Yo siempre amo este tiempo del año, estos días y semanas que siguen a la Pascua.

En el calendario de la Iglesia, la Cuaresma es el tiempo para la conversión cristiana. Ella nos lleva a los nuevos bautizos que celebramos en la Vigilia de Pascua, y la renovación de nuestras promesas bautismales. Nosotros asociamos esas semanas después de Pascua con la Confirmación, el sacramento de nuestro discipulado cristiano y nuestro compartir en la misión apostólica de la Iglesia.

Ahora que estoy de regreso de Roma, esto es lo que he estado haciendo. Nuestros obispos auxiliares y yo estamos visitando  parroquias en toda nuestra arquidiócesis para conferir este poderoso sacramento de gracia a nuestros jóvenes. ¡Y qué alegría es esto para mí!

A todas partes donde voy, encuentro hombres y mujeres jóvenes fuertes y fieles.

Ellos están creciendo en buenos hogares católicos. Sus padres los trajeron a la vida de gracia en el Bautismo cuando estaban recién nacidos. Ellos les ayudaron a prepararse para su primera confesión y Sagrada Comunión. Ahora que sus hijos son jóvenes adultos, esos padres se están asegurando de que están listos para dar su próximo paso en su madurez cristiana.

Para mí, esos encuentros han sido un hermoso recuerdo de cómo nuestra fe católica nace y se nutre en el corazón de la familia. Y en el corazón de cada familia está el amante corazón de la madre.

¡Nosotros debemos dar gracias a Dios cada día por nuestras madres! Por todos sus sacrificios y su amor. Debemos dar gracias especialmente este domingo, unidos a nuestros hermanos y hermanas de todos los credos, en la celebración del Día Nacional de la Madre.

Para los católicos, la maternidad es una vocación, una llamada especial de Jesucristo.

Dios confía a cada madre el deber de compartir en el misterio de su creación. En el designio de nuestro Padre, cada nueva vida es concebida y crece bajo el corazón amante de una madre.

Cada madre es un guardián nombrado por nuestro Padre para cuidar de su precioso regalo de vida. Su sonrisa es lo primero que el niño ve al entrar al mundo. Y su sonrisa es para el niño el primer signo del amor de Dios.

Junto con sus padres, a las madres se les confía la nutrición física de la vida de los niños, y la ayuda para crecer en la vida de la gracia y el Espíritu.

Las madres especialmente, son nuestras primeras maestras en la oración, la caridad y las prácticas de nuestra fe cristiana. Por su ejemplo, nuestras madres nos enseñan la verdad del amor cristiano, amando sin esperar nada a cambio.

Como cristianos, somos bendecidos de tener dos madres. Tenemos nuestras madres naturales que nos trajeron a este mundo, y tenemos nuestra madre espiritual, la Santísima Virgen María.

Es apropiado que mayo, cuando celebramos el Día de la Madre, sea tradicionalmente el “Mes de María” en nuestra Iglesia.

Al comienzo de los hechos de los apóstoles, vemos la hermosa imagen de la primera Iglesia reunida en oración alrededor de “María, la madre de Jesús.”

Esto es lo que Jesús quería para su Iglesia. Su última acción antes de morir en la cruz, fue confiar su madre a su Iglesia y a cada creyente. “¡He aquí a tu madre!”

Así que necesitamos estar seguros de que María siempre tiene un lugar importante en nuestra vida cristiana y en la vida y misión de nuestra Arquidiócesis.

Recientemente yo tuve la enorme alegría de dedicar nuestra iglesia más nueva. Nuestra Señora de Guadalupe en Oxnard. Este fue un hermoso momento de gracia para mí. Como ustedes saben, yo siempre he tenido mucha devoción a la Virgen de Guadalupe. Así que esto tuvo un significado especial para mí: que la primera iglesia construida durante mi tiempo como arzobispo esté dedicada a ella.

Espero que esta nueva iglesia pueda ser una inspiración para todos nosotros, para renovar nuestra devoción a nuestra Santísima Madre.

Que nuestra oración unos por otros esta semana sea para que crezcamos en nuestro amor por nuestras madres, nuestras madres naturales en la tierra, y nuestra Santísima Madre en el cielo.

Así como nuestras madres nos enseñaron a caminar, María nos enseña cómo seguir a Jesús. Ella nos enseña cómo escuchar la voz de Dios y cómo confiar en su plan para nuestra vida.

María nos enseña siempre a mirar a Jesús y a conformar nuestras vidas a su Palabra y su ejemplo. Sus últimas palabras en los Evangelios, en la Boda de Caná, deberían ser las primeras palabras que definan cómo vivimos “Hagan los que Él les diga”.

A los ojos de María, como en los ojos de nuestras madres naturales, nosotros siempre seremos sus hijos. Como una buena madre, ella está siempre cerca de nosotros, lista para sostenernos si estamos por caer. También la llamamos cuando estamos en problemas. Podemos buscar su ayuda en nuestras luchas.

Así que honremos a todas nuestras madres este fin de semana. Y pidamos a nuestra Santísima Madre que nos ayude a llegar a ser más dignos, más santos y más amorosos hijos de Dios.

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