La Iglesia es una Iglesia de mártires. Siempre y en todas partes y en todo tiempo y lugar.

Y, como dijo el Papa Francisco el pasado fin de semana, “la antigua historia del martirio se une a la memoria de los nuevos mártires” que están sufriendo la muerte hoy en día.

“Todos ellos son la sangre viva de la Iglesia”, dijo.

El Papa pronunció estas palabras en un muy especial servicio de oración nocturno, en el que recordó el testimonio de los “nuevos mártires”: esos cristianos asesinados por los nazis, por los comunistas, esos que murieron bajo varias dictaduras en el siglo pasado, esos que son asesinados actualmente por los regímenes terroristas religiosos.

Entre aquellos de quienes se hizo memoria estaban los cerca de 50 cristianos coptos que fueron asesinados por terroristas suicidas islámicos en ataques separados a dos iglesias en Egipto. También, de los cristianos —entre quienes había madres e hijos— que fueron asesinados mientras participaban en la ceremonia del Domingo de Ramos.

Este próximo fin de semana, el papa viajará a El Cairo, y no estará lejos del sitio donde tuvo lugar uno de los ataques del Domingo de Ramos. Su visita pondrá de relieve la constante violencia que hay contra los cristianos, no sólo en Egipto sino en todo el Medio Oriente.

Se estima que en todo el mundo, todos los días y cada hora hay un cristiano que es asesinado por su fe. Vale la pena volver a leer de nuevo, lentamente, esa frase.

Más de 200 millones de cristianos viven diariamente en riesgo de persecución, según un creciente número de reportes de los últimos años, dados por autoridades que van desde el Departamento de Estado de Estados Unidos y la Unión Europea hasta agencias no gubernamentales, tales como el Pew Research Center.

Esa experiencia diaria del ser cristiano para muchas personas incluye el ser torturado y asesinado, el que sus escuelas e iglesias sean destruidas, el que sus hogares sean confiscados.

La persecución es tan terrible que la población cristiana de Irak —una de las comunidades cristianas más antiguas del mundo— apenas llegue ahora a los 250,000. Y los cristianos en Siria son menos de 500,000.

El Papa Francisco ha dicho que la campaña islámica contra el cristianismo en Oriente Medio es una forma de “genocidio”, y el gobierno de Estados Unidos ha estado de acuerdo con ello.

De hecho, hace poco más de un año nuestro gobierno hizo la declaración formal de que el Estado Islámico está cometiendo un “genocidio” contra los cristianos y contra otras minorías religiosas en el Medio Oriente. El año pasado, ambas cámaras del Congreso aprobaron medidas para condenar este genocidio.

Pero todo se ha limitado a las palabras y no ha habido ninguna acción.

Desde que se hicieron estas declaraciones, cristianos, yazidíes y otros grupos perseguidos no han recibido ninguna protección ni asistencia, ni de nuestro gobierno, ni de las Naciones Unidas. Decenas de miles viven casi como refugiados permanentes en campamentos de Irak y de otros lugares.

La falta de acción, la falta de preocupación y la indiferencia de los medios de comunicación e incluso de nuestras iglesias, es inconcebible. No deberíamos aceptar un mundo en el que algunos pueden asesinar en el nombre de Dios y otros pueden ser asesinados por el simple hecho de creer en Jesucristo.

Nuestro gobierno por lo menos debería unirse internamente para proporcionar una ayuda específica para los que están sufriendo a manos del Estado Islámico en Irak y en Siria.

Justo ahora hay una legislación bipartidista que tiene intención de hacer esto. La “Ley de emergencia para el socorro y la toma de responsabilidad ante el Genocidio de Irak y de Siria” (H.R. 390) proporcionaría una asistencia vital a los sobrevivientes del genocidio y crearía un sistema para investigar y procesar a quienes cometen estas atrocidades.

Hago un llamado urgente a todos los miembros de la comunidad católica a que les pidan a sus representantes en el Congreso que apoyen esta medida. Es lo menos que podemos hacer.

Por cada “nuevo mártir” de que oímos hablar, hay muchos más que jamás conoceremos.

Este fin de semana, el Papa Francisco narró una emotiva historia acerca de una mujer católica casada con un hombre musulmán. El Papa conoció al esposo de esta mujer en un campo de refugiados en Lesbos, Grecia. El hombre le dijo que cuando los terroristas invadieron su casa vieron que la mujer llevaba puesto un crucifijo y le exigieron que lo tirara al piso. Cuando ella se negó a hacerlo, la mataron.

Esta es la terrible realidad de la persecución anticristiana en nuestro mundo de hoy.

En el servicio de oración del fin de semana pasado, el Papa Francisco dijo: “¿Qué necesita hoy la Iglesia? Mártires, testigos, es decir, santos de la vida cotidiana, esos santos que viven una vida ordinaria, enfrentándola con coherencia”.

Hemos de ser ese tipo de testigos, ese tipo de santos cotidianos. Y hemos de buscar nuevas maneras de ayudar a los cristianos en Medio Oriente, para poner fin a la violencia y empezar el proceso de sanación y de reconciliación.

Oren por mí esta semana, que yo oraré por ustedes. Y sigamos orando por nuestros hermanos y hermanas perseguidos. Pidámosle a Dios que les dé el valor y la fuerza necesarios para perseverar en su testimonio de Jesús. Oremos también por los enemigos de la Iglesia, para que Dios convierta sus corazones y los haga abandonar el terror y el asesinato.

Y, pidámosle a nuestra Santísima Madre María que vele por el Papa Francisco en su viaje pastoral a Egipto este fin de semana, para que él pueda dar testimonio de que el amor y la misericordia, y no el odio y la violencia, son el verdadero rostro de Dios y la verdadera esperanza para la humanidad.

*La columna de opinión de Mons. José Gomez está disponible para ser utilizada gratuitamente en versión electrónica, impresa o verbal. Sólo es necesario citar la autoría (Mons. José Gomez) y el distribuidor (ACI Prensa)