¡Saludos de Pascua desde Roma! Esta semana estoy aquí con mis hermanos obispos para nuestras visitas “ad limina”.

A los obispos se les requiere que vengan a Roma una vez cada cinco años, para encontrarse con el Papa y dar cuenta de la fe católica en sus diócesis. De modo que estamos aquí junto con los otros obispos de California y los obispos de Hawai y Nevada.

Las palabras latinas ad limina se refieren a ir al “umbral” de las tumbas de los apóstoles San Pedro y San Pablo. Y esas visitas simbolizan nuestro respeto por el Papa, que es el sucesor de San Pedro como cabeza del colegio de obispos y de la Iglesia de Cristo en la tierra.

Mientras escribo, acabamos de terminar nuestro primer día de juntas. Este fue un día especial, porque venimos a este “umbral” el 16 de abril, cumpleaños número 85 del Papa Benedicto XVI.

¡Yo tuve la bendición de orar por nuestro Santo Padre como la primera cosa del día esta mañana, mientras miraba la Basílica de San Pedro! Yo recé el Credo de los Apóstoles y pedí a Dios la fuerza para acompañar al Papa en su ministerio a la Iglesia universal.

Nosotros nos encontraremos con el Santo Padre más tarde esta semana. Mis hermanos obispos y yo también iremos a diferentes departamentos del Vaticano para discutir áreas específicas de nuestro ministerio.

En nuestro primer día, nos encontramos con el Tribunal Apostólico que supervisa la ley de la Iglesia, conocida como Derecho Canónico. Nos encontramos con el cardenal Raymond Burke y su personal, y tuvimos una buena plática.

Hablamos sobre cómo la ley de la Iglesia no es solamente una práctica de “hacer” “o no hacer”. La ley de la Iglesia es realmente una manera de entender y vivir la verdad del Evangelio.

Yo volví de esa reunión con un renovado sentido de cómo conocer mejor el Derecho Canónico, nos puede ayudar a conocer el amor de Dios por nosotros y puede facilitar nuestra camino a la santidad.

También nos encontramos en nuestro primer día con oficiales del Concilio Pontificio para la Familia.

Hablamos sobre cómo los católicos necesitan ser líderes en ayudar a nuestro mundo a redescubrir la belleza del matrimonio. Y hablamos acerca de lo esencial que es para el futuro de nuestra sociedad que fortalezcamos el matrimonio y la familia.

Esta reunión me hizo reflexionar sobre como el matrimonio y la familia siempre deben permanecer en el “camino de la Iglesia”, que es lo que el Beato Juan Pablo II acostumbraba decir.

Finalmente, en este fructífero primer día, celebramos la Misa en la Basílica de San Pablo Extramuros. Este es el lugar donde San Pablo está enterrado.

Pienso que es providencial que nosotros hayamos comenzado nuestra visita aquí. Porque en esta basílica, en 1959, el Santo Padre Juan XXIII anunció su deseo de convocar el Segundo Concilio Vaticano.

Este año celebramos el 50 aniversario del Concilio. Y como sabemos, para celebrarlo, el Papa Benedicto ha declarado un “Año de Fe”, que comenzará el 11 de octubre de 2012, el aniversario de la apertura del Vaticano II en 1962.

Así que durante nuestra Misa, yo oré para que todos nosotros tengamos la pasión apostólica de San Pablo y nos dediquemos nosotros mismos a la nueva evangelización. Y recé para que encontremos nueva alegría en vivir nuestra fe y compartirla con otros.

Yo mismo me encuentro aquí en Roma con un renovado espíritu de fe y alegría. Es muy conmovedor para mí venir a este “umbral” durante estos primeros días de la temporada de Pascua.

Las lecturas que escuchamos en nuestras liturgias durante esta temporada se enfocan en los Hechos de los Apóstoles y especialmente en la predicación y el ministerio de San Pedro.

Lo que vemos en esos primeros días de la Iglesia son testimonios vivos de la Resurrección y de lo que significa ser “engendrado por Dios” en el Bautismo.

En una de las lecturas que escuchamos durante esta temporada, San Juan dice: “Pues, ¿Quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? Este es el que vino por el agua y por la sangre.” (I Jn. 5-6)

Yo siento que esta fe en Jesús está viva en nuestra gran arquidiócesis.

Nuestra Iglesia aquí en el Sur de California está viva, creciente y llena de compromiso por la nueva evangelización de nuestra cultura y por la edificación de la nueva ciudad de verdad y amor en Norteamérica.

Así es que oremos unos por otros en este hermoso tiempo de esperanza. Y por favor, oren de una manera especial esta semana, por mis hermanos obispos y por mí.

Y por favor, sepan que mis oraciones aquí están con todos los fieles de la arquidiócesis de Los Ángeles. Estoy pidiendo a Dios que nos de su gracia para renovar nuestro amor por Dios y su santa Iglesia.

¡Santa María, Madre de la Iglesia, Nuestra Señora de Los Ángeles, ruega por nosotros!

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