Espero que estén teniendo un verano reparador.

Justo acabo de regresar de México. El mes pasado tuve la bendición de encabezar nuestra primera peregrinación de la Arquidiócesis de Los Ángeles a la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe.

Como muchos de ustedes ya saben, tengo una gran devoción a Nuestra Señora de Guadalupe. La aprendí de mis padres, desde el tiempo en que era yo un niño que crecía en Monterrey, México.

Cada verano mi mamá y mi papá nos llevaban a mis hermanas y a mí en un viaje de 600 millas para visitar a nuestros abuelos, que vivían en la Ciudad de México. Y cada vez que íbamos, toda nuestra familia hacía una peregrinación al santuario de Nuestra Señora de Guadalupe.

Mi experiencia no fue única. Esto es lo que hacen las familias católicas en México: todos tratan de hacer una peregrinación a la Basílica, al menos una vez al año.

Así que quise iniciar esa tradición para toda la familia de Dios en Los Ángeles; para que todos nosotros demos muestra de nuestro amor y gratitud a Nuestra Señora y para que todos profundicemos en nuestra fe en Jesús y en nuestro compromiso con la misión de su Iglesia.

Creo que la mayoría de nosotros conocemos la historia de las apariciones de Guadalupe. Esto nos transporta hacia atrás, al “amanecer espiritual” de la misión de la Iglesia en el continente americano.

Era diciembre del año 1531 y la Santísima Virgen se le apareció a un pobre indígena converso llamado Juan Diego, en una colina situada en las afueras de la Ciudad de México.

La Virgen le encomendó a Juan Diego una misión: la de ir con el obispo y pedirle que construyera un santuario que llevara su nombre.

Para convencer al obispo, Nuestra Señora le dio una señal. Hizo que florecieran rosas a pesar de que era lo más crudo del invierno. Luego usó esas rosas para “imprimir” su propia imagen en la capa —llamada “tilma”— que Juan Diego llevaba puesta.

Y como bien sabemos, esa tilma todavía está colgada hoy —casi 500 años después— en la Basílica, que se construyó no muy lejos del sitio en donde ella se apareció por primera vez.

Mi sueño es que todos los católicos en los Estados Unidos lleguen a desarrollar una nueva conciencia de lo importante que es Nuestra Señora de Guadalupe para nuestra identidad religiosa y para la misión de la Iglesia.

¡Qué hermoso sería que cada hogar católico tuviera una imagen de Nuestra Señora de Guadalupe!

Nuestra Señora no se apareció sólo para el pueblo mexicano. Al Tepeyac, la Madre de Dios llegó para ser la Madre del continente americano.

El gran Papa San Juan Pablo II llamó a la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe “el corazón mariano de América”.

San Juan Pablo entendió que, en el plan de Dios, las naciones del continente americano están destinadas a conformar un solo continente, una nueva civilización, un nuevo mundo de fe.

Cuando San Junípero Serra llegó al Nuevo Mundo, zarpó a bordo de un barco llamado Nuestra Señora de Guadalupe. Llegó a Veracruz e inmediatamente empezó a caminar, recorriendo 300 millas para llegar al santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, en la Ciudad de México.

Cuando llegó allí, pasó la noche en oración y por la mañana ofreció la Eucaristía, consagrando su misión americana a la Virgen.

Tenemos que seguir este ejemplo.

Todos somos hijos de Guadalupe. Todos formamos parte de la gran misión a América que comenzó con la visitación de la Virgen de Guadalupe.

Cada uno de nosotros tiene la responsabilidad de continuar la tarea que la Virgen le dio a San Juan Diego. Dios nos está llamando a “construir un santuario” con nuestras vidas, a construir una sociedad que glorifique a Dios y que pueda hacerse acreedora de la dignidad de la persona humana.

Después de tantos años de visitar de niño este lugar, es muy emocionante para mí ser ahora sacerdote y poder celebrar la Santa Misa en el altar mayor de la Basílica.

El altar está colocado justo debajo de la imagen milagrosa de la Virgen.

Y cuando está uno allí, puede sentir el calor de sus tiernos ojos mirando hacia abajo, hacia uno. Es un sentimiento fuerte y difícil de describir. Hay una hermosa sensación de sentirse protegido. De sentirse como un niño amado por la Madre de Dios.

Y cuando está uno en su presencia, casi se le puede oír hablar, decir las mismas tiernas palabras con las que le habló a San Juan Diego:

“No se turbe tu corazón. No temas… ¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra y protección? ¿No estás en los pliegues de mis brazos? ¿Qué otra cosa necesitas?”.

Oren por mí esta semana, que yo estaré orando por ustedes.

Y pedimos la gracia de esta semana para poner nuestros temores y esperanzas a los pies de la Virgen, para contemplar estos tiempos que vivimos bajo la mirada de sus ojos amorosos.

Y que Nuestra Señora de Guadalupe nos ayude a avanzar siempre con confianza. Que nos ayude a vivir nuestras vidas siempre sabiendo que estamos bajo el manto de su cuidado y protección.

Pidamos esta semana la gracia de poner nuestros temores y esperanzas a los pies de la Virgen, para contemplar estos tiempos que estamos viviendo bajo la mirada de sus ojos amorosos.

Y que Nuestra Señora de Guadalupe nos ayude a avanzar siempre con confianza. Que ella nos ayude a vivir nuestras vidas sabiendo siempre que estamos bajo el manto de su cuidado y de su protección.

*La columna de opinión de Mons. José Gomez está disponible para ser utilizada gratuitamente en versión electrónica, impresa o verbal. Sólo es necesario citar la autoría (Mons. José Gomez) y el distribuidor (ACI Prensa)