No hay trabajo más importante hoy en la Iglesia, que llamar y formar hombres para el sacerdocio.

Y más y más estoy convencido de que en nuestro trabajo de vocación y formación, necesitamos convertirnos en mejores estudiantes de nuestra cultura estadounidense dominante.

Los hombres hoy están tratando de escuchar el llamado de Dios y de seguirlo dentro de esta cultura. Y nosotros los estamos formando a fin de enviarlos como apóstoles a esta cultura.

Todos conocemos las muchas tendencias negativas que hay en la cultura estadounidense de hoy. Secularismo y relativismo moral. Una actitud altamente sexualizada y materialista. Individualismo radical. Rompimiento de las familias. Crisis en el matrimonio, la paternidad y el compromiso personal. Indiferencia religiosa y el “eclipse de Dios”. Más y más personas están viviendo como si Dios no existiera.

Necesitamos entender el impacto que esta cultura está teniendo en nuestra gente de fe y su capacidad para conocer y creer en Jesús. Necesitamos entender cómo esta cultura establece nuestros esfuerzos para llamar y formar candidatos al sacerdocio.

Los primeros misioneros para los Estados Unidos fueron serios estudiosos de las culturas indígenas que encontraron aquí. Estoy pensando en sacerdotes pioneros como el Bienaventurado Junípero Serra y el Padre Eusebio Kino en la costa del Pacífico, y en el sur oeste del país.

También estoy pensando en el obispo Federico Baraga, que evangelizó en el Medio Oeste a mediados del siglo 19. Recientemente nuestro Santo Padre el Papa Benedicto XVI lo declaró “venerable” en el camino a la santidad. El venerable Baraga fue un sacerdote misionero extraordinario. Él escribió catecismos y libros de oraciones en lenguas Ottawa y Chippewa.

Estos primeros misioneros estudiaron esas culturas con el fin de transformarlos. Con el fin de llevar a la gente al encuentro con Jesucristo, a través y dentro de esas culturas.

En nuestra formación de sacerdotes tenemos que pensar de la misma manera.

El futuro de la formación sacerdotal en Estados Unidos será y debe ser, multicultural.

Hoy nuestros seminaristas vienen de casi todos los continentes geográficos y de muchos orígenes étnicos, culturales y socio-económicos. Eso significa que necesitamos ser sensibles a las diferencias culturales en nuestros programas de educación y de formación.

Muchas de nuestras tradicionales suposiciones sobre la espiritualidad y la oración, fueron formadas durante los siglos en un contexto europeo. Pero hoy en día nosotros estamos más conscientes de que los antecedentes culturales tienen una gran influencia en la manera como la gente ora y ve el mundo.

Así que queremos asegurar que nosotros no impongamos en nuestros seminarios un modelo de dirección espiritual, formación y piedad que “les queda a todos”.

Pero si nuestra formación debe ser multicultural, al mismo tiempo debe ser también contracultural e intercultural.

Necesitamos preparar sacerdotes que puedan contrarrestar nuestra cultura estadounidense – por su predicación, por su cuidado pastoral, por su estilo de vida. Necesitamos formar sacerdotes que puedan purificar y santificar nuestra cultura con los valores y la visión del Evangelio.

El mundo será convertido –no por palabras y programas- sino por testimonios.

Por eso la parte más importante de la formación de un sacerdote será siempre su relación personal con Dios en Jesucristo.

Nosotros necesitamos hacer todo lo que podamos para promover el crecimiento de nuestros seminaristas en la intimidad con Dios. A través de la lectio divina, la lectura orante de las sagradas escrituras. Mediante la adoración de la Sagrada Eucaristía. Y sobre todo, a través de su constante conversación con Dios en oración.

El Bienaventurado Papa Juan XXIII dijo una vez a un grupo de seminaristas y sus profesores:

“En vista de la misión que les ha sido confiada a ustedes para la gloria de Dios y la salvación de las almas, este es el propósito de su educación: formar la mente, santificar la voluntad. El mundo espera santos: esto sobre todo. Antes de que los sacerdotes sean cultos, elocuentes, estén al día, hay una necesidad de sacerdotes santos que santifiquen.”

Este es el punto más importante. Este es el propósito de todo lo que hacemos en nuestra vocación y nuestros esfuerzos de formación. Esto es lo más importante. Hacer Santos.

Todos nosotros en la Iglesia estamos aquí para acompañar a hombres en su jornada al sacerdocio. Para trabajar con la Gracia de Dios para formar sus mentes y santificar sus voluntades.

Mediante nuestras oraciones y nuestros ministerios, estamos aquí para hacer verdaderos hombres de Dios, en quienes los hombres y mujeres de nuestro tiempo puedan ver a Jesucristo. Hombres que prediquen el Evangelio con su vida. Hombres que vivan el misterio que celebran en el altar. Que se hagan ellos mismos un don total. Por amor a Dios y amor a las almas. Hombres que presenten sus cuerpos como un sacrificio vivo y santo a Dios.

Esta semana oremos unos por otros, y pidamos la gracia de ser mejores promotores de vocaciones en nuestra Iglesia.

Y encomendémonos nosotros mismos al cuidado maternal y la guía de la Santísima Virgen María, la Madre de los Sacerdotes y de la Nueva Evangelización.

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