Les escribo esta mañana desde Roma, en el camino de regreso a casa después de mi peregrinación a Tierra Santa.

Como les escribía la semana pasada, éste fue mi primer viaje a la tierra de la Biblia, a este lugar donde Dios nos prometió por primera vez su amor y su salvación. Y creo que me va a tomar un tiempo ordenar todas las impresiones y sentimientos que traigo del viaje.

Fue una gracia especial el poder estar en el lugar donde Dios caminó. Me sorprendí a mí mismo reflexionando con frecuencia acerca de los personajes de la Biblia y pensando en la radical belleza de lo que Dios nos pide en nuestra vida cristiana.

Todos vivimos sostenidos por las promesas de Dios. Esto se ve muy claramente en Tierra Santa. Así funcionan las cosas de Dios. Siempre ha sido así y siempre lo será. Podemos ver ejemplos de esto desde el principio hasta el final de la Biblia.

Al comienzo de la historia de salvación, Dios salió al encuentro de Abraham y lo llamó a abandonar sus cosas y a dejarlo todo. A dejar a su familia, a sus amigos de toda la vida, los lugares y hábitos que le eran familiares. Dios lo llamó a abandonar el lugar donde se habían formado sus recuerdos y sus sueños y a emprender el camino “a la tierra que yo te mostraré”.

Una y otra vez escuchamos a Jesús hacer la misma petición en los Evangelios: “Sígueme”.

Una y otra vez oímos hablar de hombres y mujeres que dejan todo y lo siguen. Él debe ser nuestro sendero, el camino por el que transcurra nuestra vida.

En cosas pequeñas o grandes, Dios pide lo mismo de cada uno de nosotros. A algunos los llama a lugares distantes, muy lejanos. Siempre me han conmovido las historias de los santos misioneros, que se dispusieron a seguir a Jesús, sabiendo que no iban a volver a ver a sus familias.

Pero para todos nosotros, la fe es una relación, un peregrinaje y una misión. Seguir a Cristo significa ir a donde Él quiere que vayamos, no a donde quisiéramos ir. “¿Qué te importa a ti eso?”, le dice a San Pedro al final de los evangelios. “Tú, sígueme”.

La Palabra de Jesús es siempre un encargo y una promesa. No sabemos a dónde nos llevará, pero sabemos que hay algo que quiere que hagamos. No importa quiénes seamos, no importa dónde nos encontremos, Jesús quiere que seamos buscadores de su Reino, de la tierra prometida a la que Él nos quiere llevar.

Seguirlo significa compartir sus promesas con aquellos a quienes nos encontramos en el camino. Significa invitar a los demás a unirse a nosotros en este itinerario de fe. Significa invitarlos a caminar con nosotros como hermanos y hermanas en la hermosa familia de Dios que es la Iglesia.

En los lugares santos por los que Él caminó, podemos sentir su presencia con mayor profundidad. Podemos experimentar la realidad de sus promesas.

La Tierra Santa es la Tierra Prometida, la tierra que Dios prometió mostrarle a Abraham. Y la Tierra Santa es también un signo del Reino celestial que Jesús promete a cada uno de nosotros.

Estamos entrando en las últimas semanas del año de la Iglesia. La próxima semana vamos a celebrar a los Fieles Difuntos y a Todos los Santos, esas grandes fiestas en las que la Iglesia nos recuerda nuestro hogar celestial, la tierra prometida a la que Dios nos llama. El destino al que Jesús nos está conduciendo.

Así como lo hizo en los caminos y pueblos de la Tierra Santa, Jesús sigue pasando por los senderos de nuestra vida. Él sigue obrando todavía; sigue hablándonos; sigue llamándonos a seguirlo y a participar de su misión; sigue prometiéndonos que va a estar con nosotros.

Nuestra esperanza de llegar al cielo viene de que cada día conozcamos más y más a Jesús. Y para conocerlo, hemos de escuchar su Palabra y responder desde lo más profundo de nuestro corazón. Hemos de “venir y ver” dónde vive Jesús, tal como lo hicieron sus primeros discípulos.

Entonces, que ésa sea nuestra oración esta semana: Caminar más cerca de Jesús en el sendero que nos conduce a su promesa.

Pidamos la gracia de seguir avanzando por el camino que Él nos traza en nuestra vida diaria, yendo a donde nos llame, confiando que lo que sea que nos suceda viene de Dios, sabiendo que Él está con nosotros y nunca nos abandonará.

Tenemos que orar para que tengamos un espíritu más profundo de confianza y desprendimiento. Examinemos nuestros corazones para encontrar esas cosas que nos impiden asumir la misión que Él nos confía. Aun cuando pensemos que ya hemos entregado todo, Dios nos mostrará que podemos dar todavía un poco más.

Y que nuestra Santa Madre, María de Nazaret, nos muestre el camino.

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