dios ha manifestado hacia nosotros.

Nosotros caminamos ahora por este mundo como gente que sabe que Dios está vivo. Caminamos por este mundo como personas que saben que Jesús las ama y que ha dado su vida por ellas. Y ahora Jesús está viviendo justo a nuestro lado, acompañándonos en todo lo que hacemos.

Así que en estos hermosos días después de Pascua, oremos unos por otros. Y pidámosle a Jesús que nos dé la gracia y el poder de vivir como él vivió. Pidámosle que nos ilumine para que podamos ver el mundo con sus ojos. Pidámosle que nos fortalezca para que podamos amar como él amó.

También, durante este tiempo bendito, sigamos orando por todos aquellos que están siendo perseguidos por su fe, y oremos especialmente por las almas y las familias de las víctimas de los ataques terroristas de la semana pasada en Bélgica y en Pakistán.

Que nuestra Santísima Madre María, la Madre de la Misericordia, nos ayude a crear un mundo en el que todas las heridas de la división sean sanadas y en el que todos los hijos de Dios puedan vivir en paz.

*La columna de opinión de Mons. José Gomez está disponible para ser utilizada gratuitamente en versión electrónica, impresa o verbal. Sólo es necesario citar la autoría (Mons. José Gomez) y el distribuidor (ACI Prensa)