El día 23 de abril marca el 20 aniversario de fallecimiento de César Chávez, ese gran líder méxico-americano de los derechos civiles.

El ejemplo de Chávez me inspira. Él vivió su fe católica con profunda devoción y valor, y su amor a Dios lo llevó a luchar por la justicia y por la dignidad de los pobres.

Es apropiado recordar este aniversario cuando el Congreso comienza los debates sobre la reforma migratoria integral. El proyecto de ley que está siendo presentado esta semana en el Senado de los Estados Unidos ha sido largamente esperado. La reforma migratoria es la prueba de fuego de la protección de los derechos civiles en nuestra generación.

Mucha gente todavía no entiende el compromiso de la Iglesia con esta causa. Para mí, es un asunto de derechos humanos y de dignidad humana. Es una cuestión de quiénes somos como pueblo y como nación.

Es verdad que muchos inmigrantes cruzaron nuestras fronteras sin haber obtenido una visa de nuestro gobierno. Otros vinieron a través de los canales adecuados, pero decidieron quedarse después de la expiración de sus visas o permisos temporales.

Esto no es bueno. La nuestra es una nación de leyes. Pero por casi 20 años nuestro país optó por no exigir que se cumplan las leyes. Hemos ignorado esta realidad porque necesitábamos a los inmigrantes en las compañías de construcción, las industrias de servicio y los trabajos rurales. Esta es una verdad difícil. Esos hombres y mujeres vinieron aquí a trabajar, y todos nosotros hemos estado dependiendo de ellos y beneficiándonos de su trabajo.

Los inmigrantes indocumentados deben ser considerados responsables. Pero la pregunta es, ¿cómo?

¿Es justo que nuestro país no aplique sus leyes por muchos años, y después, repentinamente comience a castigar a las personas que las infringieron? No lo creo. Pero esta es la política actual.

Y es una política cruel. El problema es que las personas a las que estamos castigando son nuestros prójimos. La mayoría de los que llamamos “ilegales” ha estado viviendo aquí por cinco años o más; dos tercios de ellos han estado aquí por lo menos por una década. Casi la mitad vive en hogares con sus esposos e hijos.

Solamente en los últimos cuatro años hemos deportado a más de un millón de personas, de los cuales aproximadamente la cuarta parte vivía en un hogar con sus hijos y sus familias.

Por supuesto que no estamos hablando solamente de “estadísticas”. Estamos hablando sobre personas y familias concretas.

Estamos hablando de padres de familia que, sin aviso, no regresarán a casa hoy para cenar, y que podrán pasar por lo menos una década sin poder volver a ver a sus familias.

Debido a la lógica fragmentada de nuestras leyes actuales, se puede demorar más de 10 años para entrar legalmente a este país. Las listas de espera son aún más largas para los solicitantes de la mayoría de los países latinoamericanos.

Por esta razón necesitamos entender qué quieren realmente decir los políticos y los que trabajan en los medios de comunicación cuando dicen cosas como: “Los inmigrantes ilegales deben salir del país y ponerse en la línea para entrar legalmente al país”.

Cuando decimos esto, les estamos pidiendo que opten por no ver a su esposa, a sus hijos, a sus familiares por una década o más. ¿Es justo pedirles eso? ¿Qué haríamos nosotros si tuviéramos que tomar una decisión de este tipo? ¿Seguiríamos a una ley que quizá signifique que nunca más volveríamos a ver a nuestras familias?

Estas son algunas de las preguntas difíciles que tenemos que hacernos a nosotros mismos mientras nuestros líderes comienzan las conversaciones sobre la reforma migratoria. Cómo respondemos es un desafío a nuestra conciencia, y una muestra de nuestra humanidad.

Los Obispos de Estados Unidos creen que una reforma verdadera implica proporcionar un camino generoso a la ciudadanía y un sistema que apoye a las familias y a los niños.

Queremos reformas para que las familias inmigrantes puedan permanecer juntas. Queremos reformas para que los inmigrantes que son trabajadores rurales o tengan otros trabajos no sean explotados. Y queremos reformas para que nuestros hermanos y hermanas puedan vivir según la dignidad que Dios quiere para ellos.

Recemos esta semana por nuestros líderes, por nuestro país y por los millones de personas que están a la espera de una verdadera reforma migratoria. Y tratemos de poner nuestra fe en práctica en medio de estas importantes conversaciones.

César Chávez dijo una vez: “Creo que hay tres elementos para mi fe. Ellos son: Dios, yo mismo y mi prójimo… Yo soy un católico tradicional. Voy a la iglesia regularmente y con fidelidad… pero además… salgo y hago cosas… Creo que Cristo realmente nos enseñó… Vestir al desnudo, dar pan al que tiene hambre y agua al que tiene sed. Son cosas muy simples, y eso es lo que tenemos que hacer… Tenemos que dar consistencia a nuestra fe a través de las obras”.

Pidamos a Nuestra Señora de Guadalupe, Madre de las Américas, que nos ayude a vivir nuestra fe a través de las obras.

Etiquetas: ,

*La columna de opinión de Mons. José Gomez está disponible para ser utilizada gratuitamente en versión electrónica, impresa o verbal. Sólo es necesario citar la autoría (Mons. José Gomez) y el distribuidor (ACI Prensa)