Hemos reflexionado sobre las palabras del Padrenuestro durante estas semanas de Pascua.

Y ahora que nos preparamos para Pentecostés y para la venida del Espíritu Santo, recordamos que el Espíritu nos es dado para que podemos llamar a Dios “¡Abba!, Padre”, tal y como Jesús nos lo enseñó.

Y la oración que Él nos enseña, nuestra oración de hijos de Dios, concluye con tres peticiones que imploran la misericordia y la protección de Dios.

Estas peticiones reflejan el “realismo” de nuestra fe y nuestra visión cristiana del mundo. En esta oración decimos: perdónanos, no nos dejes y líbranos. Esto tiene todo un sentido de que estamos orando por la humanidad entera.

La frase “perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”, reconoce que vivimos en un mundo en el que nos hacemos daño unos a otros, y en el que nos sentimos culpables y con necesidad de ser sanados.

Las leyes de Dios, las enseñanzas de la Iglesia, no son principios abstractos o reglas arbitrarias. Son los términos en base a los cuales funciona una relación viva, una relación de amor.

Para Dios somos algo más que “criaturas”. Somos sus hijos e hijas. Sus enseñanzas y sus leyes marcan el camino que nos ha de llevar hacia la felicidad, la alegría y el amor que Él quiere para sus hijos.

Cuando “ofendemos” a Dios, es algo personal. Estamos alejando a Dios, estamos rechazando la amistad que Él nos ha ofrecido. Lo mismo sucede cuando ofendemos a los demás. Al hacerlo, estamos negando que estemos destinados a vivir como hermanos y hermanas, como hijos de un mismo Padre amoroso.

Jesús nos llama a amar a Dios con todo nuestro corazón y a nuestro prójimo como a nosotros mismos. No podemos decir que amamos a Dios si no amamos a nuestros hermanos y hermanas. No podemos esperar el perdón de Dios si no estamos dispuestos a perdonar a los demás.

Esta es la constante enseñanza de Jesús.

El perdón es el fruto del amor. Dios nos perdona porque nos ama. Por eso, nosotros oramos para poder abrir nuestro corazón y para poder tratar con misericordia a los demás, de manera que nuestros corazones puedan estar abiertos a la misericordia de Dios.

En nuestra oración pedimos llegar a tener un corazón como el de Jesús, quien, al pronunciar sus últimas palabras desde la cruz, oró por sus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos”.

Cuando pedimos el perdón de Dios en nuestra oración, estamos pidiendo el valor para sentirnos verdaderamente arrepentidos, sin justificarnos a nosotros mismos y sin tratar de justificar nuestras acciones. Cuando oramos pidiendo perdonar a los demás, pedimos ser misericordiosos como nuestro Padre es misericordioso.

Hemos de perdonar a los demás desde el fondo de nuestro corazón, sin reservas de ningún tipo. Hemos de perdonar con la alegría que viene de saber que nosotros hemos sido perdonados.

La oración de Jesús concluye con dos peticiones finales de la misericordia de Dios: “No nos dejes caer en la tentación” y “Líbranos del mal”.

Por supuesto, Dios es misericordioso y amoroso. Y, como escribe el Apóstol Santiago, Dios no nos tienta.

Somos tentados por el mundo y por nuestra debilidad, porque somos humanos. La expresión: “No nos dejes”, nos recuerda que no somos autosuficientes, que necesitamos a Dios para seguir adelante a través de los caminos de este mundo.

Jesús fue probado en el desierto para que nosotros supiéramos que nuestra fe también será puesta a prueba en las luchas de la vida cotidiana. Así que le pedimos a Dios que nos tenga paciencia, que nos mantenga cerca de Él.

Le pedimos también que nos libre del mal en el mundo. Sabemos que el mal es algo real. Vemos la evidencia de esto todos los días. Pero también sabemos que el amor de Dios es más fuerte. Entonces, le rogamos a Jesús que venga para estar con nosotros, que camine con nosotros a través de los valles oscuros de esta vida.

El Padrenuestro, como hemos venido diciendo, es una oración para gente “realista”. La realidad es que somos hijos amados de Dios y que Él, en su Providencia amorosa, se preocupa por cada uno de nosotros.

Por eso oramos nuevamente, para que sepamos entregarnos a la voluntad de Dios y a su amoroso designio de amor para nuestra vida. Oramos con confianza porque sabemos que la voluntad de Dios es nuestra santidad y nuestra salvación. Sabemos que todas las cosas son para bien si amamos a Dios y vivimos de acuerdo con sus propósitos.

La última palabra de nuestra oración es siempre, “Amén”; que es una palabra que significa: “Que así sea”.

La palabra “Amén” transforma nuestra oración en acción. De modo que esta semana, oremos juntos implorando la venida del Espíritu Santo. Y pidamos que podamos realmente vivir el Padrenuestro, recurriendo a nuestro Padre para pedirle alimento, perdón y liberación; buscando su voluntad para nuestras vidas, y que su Reino venga a la Tierra.

Y en este mes de María, sigamos recurriendo a nuestra Santa Madre, que supo decir “hágase”, y así nos dio Jesús.

*La columna de opinión de Mons. José Gomez está disponible para ser utilizada gratuitamente en versión electrónica, impresa o verbal. Sólo es necesario citar la autoría (Mons. José Gomez) y el distribuidor (ACI Prensa)