Siempre que entramos en el último mes del año litúrgico, la Iglesia nos llama a recordar a nuestros seres queridos que nos han precedido, y también a reflexionar acerca de las realidades últimas y de nuestro propio fin último.

Todas esas son consideraciones importantes, pero que no tienen la intención de hacernos sentir tristes. La Iglesia empieza el mes de noviembre celebrando la fiesta de Todos los Santos y de Todos los Fieles Difuntos para recordarnos que nuestra vida pertenece a Dios, quien es el Dios de los vivos y no de los muertos.

Este año, la arquidiócesis conmemoró el día de los Fieles Difuntos con una vigilia tradicional del “Día de los Muertos” en el cementerio Calvary, en el Este de Los Ángeles.

Más de mil personas acudieron a lo que fue una hermosa celebración de la fe en la Resurrección. Algunos niños de las escuelas católicas y sus familias ayudaron a crear altares para sus seres queridos. Luego hubo una procesión con velas que precedió a una Misa solemne.

Estas dos fiestas en este mes nos recuerdan que el bautismo es el gran inicio, lo que abre paso en esta vida para la vida futura, la vida del mundo por venir.

El bautismo nos une a la familia de Dios aquí en la tierra y nos une con la comunión de los santos en el cielo.

Por eso decoramos los altares del Día de los Muertos con fotos y objetos que nos recuerdan a nuestros seres queridos, porque sabemos que ellos están siempre cerca de nosotros. Los vínculos espirituales creados por el bautismo no pueden romperse, ni siquiera con la muerte.

Como católicos, nuestra vida es un camino de esperanza, un sendero que sabemos nos llevará un día a encontrarnos cara a cara con el Dios de la vida.

Pero la esperanza que tenemos en el cielo no garantiza que nuestra vida estará libre de dolor, dificultades y tristeza.

En la homilía por el Día de Todos los Santos este año, el Papa Francisco nos recordó que tenemos hermanos y hermanas —en todo el mundo y en nuestro entorno más inmediato— que están sufriendo. Habló de las guerras, de la pobreza, de las persecuciones y de la soledad de aquellos que son olvidados y excluidos por todos.

Los problemas del mundo —todos nuestros sufrimientos personales y los sufrimientos de los demás— son un llamado a cumplir con nuestro deber. Un llamado a tener valor y compasión y a ayudarnos unos a otros a llevar el peso de la vida.

Hace un par de semanas, tuve la oportunidad de asistir a la proyección de una película que se va a presentar al público el próximo mes de febrero. Se llama “Little Boy”, y es sobre un niño que quiere que su padre regrese de la guerra.

El niño habla con su párroco, y el sacerdote le da una lista de cosas por hacer que contribuirán a traer a su padre de regreso, sano y salvo. La lista consiste en las tradicionales obras de misericordia de la Iglesia: dar de comer al hambriento, de beber al sediento, dar posada al que no tiene hogar, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y a los prisioneros, enterrar a los muertos.

El punto que quiere resaltar es que progresamos en nuestro camino al cielo si caminamos por el sendero de la misericordia aquí en la tierra.

Como dijo el Papa Francisco: “¿Cuál debe ser nuestra actitud, si queremos llegar a ser parte de este pueblo que recorre el camino hacia el Padre… en este mundo de guerras, en este mundo de tribulaciones? Nuestra actitud… es la de las Bienaventuranzas. Sólo ese camino nos puede llevar al encuentro con Dios”.

Y debemos recordar que no caminamos solos.

La Iglesia es una familia y en las familias sus miembros se ayudan mutuamente. La comunión de los santos es una comunión de amor. Entonces, en este mundo siempre caminamos en compañía de nuestros hermanos y hermanas de la Iglesia. Y también con los santos y los ángeles.

En este mes de recuerdos, recemos más intensamente unos por otros. Y esforcémonos por renovar la esperanza que tenemos en el cielo y por incrementar nuestra fe en la comunión de los santos.

La celebración de la Eucaristía es un momento privilegiado en el que la Iglesia del cielo y la Iglesia de la tierra están unidas como una sola familia de Dios y en la comunión de los santos.

Durante este mes, tratemos de rezar las oraciones de la Misa con una atención y devoción renovadas. Cuando hacemos esto, nos podemos dar cuenta de que en la Eucaristía nuestras voces se unen para cantar con los ángeles del cielo, y podemos ofrecer oraciones a todos los ángeles y santos. También recordamos a nuestros hermanos y hermanas que se durmieron en la esperanza de la resurrección, y pedimos gozar todos juntos de la vida eterna, con María, la Virgen Madre de Dios, los Apóstoles y todos los santos de todos los tiempos.

Pidámosle entonces a María, la Reina de todos los Ángeles y Santos, que ore por nuestros seres queridos y por nosotros. Que el rostro misericordioso de Dios pueda brillar sobre nosotros y que todos podamos estar juntos para siempre con Él, en el cielo.

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