Hemos llegado a un momento importante en nuestro debate nacional sobre la inmigración.

Mientras escribo estas líneas, el Senado de Estados Unidos está empezando las discusiones sobre la legislación bipartidista que realizaría el cambio más amplio de los últimos 30 años en nuestras leyes de inmigración.

Estoy en San Diego con mis hermanos obispos esta semana, en la reunión anual de primavera de la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos. Muchas de nuestras conversaciones están centradas en el debate sobre la inmigración en Washington

La semana pasada, tuve el privilegio de ser el anfitrión de una “consulta sobre migración” que reunió a obispos de México, América Central, el Caribe, Canadá y Estados Unidos. La reunión fue organizada por los Obispo de Estados Unidos y se llevó acabo en la Casa de Retiros del Sagrado Corazón en Alhambra.

Los obispos de las Américas – del Norte, Centro y Sur – están unidos en su llamado a los Estados Unidos para que realice una reforma migratoria que asegure las fronteras, defienda las leyes, proteja los derechos humanos y proporcione a los trabajadores indocumentados una vía para la legalización y la ciudadanía.

Al comienzo de este debate del Senado, los Obispos de Estados Unidos piden a los legisladores que aprueben un proyecto de ley que ofrezca un camino claro y amplio a la ciudadanía, de modo que el mayor número de personas puedan salir de las sombras y convertirse en miembros de plenos derecho de nuestra sociedad.

Los Obispos también quieren asegurar que nuestras políticas de inmigración no pierdan de vista las familias, que son la columna vertebral de nuestra sociedad. La unidad familiar, basada en la unión de un esposo, una esposa y sus hijos, debe seguir siendo la piedra angular del sistema de inmigración de nuestra nación.

Este debate sobre inmigración es en realidad sobre el futuro de Estados Unidos – y el futuro de la Iglesia. La Iglesia Católica en este país siempre ha sido una Iglesia de inmigrantes, de la misma manera como Estados Unidos siempre ha sido una nación de inmigrantes.

Muchos de nosotros hemos olvidado nuestras raíces inmigrantes. Pero nuestra Iglesia sigue siendo una Iglesia de inmigrantes. Las generaciones que nos precedieron daban la bienvenida a los recién llegados de todas las naciones de Europa. Y en nuestros días, seguimos acogiendo a los recién llegados – solo que ahora llegan principalmente de América Latina, Asia, Oceanía y África.

Sin embargo, cada día vemos los efectos de un sistema de inmigración ineficiente.

Las familias son separadas, los trabajadores inmigrantes son explotados, y nuestros hermanos y hermanas están muriendo en el desierto fuera de nuestras fronteras. A través de nuestra falta de acción política, permitimos el crecimiento de una gran subclase al margen de nuestra sociedad.

Para este gran país – que en el pasado siempre ha ofrecido asilo a los refugiados e inmigrantes – esto es moralmente inaceptable.

Estados Unidos siempre ha sido una nación guiada por la justicia y el derecho. Pero también somos un pueblo lleno de compasión y sentido común. En este momento, nuestro sistema no ayuda el cumplimiento de las leyes ni es de servicio a la causa de los derechos humanos. Lo que estamos haciendo ahora traiciona nuestros valores y está haciendo que nuestro país sea más débil y más vulnerable.

Será un debate difícil tanto en el Congreso como para el público en general, pero tengo muchas esperanzas de que ahora es el momento adecuado para una reforma justa y verdadera de nuestras políticas de inmigración.

He estado escribiendo, hablando y promoviendo el tema de la inmigración por casi 20 años. Para mí, el debate nacional sobre la inmigración es una gran lucha por el espíritu y el alma de Estados Unidos.

Es por eso que he decidido escribir un pequeño libro en medio de este gran debate. Se llama “Inmigración y el futuro de Estados Unidos de América: Renovando el alma de nuestra nación” (Our Sunday Visitor).

He venido trabajando en este libro desde hace mucho tiempo. No es una propuesta política ni un trabajo académico. Lo he escrito como un pastor que se preocupa por el alma de Estados Unidos de América y por la dignidad y los derechos de aproximadamente 11 millones de personas que están aquí sin la documentación apropiada.

Para mí, la inmigración es uno de los grandes retos de los derechos humanos para nuestra generación. Pero también es un momento histórico decisivo para los Estados Unidos, un momento de renovación nacional.

Estados Unidos siempre ha sido una nación de inmigrantes con alma misionera. En medio de este importante debate, espero que este pequeño libro nos pueda ayudar a recuperar esa memoria y a reflexionar sobre lo que significa ser estadunidense y lo que se espera de nosotros en este momento histórico.

A lo largo de esta semana, recemos los unos por los otros. Y pidámosle a Nuestra Señora de Guadalupe, la Madre de las Américas, que conceda a nuestros líderes – y a todos nosotros – el valor de trabajar juntos por el bien común de nuestra nación.

Etiquetas: ,

*La columna de opinión de Mons. José Gomez está disponible para ser utilizada gratuitamente en versión electrónica, impresa o verbal. Sólo es necesario citar la autoría (Mons. José Gomez) y el distribuidor (ACI Prensa)