En la Iglesia primitiva, cuando la mayoría de los cristianos de Roma se bautizaban en Pascua, solían celebrar la “annotinum pascha”, el aniversario de su bautismo, durante la temporada de Pascua.

Lo que los primeros cristianos veían más claramente que nosotros es que nuestro bautismo es el día que define todo en nuestras vidas.

Vivir esto es todo un desafío en nuestra cultura porque el mundo tiende a darnos sus propias definiciones. El mundo tiende a definirnos por nuestra ocupación o por nuestro estado o función en la sociedad. Por supuesto que tenemos un empleo. Pero no somos nuestro trabajo; no somos lo que “hacemos” para vivir. Somos cónyuges, somos padres de familia, somos hijos e hijas. Pero incluso estas relaciones esenciales, no son nuestra primera identidad.

Antes que nada, le pertenecemos a Jesús. Antes que nada, somos hijos de Dios, somos su creación. Y nuestra pertenencia a Dios se da en el bautismo.

En el Evangelio aparece esa bella escena, en la que los cielos se abren, el Espíritu de Dios desciende como una paloma y hay una voz como de trueno que dice: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo mis complacencias”.

Esto es lo que somos nosotros; ésta es nuestra verdadera identidad. Eres un hijo querido, eres una hija querida. Dios te reclamó como suyo cuando fuiste bautizado.

Estaba pensando en esta palabra, “amado”, durante la temporada navideña. En nuestras lecturas diarias del tiempo de Navidad, leemos la primera carta de San Juan, que es una carta de amor, una carta sobre el amor.

Juan se refiere a los cristianos a los que les está escribiendo, llamándolos “amados”. Este es nuestro “nombre”. Cada uno de nosotros puede decir: “Yo soy el amado de Dios”. Cada uno de nosotros puede decir que hemos sido amados con el mayor amor. Jesús se entregó a sí mismo a la muerte por mí, por ti. Tanto así nos ama.

Necesitamos creer realmente esto. Tenemos que vivir con esta continua conciencia de que nuestro Dios nos ama con un amor tan tierno, que somos preciosos para Él. Debemos vivir en ese amor, debemos confiar en su amor.

Ése es el motivo por el que nuestro bautismo es tan importante. El bautismo nos lleva a ver que fuimos creados por un amor especial y que nuestro Creador tiene un plan magnífico para nuestra vida.

En el bautismo, Dios envía el Espíritu de su Hijo a nuestros corazones, para que podamos conocerlo como nuestro Padre, para que podamos vivir siempre en su presencia, como hijos suyos.

Nuevamente, hay que decir que es todo un desafío el vivir esta verdad en nuestra sociedad, en la cual todos los días respiramos el aire del secularismo y del materialismo. Pero sabemos que este mundo material, el mundo visible, es pasajero; sabemos que lo que vemos no es todo lo que existe en nuestras vidas.

Con los ojos de la fe, podemos ver cómo el Espíritu de Dios actúa en cada realidad terrenal: en las personas, en los acontecimientos, en todo lo que nos sucede. Podemos vivir toda nuestra vida en su santa presencia.

Mi gran esperanza, como lo he dicho antes, es que todos nosotros, que todos los católicos, redescubramos el significado de nuestro bautismo. Para mí, esto es vital para la renovación de la Iglesia y, en muchos sentidos, para la renovación de nuestra sociedad.

El bautismo le da a nuestras vidas su propósito y su dirección. El bautismo nos da una vocación y una misión: en nuestros hogares, en nuestras familias, en el trabajo. Nosotros le pertenecemos ya a Dios y participamos ahora de la vida de Jesús y de la misión de su Iglesia de santificar al mundo, de llenar el mundo con la presencia amorosa de Dios.

Nuestra misión está al servicio del hermoso plan de amor de Dios. Lo que Dios nos ha dado, estamos llamados a dárselo también a los demás. Estamos llamados a compartir esta nueva vida que Dios nos ha dado con toda persona y estamos llamados a ayudar a los demás a ver la presencia de Dios en sus vidas.

Y, reitero, hacemos esto, naturalmente, en el curso de nuestra vida diaria. Por las elecciones que hacemos, por las prioridades que establecemos, por nuestras palabras y acciones, por la forma en la que tratamos a otras personas, por la forma en que damos testimonio del amor de Dios que está en nuestros corazones. Cuando la gente ve este amor en nosotros, se siente atraída hacia Dios.

Oren por mí esta semana y yo oraré por ustedes.

Y tratemos de vivir con una nueva conciencia de que somos los hijos amados de Dios. Tratemos de tener en mente, en todo momento, que en todo lo que hacemos, Dios está con nosotros y nos ama.

Y que nuestra Santísima Madre María nos ayude siempre a conocer nuestra verdadera identidad de hijos de Dios y de seguidores de su Hijo, y que nos guíe para que podamos conocerlo y amarlo y llevar a otros hacia Él.

*La columna de opinión de Mons. José Gomez está disponible para ser utilizada gratuitamente en versión electrónica, impresa o verbal. Sólo es necesario citar la autoría (Mons. José Gomez) y el distribuidor (ACI Prensa)

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