El pasado 8 de septiembre, el arzobispo Gómez dirigió un servicio de oración a la luz de las velas para conmemorar el 250 aniversario de la fundación de la Misión San Gabriel Arcángel. Lo que sigue es una adaptación de su homilía.

Esta noche celebramos el cumpleaños de Nuestra Señora y el nacimiento de esta histórica Misión San Gabriel Arcángel.

En el plan de amor de Dios, es María quien, en todo momento y lugar, nos trae a Jesucristo. Éste es el hermoso papel que Dios le ha dado a Nuestra Señora en la historia de la salvación.

Al recordar su nacimiento, recordamos también su destino. Recordamos que, en la plenitud de los tiempos, el Arcángel Gabriel fue enviado para comunicarle a María un mensaje de Dios.

Lo que el Arcángel Gabriel le dijo a María le cambió a ella la vida. Y lo que María le respondió al ángel, cambió el mundo: “Hágase en mí según tu palabra”. Y la palabra de Dios se hizo carne en el seno de María.

Y por ese motivo estamos aquí. Hace doscientos cincuenta años, en esta noche, fue establecida esta misión de la Natividad de la Santísima Virgen —la Misión San Gabriel— por San Junípero Serra y sus hermanos franciscanos, con la colaboración de los nobles indígenas Tongva, que son los pueblos originarios de esta tierra.

Durante los últimos doscientos cincuenta años, se ha construido una gran familia de Dios sobre esta “roca”, que es la Iglesia Católica de Los Ángeles, la Iglesia de Nuestra Señora, Reina de los Ángeles. Sobre esta roca, propició Dios un nuevo comienzo de su reinado en Estados Unidos.

Los fundadores de esta misión hicieron memoria del papel que tuvo María en la historia de la salvación y recordaron al ángel que Dios le envió a ella. Y les encomendaron a ambos su labor.

María es la misionera fundamental. Ella fue la primera en dirigirse al mundo para compartirle a alguien la alegría de haberse encontrado con su Señor y Salvador.

Recordamos cómo María salió presurosa a visitar a su prima Isabel. En el Rosario hacemos memoria de este momento de alegría en que Isabel tuvo la hermosa sorpresa de encontrarse con Cristo.

Ésta es la misión de ustedes y la mía. Para eso fuimos creados, por eso estamos aquí en esta tierra: para conocer a Jesús, para amar a Jesús y para proclamar que el nombre de Jesús es el único en la tierra por el que podemos ser salvados.

Jesús le confiere a su Iglesia y a cada uno de nosotros, los que formamos parte de ella, una única misión: “Vayan por todo el mundo y proclamen el Evangelio a toda creatura”.

A veces me pregunto cómo se sentirían aquellos misioneros al dejar atrás sus hogares y sus familias, sabiendo que nunca regresarían. ¿Qué es lo que podría provocar que una persona se dirigiera a un lugar que nunca ha visto, para ponerse al servicio de un pueblo al que ni siquiera conoce?

Existe una hermosa carta en la cual San Junípero habla de salir de España hacia el Nuevo Mundo, y en la que describe sus sentimientos al saber que nunca volverá a ver a sus padres:

“Me faltan en esta carta palabras, aunque me sobren afectos para despedirme… si no nos volvemos a ver en esta vida, que merezcamos de Dios nuestro Señor el estar juntos para siempre en la Gloria… antes que ninguna otra cosa, lo primero es hacer la voluntad de Dios cumpliéndola. Por amor de Dios los he dejado”.

El amor es el motivo por el cual San Junípero Serra vino a California. Y el amor es la causa de la Misión San Gabriel Arcángel. El amor a Jesucristo, el amor a cada persona por la que Jesucristo vivió y murió en esta tierra.

Entonces, esta noche estamos sobre la roca de aquellos que estuvieron aquí antes que nosotros. Esta noche le damos gracias a Dios por aquellos primeros misioneros y por los nativos de esta tierra. Por el sufrimiento y los sacrificios de ellos, porque ellos nos trajeron a Jesús.

Y ahora, especialmente en estos momentos en que damos comienzo a este Año Jubilar, Jesús nos está llamando a todos a edificar sobre los cimientos que fueron colocados aquí hace doscientos cincuenta años. Él nos está llamando a seguir construyendo el reino de Dios en Los Ángeles, en Estados Unidos y en todo este continente.

Un Año Jubilar no es solamente un aniversario. Es un nuevo comienzo. Dios Todopoderoso derramará muchas gracias sobre su Iglesia en este año santo.

Entonces, ¡hagamos de éste un año dedicado a vivir para Jesús! Dedicado a vivir con alegría de corazón. ¡Haciendo todo lo posible por compartir con los demás el amor de él en todo lo que hacemos!

Y que Nuestra Santísima Madre María, la Reina de los Ángeles, nos ayude a seguir los pasos de su Hijo, a amarlo y a darlo a conocer, tanto en nuestros hogares como en nuestras parroquias y ministerios, en nuestras escuelas y en nuestra sociedad.

San Gabriel Arcángel, ¡ruega por nosotros!

San Junípero Serra, ¡ruega por nosotros!

*La columna de opinión de Mons. José Gomez está disponible para ser utilizada gratuitamente en versión electrónica, impresa o verbal. Sólo es necesario citar la autoría (Mons. José Gomez) y el distribuidor (ACI Prensa)