Nuestros hermanos y hermanas filipinos tienen una hermosa devoción de Pascua que se llama Salubong (“El Encuentro”).

Reunidos antes del amanecer, ellos reviven el encuentro de Jesús resucitado con su Santísima Madre en la primera mañana de Pascua. Las mujeres vienen por un lado, trayendo una estatua de María, cubierta con un velo negro. Desde el lado opuesto vienen los hombres, cargando una estatua de Jesús resucitado. Estas dos procesiones se encuentran frente a la Iglesia. Ahí, un niño vestido como un ángel le quita a María el velo de duelo y todos entran en la Iglesia con alegría para celebrar la Misa de Pascua.

En los Evangelios no hay ninguna mención sobre este encuentro entre Jesús y María después de la resurrección. Pero a veces la piedad popular se inicia donde la Escrituras no dicen nada. Y muchos Santos y místicos han reflexionado sobre este encuentro a través de los siglos.

Los franciscanos que llevaron el cristianismo a las Filipinas enseñaban que Jesús había aparecido a María antes que a ninguna otra persona. Juan de Caulibus, en sus “Meditaciones sobre la vida de Cristo” en el siglo 14, imaginaba a Jesús y a su madre cayéndose de rodillas cuando se encontraron:

“Entonces se levantaron con lágrimas de alegría, Ella lo abrazó, presionó su rostro al de Jesús, y lo abrazó fuertemente, cayendo en sus brazos mientras Él la sostenía con entusiasmo. Más tarde, cuando se sentaron juntos, Ella lo miraba llena de amor y detenimiento: su rostro, las heridas en sus manos y en todo su cuerpo… Su Madre se alegraba, “¡Bendito sea tu Padre, quien te ha devuelto a mí!”… Y así, conversaron largamente, llenos de alegría, guardando la Fiesta Pascual de una manera encantadora y cariñosa”.

¡Es hermoso reflexionar sobre la alegría que María debe haber sentido por tener a Su hijo de vuelta! Yo también me pregunto qué habrá sentido Jesús en ese momento.

Al abrazar a su Santísima Madre, ¿habrá recordado a la viuda con la que se encontró una vez en el pueblo de Naím (Lucas 7, 11-17)? ¿Habrá pensado que la situación de María era muy parecida a esa: que María también era una viuda llorando la muerte de su único hijo?

En Naím, Jesús tocó el ataúd del niño muerto, quien se incorporó y comenzó a hablar. El relato del Evangelio concluye: “Y Él se lo entregó a su madre”.

En aquella primera mañana de Pascua, Jesús estaba entregándose a sí mismo a Su Madre”.

¡Esta es la alegría de la Pascua! ¡Esta es la alegría de saber que Jesús nos va a “entregar” a todos lo que podemos haber sufrido y perdido en esta vida. Cristo ha resucitado y nosotros resucitaremos con Él!

La alegría de la Pascua viene del saber que el amor de Dios es más fuerte que la muerte. ¡Esta es la alegría de saber que Jesús está de nuestro lado! Que Él nos guiará por los valles oscuros para llegar a la luz de su amor y su paz.

Y la Pascua nos recuerda que la salvación cristiana es tanto universal como personal.

Jesús vino para salvar al mundo entero. Pero veamos bien cómo lo hizo. Él vino a este mundo en medio de la noche y desapercibido, como un pequeño bebe. De la misma manera, la resurrección ocurrió en medio de la noche -y de nuevo, no había nadie allí para verlo.

Los Evangelios no describen a la salvación en eventos transcendentales, o en abrumadores espectáculos de poder. El poder de Dios es el poder de la humildad.

Jesús vino a salvar el mundo, una persona a la vez.

Cuando reflexionamos sobre su ministerio, recordamos muchos dramas personales y familiares: la viuda de Naím; padres y madres cuyos hijos están enfermos y moribundos; hombres y mujeres que sufren con la pobreza, así como enfermedades del cuerpo y mente; María y Martha, dos hermanas cuyo hermano Lázaro ha muerto.

Nuestras vidas no son diferentes. Jesús también viene a traernos la salvación en la realidad de nuestra vida diaria – en medio de nuestras preocupaciones y sufrimientos; en nuestras luchas y contratiempos; en las pruebas que enfrentamos en nuestras vidas.

La promesa de la Pascua es que si creemos en Él, si confiamos en Su Palabra y permanecemos cerca de Él, Jesús limpiará toda lágrima. En su misericordia, Él sanará nuestra tristeza, nuestro miedo, y eliminará la incertidumbre sobre el futuro. Tengamos confianza en Él. En su resurrección, toda nuestra vida será resucitada.

Entonces, alegrémonos en esta Pascua con nuestras familias y amigos. Recemos los unos por los otros y vayamos a compartir con los demás la alegría de la Resurrección.

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